A la ministra de Sanidad le molesta la realidad. O más bien, le irrita profundamente que la realidad biológica no esté dispuesta a someterse a los dictados de su boletín oficial. Ver a Mónica García convulsionar en rueda de prensa ante una pregunta tan impecable como elemental de una periodista de El Debate sobre si un feto experimenta sufrimiento durante el procedimiento de un aborto es el enésimo espectáculo de esa arrogancia con la que la izquierda despacha cualquier debate incómodo. Para la titular de la cartera de Sanidad, que se le requiera evidencia científica sobre el dolor intrauterino no merece una respuesta médica prudente, sino la excomunión laica inmediata: tachar a la periodista de «negacionista».
Ocurre con la ministra de Sanidad lo mismo que ocurrió hace un tiempo cuando mi compañera Marien Vallejo le preguntó a la entonces ministra de Igualdad, Irene Montero, algo tan esencial como qué era ser una mujer. Montero no supo responder. Hoy, Mónica García ha tropezado exactamente con la misma piedra: ante cuestiones tan básicas, directas e incontestables, la única salida del sectarismo político es la evasiva, el exabrupto y la censura moral.
Llama poderosamente la atención la amnesia de nuestra ministra. Médica de profesión y anestesista de especialidad, García parece haber dejado en la perchera del ministerio los conocimientos más básicos de la neurobiología. ¿De verdad una profesional especializada en el dolor ignora los 17 estudios clínicos y las investigaciones que documentan respuestas fisiológicas directas ante estímulos nocivos desde la mitad de la gestación? Como recuerda el presidente del Colegio de Médicos de Madrid, Manuel Martínez-Sellés, el feto sufre y los signos fisiológicos ante el dolor no pueden ignorarse con «falsa certeza». Tampoco es un misterio el trauma posterior: trabajos como los del investigador Paul Sullins confirman el profundo dolor psicológico, duelo y culpa que arrastran de por vida la mayoría de las mujeres que pasan por un abortorio. ¿O es que el sufrimiento sólo existe cuando encaja en el relato del Gobierno? La ciencia no es un menú a la carta.
La guinda de este despropósito la pone la nueva campaña institucional del Ministerio, lanzada bajo el insólito lema de que «decidir abortar está bien». Un eslogan nauseabundo que busca blanquear una tragedia e integrar el aborto como si fuera un método anticonceptivo más, banalizando la pérdida de una vida humana. Todo ello aderezado con el empeño liberticida de acorralar a los ginecólogos de la sanidad pública que ejercen su derecho constitucional a la objeción de conciencia. Si en los hospitales públicos no se practican abortos no es por una oscura conspiración, sino porque los médicos (aquellos que ven a diario el milagro de la vida a través de una ecografía) se niegan a usar sus manos para destruirla, honrando su juramento hipocrático y el código deontológico que les obliga a salvaguardar la vida desde la concepción.
Y mientras persiguen al profesional con vocación, nos entregan el enésimo absurdo paternalista del Estado: una adolescente de 16 años no tiene madurez legal para beber, votar o sacarse el carné de conducir; pero según esta gente, sí tiene pleno discernimiento para someterse a una intervención quirúrgica de consecuencias devastadoras sin que sus padres lo sepan. El aborto no es un «derecho», por mucho que insistan en elevar a rango jurídico la cultura de la muerte. Es la tragedia de una sociedad enferma que prefiere eliminar al más indefenso antes que ofrecer alternativas reales a las madres. Y mientras tanto, nos obligan a todos a financiar este genocidio del no nacido con nuestros impuestos, culpabilizando además a quienes no estamos dispuestos a aplaudir semejante barbarie.
Por la ministra García, por las mujeres engañadas por este aparato de propaganda y, sobre todo, por las miles de vidas indefensas que nunca llegarán a ver la luz: están, de verdad, en nuestras oraciones.