Hay fenómenos paranormales y luego está Pedro Sánchez explicando su relación con José Luis Ábalos. Un talento innato para reinventar la realidad, ya no tanto para maquillarla sino para moldearla hasta que así pueda encajar su relato. Sus últimas apariciones mediáticas han vuelto a demostrarlo: por un lado, la promesa de atender algunas exigencias de Junts, esas mismas que ayer eran «innegociables» y hoy resultan «asumibles»; y por otro, que el hombre que durante años fue su sombra, resulta que siempre fue «un gran desconocido». El hombre profundamente enamorado de su mujer sufre ahora de amnesia súbita.
Pocas cosas retratan mejor el clima político actual que esta amnesia selectiva que brota en Moncloa cada vez que un aliado se convierte en un inconveniente. «Esa persona por la que usted me pregunta», se repite los martes desde el Palacio de la Moncloa. Lo insólito no es que el presidente del Gobierno intente borrar su relación con Ábalos; lo increíble es que todavía haya quien le compre el argumento. «Todo vale con tal de que no vuelva la derecha», repiten algunos, como si la democracia fuera un juego de suma cero y no un sistema que debería exigir responsabilidad, honestidad y, sobre todo, memoria.
Resulta difícil sostener que Ábalos era un misterio cuando ambos recorrieron media España en Peugeot durante las primarias, compartieron campaña, estrategia, confidencias y hasta casas rurales o celebraciones familiares. Sánchez habría dormido incluso en casa de Ábalos. Que un hombre que fue su secretario de Organización, su ministro, su número dos y su compañero de kilómetros, ahora resulte tan enigmático, es una broma demasiado gruesa incluso para este Gobierno. Aunque para broma, la nueva ocurrencia feminista cuando se habla más de Salazar. Salazar es, querido lector, ese nuevo capítulo de la colección feminista del ejecutivo tras el gran éxito de la ley del sólo sí es sí o las pulseras telemáticas antimaltrato. El contribuyente tendrá que costear ahora los estudios sobre el uso del término «Charo» en las redes sociales. Sí, España tiene una deuda récord, la corrupción en plena ebullición, la inseguridad disparada o el sector primario en estado crítico… pero ahí está el Observatorio de la Imagen de las mujeres luchando contra la gran opresión de nuestro tiempo: que haya gente diciendo «Charo» en Internet. ¡La lucha del siglo! Imaginen todos ustedes la escena: un equipo entero analizando publicaciones en redes sociales, clasificando «charofobia», detectando micromachismos lingüísticos y haciendo presentaciones de Canva con gráficos sobre la incidencia del término y cómo nos condena a las mujeres. Todo por las Charos. Todo con el dinero del español medio. Todo un pelotón de «charólogas» midiendo la temperatura del machismo digital. Serán las mismas señoras que enmudecen cuando el machismo viene de sus filas. Ni una sola reflexión sobre el feminismo de Ábalos. Ahí, curiosamente, no hay ofensa, ni estructura patriarcal, ni alerta morada. Debe de ser que dependiendo de quién pague la habitación ese feminismo es de boca cerrada.
En fin, que Sánchez parece convencido de que la ciudadanía traga con todo. Que basta con repetir una versión hasta convertirla en verdad. Como si los españoles no recordaran que fue él mismo quien elevó a Ábalos a la cúpula, quien le confió la cartera más jugosa del Estado y quien, según ha revelado el propio exministro, autorizó al PSOE a pagarle la defensa hasta hace apenas semanas. Mientras tanto, el caso Koldo sigue sumando nuevos episodios. El juez de la Audiencia Nacional ha reclamado al PSOE toda la información sobre pagos en efectivo entre 2017 y 2024, sin filtros ni excepciones. Ferraz no tiene prisa por entregar esa documentación y pelea al máximo entregar esos documentos por vías alternativas, lejos del acceso de las partes personadas. Quien no teme, no esconde; pero aquí la discreción parece la norma y no la excepción. Y para rematar el cuadro, El Confidencial destapa que Moncloa estaría maniobrando para sentar en el Supremo a una exasesora de Sánchez y familiar de Teresa Ribera, justo en la Sala que juzgará a Ábalos. Fruto de la casualidad, claro está. Una coincidencia de esas que sólo ocurre cuando gobierna Sánchez.
Lo que vivimos ya roza lo grotesco. Un Gobierno que predica regeneración mientras utiliza todas las palancas del poder para blindarse y el país, mientras tanto, encadenando problemas. No olvidemos tampoco el drama de una vivienda inalcanzable y un mercado laboral que presume de cifras que no aguantan un análisis serio. Y mientras esta realidad aprieta, el Instituto de las Mujeres dedica tiempo y recursos a monitorizar el uso de la palabra «Charo» en internet. España puede estar patas arriba, pero siempre hay dinero público para estas estupideces. Es el síntoma perfecto de un poder que vive más pendiente del titular que de los problemas reales de la gente. Al final, lo que une a los grandes beneficiados de este Gobierno no es su interés por España, sino precisamente lo contrario: o no se sienten parte de ella, o trabajan para deshacerla, o ven en su debilidad una oportunidad. Y Sánchez, que llegó prometiendo limpieza institucional, ha acabado presidiendo uno de los mayores procesos de deterioro democrático. Y nada le ha importado tener que vender su alma al diablo.
Cuando uno piensa en 2018, en aquel voto de censura que prometía regeneración, cuesta creer que todo derivaría en esto: un país fracturado, instituciones debilitadas, pactos imposibles con fugitivos de la justicia y un presidente que asegura no conocer a quienes fueron su mano derecha.
Que siga el espectáculo.