Estando en la oposición, Almeida parecía un niño con cara de empollón que fustigaba a la izquierda con sus verdades de todo a cien. Era como un alguacilillo en el Retiro de la posguerra, con ese acento un poco exagerado de Lavapiés (antes de ser el Molenbeek español). Estaba la comunista Carmena en el Ayuntamiento de Madrid y los madrileños pensábamos que era imposible estar peor. Algunos decíamos: «Hombre, éste que es pequeño y feíllo, pero que se nota que ha estudiado…, éste va a ser el alcalde que Madrid necesita». Pues que Santa Lucía nos conserve la vista.
Porque ya no es solamente que las calles de Madrid hoy, de noche, tengan menos luz que un barco pirata, o que haya barrios donde se acumula la basura de manera tercermundista. No es solamente que sea imposible circular en este infierno de camiones, bicicletas, motos, autobuses y patines que se cruzan entre sí. No es solamente que el Gran Madrid Central del PP haya convertido la ciudad en un laberinto por el que nadie puede transitar tranquilo. Es que, además, Almeida miente a los ciudadanos, al menos, tanto como Pedro Sánchez.
Si estando en la oposición, el portavoz pepero clamaba contra los embustes socialistas, hoy que tiene el bastón de regidor se ha convertido en el rey de las trolas. Un prestidigitador de las palabras que es capaz de decir una cosa y la contraria, y creer que tiene razón las dos veces. Como cuando se presentó a las elecciones prometiendo derogar Madrid Central, para darnos luego taza y media de restricciones. O como esta semana, que en 24 horas pasó de apoyar la propuesta de VOX para informar sobre el síndrome post aborto a las mujeres, a posicionarse al lado del PSOE en defensa del supuesto «derecho al aborto libre» femenino.
Y es que estar en un sitio y en su opuesto es lo habitual de estos trileros de la política que se desgañitan contra el mal cuando están en la oposición, y se alían con él cuando alcanzan el poder. Almeida sigue hablando como el chico que te vendía los barquillos a cinco pesetas en la calle del Tribulete, pero en su cabeza de opositor cum laude ha dejado de importar la verdad. Ahora que desde su despacho del Palacio de las Comunicaciones ve más cerca el balcón de la calle Génova, lo que quiere es mantenerse en el cargo, al precio que sea. Exactamente igual que el inquilino de La Moncloa.
A Almeida no parece importarle que las personas mayores tropiecen y se caigan en aceras cochambrosas, en pleno Chamberí, donde además tienes que encender la linterna del móvil a las nueve de la noche si no quieres dejarte los piños en el suelo. Las farolas parecen sacadas de una película de los años treinta. Tampoco se le ve un celo notable a la hora de querer mejorar la limpieza, con cada vez más parques infantiles que parecen el antiguo vertedero de Valdemingómez. Ahora, además, va a empezar a cobrarnos también la tasa de basuras, porque se ve que con la recaudación ilegal de multas no ha tenido suficiente. Si eres pobre es mejor que no existas, o al menos que no existas en Madrid.
Uno, que por suerte o por desgracia ya va peinando algunas canas, ha conocido en la alcaldía de Madrid a los Álvarez del Manzano y Ruiz Gallardón. Y no diremos que fueron excelentes regidores, pero sí, desde luego, que eran «otra cosa». Don José María nunca se hubiese dado el piquito con la izquierda para quedar de «progre de derechas» ante las mujeres que están dispuestas a matar a sus hijos no nacidos. Pero en política se está para llevar tus principios a la realidad, o para apolillarte en el coche oficial. Para transformar tu ciudad y hacerla mejor, o para hacer gracietas con los periodistas a los que das balonazos cuando vas a inaugurar un parque. Está muy claro que Almeida, como alcalde de Madrid, no ha dado la talla.