Algo que dijo Rosa Montero
Algo que dijo Rosa Montero
Por David Cerdá
30 de abril de 2026

En cierto momento, no recuerdo cuándo fue, me desconecté de la novelista Rosa Montero; pero disfruté, y mucho, siendo un adolescente, de La hija del caníbal y Te trataré como una reina, entre otras. Creo que es una buena novelista, y que su prosa, amable y, a ráfagas, hermosa, merece mucho la pena. Es raro, no obstante, que quien escriba novela incursione bien en el ensayo (y viceversa), seguramente porque hay un acercamiento narrativo y sentimental que se compadece mal con el rigor al encadenar argumentos; me refiero al ensayo que teoriza, que trata de desentrañar el mundo. Se puede ver ya esta carencia en los artículos, y eso fue lo que pasó, me parece, cuando el otro día, en el diario El País, Montero firmó una columna llamada «Pedir perdón», que abordo porque tiene que ver con lo que casi más me importa: la ética.

«Por desgracia el ser humano posee una vertiente depredadora y feroz», escribía Montero, y seguía: «Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para contenerlo». En esto estaremos casi todos de acuerdo. Es, por cierto, exactamente lo que dijo Churchill hace decenios: «Muchas formas de gobierno se han intentado y se intentarán en este mundo de pecado y aflicción. Nadie pretende que la democracia sea perfecta o infalible. En efecto, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas aquellas otras formas que se han probado de vez en cuando». El problema está en lo que sigue de Montero: «O sea, que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses, los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta. Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie».

Ese «en lo moral, ninguna superioridad de nadie» suena bien en la superficie —tiene ese perfume a humildad de la falsa tolerancia posmoderna—, pero descansa sobre una generalización insostenible. Convertir la historia entera de la humanidad en una única gramática de dominación es faltar a la verdad. La dominación no ha ocurrido, ni mucho menos, en todas partes igual, ni ha traído de la mano las mismas cosas. En el caso de los aztecas, produjo sacrificios rituales, tributos impuestos a pueblos sometidos y una estructura imperial basada en la guerra periódica; en el caso de los españoles, trajo mestizaje, sincretismo cultural y universidades. También hospitales, lenguas compartidas, derecho, asilos, reformas, aboliciones, perdones jurídicos y morales, y ese extraño fenómeno que llamamos «progreso moral» y los pacatos denominan «avances sociales». La historia no es una planicie ética: es un relieve inestable donde la violencia ni tiene la misma intensidad ni, por supuesto, los mismos efectos a largo plazo.

A ello se añade una confusión más profunda, casi antropológica, la que identifica la posibilidad con la esencia. Que el ser humano pueda ser feroz no autoriza a concluir que su verdad última sea la ferocidad. Del mismo modo que la capacidad de mentir no agota la naturaleza del lenguaje, la capacidad de dominar no agota la estructura de lo humano. Montero selecciona un rasgo real —sería ingenuo negarlo—, pero lo absolutiza hasta convertirlo en lo que nos define. La experiencia moral cotidiana desmiente esa reducción; también somos capaces de cooperación gratuita, de cuidado no interesado, de sacrificio sin cálculo. No se trata de idealizar al sujeto humano, sino de no encumbrar su aspecto más perverso. El pesimismo sistemático no es la única fuente de la democracia, que también requiere cierta elevación y entusiasmo. 

Reducir la democracia a un mecanismo de contención del mal humano es tan triste como pobre. La democracia es mucho más que un freno al depredador interno: es una apuesta positiva por la igualdad moral de los ciudadanos y la deliberación como forma de entendimiento. No es únicamente un sistema de sospecha, es también un sistema de confianza. Confianza en que la razón puede emerger de la pluralidad, en que el conflicto puede transformarse en norma, en que el poder puede ser no solo limitado, sino legitimado. Quizá ahí reside su rasgo más contraintuitivo, en el hecho de no funcionar solo porque temamos lo peor del ser humano, sino porque, a pesar de todo, esperamos lo mejor de él.

Lo peor de la argumentación de Montero es ese relativismo moral donde toda diferencia se disuelve en equivalencia. Si ningún pueblo puede reclamar superioridad moral sobre otro, resulta, por ejemplo, que a las mujeres se las trata igual en Afganistán que en España. Y va a ser que no. Sospecho que hasta Montero evalúa, jerarquiza, prefiere. Hasta ella deberá admitir que no es posible hacer inteligible el progreso ético sin entender que existen ideas, planteamientos y sistemas que, en la práctica, llevan a sociedades mejores y peores. La historia no es ni mucho menos un inventario de culpas equivalentes; es un campo de pruebas humano, un laboratorio de ideas y comportamientos que ofrece conclusiones ciertas sobre lo bueno.

Conviene desconfiar de las síntesis demasiado redondas sobre la condición humana, incluso —o precisamente— cuando se presentan con noble intención moral. Tan importante como reconocer las sombras es saber identificar las luces. La ética (la moral) es justamente el saber universal que se resiste a esa simetría fácil entre todos los males y todas las culturas, entre todas las violencias y todas las épocas: es la investigación de nuestras mejores y peores posibilidades, y entraña concluir, de la mano de todos los demás saberes a nuestro alcance (psicología, sociología, historia y un largo etcétera), qué hace que la vida humana sea justa y buena.

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