Uno de los espectáculos más extravagantes de nuestro, de por sí, extravagante tiempo es ver a personas que no distinguen una instrucción de un auto o una medida cautelar de una sentencia firme explicar durante minutos, con tono doctoral y gesto grave, los últimos escándalos políticos-judiciales. Da igual que se trate de contratos públicos, procedimientos penales, conflictos de competencia entre tribunales o garantías constitucionales: en cuanto se enciende una cámara aparecen legiones de improvisados juristas. El otro día Silvia Intxaurrondo comentaba en televisión uno de estos episodios judiciales con esa mezcla de seguridad y superficialidad que se ha convertido en marca de la casa. No es un caso aislado; hay una epidemia de cuajo que considera «elitista» que haya que saber de algo para abordarlo. Cada jornada asistimos a un desfile de opinadores que hablan de aforamientos, prevaricaciones, recursos, nulidades o indicios como quien recita Basora-Igoa-Zarra-Panizo-Gaínza, porque la ignorancia ya no es un límite para intervenir en el debate: ahora es un requisito.
Propongo un nombre para este fenómeno: amatocracia, del griego amathía, ignorancia. Era para los griegos, que desconfiaban profundamente de quienes hablaban sin saber, amathés el ignorante, inculto o falto de instrucción; nosotros, en cambio, llamamos a espurrear sin saber «ejercicio de democracia». Heráclito observó que mucho saber no entraña entendimiento, pero habría añadido sin dificultad que mucho menos lo hace no saber nada. Aristóteles, por su parte, advirtió que el ignorante afirma mientras el sabio duda. Nosotros hemos conseguido mejorar todo esto, logrando no ya que el ignorante pontifique, sino que lo vean millones y se le pague en consonancia.
Fascina la versatilidad del amatócrata. Durante la pandemia era epidemiólogo; vulcanólogo, en cuanto la primera lengua de lava se desparramó por La Palma; con la guerra de Ucrania, se convirtió en estratega militar; nada más cerrarse el estrecho de Ormuz, descubrió que era economista; y cuando llegaron la amnistía, las investigaciones judiciales al entorno del presidente o el caso del Fiscal General, emergió de pronto como catedrático de Derecho Procesal. No había leído una sentencia en su vida, pero explicaba recursos de casación, confundiendo imputaciones con condenas, armado, como quien empuña un bazuca, con la IA. Y estos son los que se lo curran un poco; la mayoría se limita a consultar las consignas que les envían por WhatsApp mientras los maquillan.
El problema no es sólo la falta de conocimiento. Si estos tertulianos se limitaran a equivocarse, resultarían más cómicos que peligrosos. El problema es que casi siempre están al servicio del poder. Cuando un escándalo político estalla, cuando aparecen nuevas revelaciones, cuando los indicios se acumulan o cuando las explicaciones oficiales empiezan a parecer una novela de realismo mágico, presenta armas el ejército de los amatócratas para negar la evidencia el tiempo suficiente hasta que llegue el siguiente ciclo informativo. No importa que sus afirmaciones sean desmentidas por las posteriores decisiones judiciales; lo despacharán apelando a la fachosfera judicial o con el más tenue y cobarde recurso de afirmar que «los jueces no son seres de luz». La obviedad vacua y torticera es una especie de último recurso.
Nunca fue tan fácil opinar sin saber porque nunca fue tan rentable hacerlo. Estos empleados ideológicos reciben salarios públicos de forma directa o a través de medios subvencionados; otros simplemente saben que su relevancia profesional desaparecería si ese gobierno cambiase de signo. Esa es la podrida fuente de toda su desenvoltura. Un jurista serio suele matizar y expresarse con cautela; en cambio, el tertuliano sabe siempre exactamente lo que ocurre. Desde un plató, entre una pausa publicitaria y un comentario sobre la última serie de moda, diagnostica procedimientos enteros con una confianza que haría al mismísimo Ulpiano levantarse de su tumba.
La amatocracia tiene una dimensión estética. El ignorante de antaño sentía cierta vergüenza de su ignorancia y procuraba callarse; el de hoy se jacta. Haber estudiado en profundidad se considera clasista; lo importante es «tener opinión», porque hemos llegado al punto en que opinar es un derecho absoluto desvinculado de cualquier deber de conocimiento. Lo más irritante de esta democratización del dogmatismo es que suele presentarse como un progreso moral. El juez es sospechoso porque dicta resoluciones incómodas. El periodista de investigación es sospechoso porque investiga. La realidad entera se convierte en sospechosa cuando contradice el relato.
Todavía se puede estirar esta etimología en otro sentido. Amatocracia como disposición a conversar desde la perspectiva del amado líder, para ganar puntos con él. Estos aman al líder cuando miente, al partido cuando se corrompe, al gobierno cuando atropella y al cargo que les permite justificarlo todo. Su ignorancia es una forma de devoción, si bien remunerada. Y, como toda devoción remunerada, suele resultar impermeable a los hechos. Como decía H. L. Mencken, cuesta horrores que alguien piense contra lo que le da de comer.
Con todo, la amatocracia contiene la semilla de su propia ruina. La realidad posee una desagradable tendencia a imponerse. Los procedimientos concluyen, los documentos aparecen y la gente termina entrando en la cárcel. Entonces muchos de quienes llevaban meses asegurando que nada ocurría pasan a explicar que, en realidad, siempre supieron que ocurría algo. Es uno de los milagros más frecuentes de la política española: la conversión retrospectiva, que apenas viene precedida por un diminuto periodo en el que, con lápiz, goma y folio por delante, uno imagina a esta gente recalculando ruta.
Para entonces, el daño ya está hecho. Se degrada el lenguaje público, se desprestigia el saber y se transmite a millones de personas la idea de que la competencia profesional es irrelevante. Que da igual estudiar que no estudiar, investigar o no, total, para qué, si las conclusiones te vienen dadas. Lo único necesario es tener un micrófono delante y hablar con suficiente aplomo. Una vez se consigue que la ignorancia pase de ser una limitación a un modo de estar en el mundo, el resto viene rodado. La cuestión es que cuando una sociedad recompensa más al propagandista que al experto y más al cortesano que al hombre libre, no está avanzando hacia la democracia, sino desenterrando, paletada a paletada, el Antiguo Régimen.