
Por fin, Keir Starmer, primer ministro laborista de Reino Unido y uno de los líderes más impopulares de Europa, ha dimitido. Pero guardemos el champagne por ahora.
El primer ministro anunció su marcha tras desplomarse en las encuestas y perder el control de su propio partido. Su sustituto ya tiene nombre. Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester, antiguo ministro de Tony Blair y Gordon Brown y uno de los políticos laboristas más conocidos del país. Pero lo que se está intentando vender como una renovación es exactamente lo contrario. Sólo hay que ver quién es Burnham.
Aunque, antes que por el hombre, habría que empezar por el sistema que nos lo ha entregado ya con las llaves del 10 de Downing Street en el bolsillo. Porque nadie ha votado a Andy Burnham para el puesto. Y ahora llega al cargo sin pasar por los urnas, solo con las maquinaciones del aparato del partido.
Burnham no es precisamente un ‘outsider’, sino, más bien, un producto químicamente puro del laborismo británico. Diputado desde 2001, ministro con Blair, ministro con Brown, tres veces candidato frustrado al liderazgo del partido y, desde 2017, alcalde del Gran Mánchester. Lleva un cuarto de siglo viviendo exclusivamente de la política. La imagen del gestor municipal pegado al terreno oculta una realidad bastante más prosaica: Burnham pertenece al mismo establishment que ahora pretende aparentar una regeneración.
La diferencia con Starmer es de estilo, no de sustancia. Burnham sonríe más, habla mejor, conserva un marcado (y forzado) acento del norte de Inglaterra y conecta con un electorado obrero al que Starmer nunca terminó de convencer. Sus partidarios lo presentan como el «rey del Norte», un político auténtico frente al tecnócrata londinense. Pero cuando uno se fija en sus posiciones políticas, es difícil detectar muchas diferencias.
Burnham fue uno de los dirigentes laboristas más comprometidos con la permanencia en la Unión Europea y sigue defendiendo que el Reino Unido debería volver algún día al club comunitario. En inmigración mantiene una línea más amable incluso que la adoptada recientemente por Starmer para contener el ascenso de Reform UK. Durante años reclamó eliminar la norma que impide acceder a prestaciones sociales a muchos inmigrantes antes de obtener la residencia permanente y ha defendido reiteradamente facilitar el acceso al mercado laboral a los solicitantes de asilo. Hace apenas unas semanas moderó parcialmente ese discurso, no por convicción ideológica sino porque la campaña electoral lo obligó a hacerlo.
En política climática tampoco existe ruptura alguna. Mientras crece el rechazo social a las políticas de emisiones netas cero por su impacto sobre la industria y el coste de la energía, Burnham ha recibido presiones para seguir con la ruinosa agenda verde y mantiene intacto su compromiso con el Net Zero, convertido desde hace años en uno de los pilares del laborismo británico.
Su gestión en el Gran Mánchester tampoco desmiente ese perfil. La alcaldía ha impulsado planes específicos para la agenda LGTBI, campañas institucionales contra las llamadas terapias de conversión, programas climáticos urbanos y una creciente intervención pública en vivienda, transporte y planificación económica. Burnham denomina a todo ello «Manchesterismo»: una mezcla de descentralización administrativa, mayor gasto público y planificación regional presentada como una nueva forma de patriotismo económico. Cambia el nombre, no la receta.
El propio Donald Trump le ha hecho un traje esta misma semana en una frase. Preguntado por el hombre que probablemente ocupará Downing Street en breve, el presidente estadounidense respondió con dos palabras: «extremely liberal» (extremadamente progre, podríamos traducir). No parece una definición improvisada. Burnham ha defendido impuestos sobre la riqueza, un mayor control público de sectores estratégicos como el agua, un acercamiento progresivo a Bruselas y la continuidad de la agenda climática que tantos problemas ha causado electoralmente al laborismo.
Quizá la mayor ironía de toda esta historia sea que hace apenas unos meses el propio aparato laborista intentó impedir su regreso a Westminster. El Comité Ejecutivo Nacional bloqueó por ocho votos contra uno su candidatura en una elección parcial por miedo a que utilizara el escaño para desafiar a Starmer. Perdió entonces contra la maquinaria del partido. Hoy esa misma maquinaria se dispone a entregarle el poder porque ha llegado a la conclusión de que el problema nunca fueron las políticas del Gobierno, sino el hombre que las defendía.
Eso explica mejor que cualquier discurso la naturaleza de la operación. El Partido Laborista no parece dispuesto a revisar su apuesta por el multiculturalismo, la transición climática, el crecimiento del Estado o el acercamiento a Bruselas. Sólo pretende encontrar un vendedor más convincente para el mismo producto. Starmer ha dejado de funcionar. Burnham inspira más simpatía, comunica mejor y resulta más fotogénico. Pero es dudoso que vaya cambiar nada más.