Apartheid británico
Apartheid británico
Por Jesús Laínz
2 de marzo de 2026

Aunque la propaganda oficial británica lleva décadas presumiendo de integración ejemplar de los inmigrantes afroasiáticos, la realidad es un apartheid de facto por el que la población se divide en compartimentos voluntariamente autosegregados. Las diversas comunidades culturales no tienen intención de convivir con las demás. Y así, siempre que sus padres se lo pueden permitir, los niños blancos acuden a colegios con otros niños blancos, mientras que los hindúes o pakistaníes lo hacen con los de su mismo origen. A la mayoría de los padres, tanto ingleses como inmigrantes, la mezcla educativa les resulta inconcebible debido al abismo cultural que separa a unos de otros y los problemas de convivencia que ello provoca.

Pero lo más grave, naturalmente, es la violencia. Debido a la censura ideológica, los agentes de policía confiesan ser reacios a intervenir ante delitos de las llamadas minorías étnicas para evitar acusaciones de racismo. Uno de los casos más trágicos fue el de las violaciones sufridas por miles de menores en Yorkshire a manos de bandas de pakistaníes desde 1997 hasta que a la prensa no le quedó más remedio que informar de ello en 2014. Según los informes que finalmente acabaron conociéndose, las autoridades municipales, policiales y de protección de menores decidieron ocultarlo y no actuar para que no les acusaran de racistas.

El control de las fronteras para frenar la llegada de más inmigrantes fue uno de los argumentos centrales de los partidarios del Brexit, aunque de momento el flujo inmigratorio siga aumentando. Y por lo que se refiere a los refugiados, falsa excusa para seguir promoviendo la inmigración, los opositores británicos recuerdan que la legislación internacional sobre refugiados establece que éstos se instalen en el primer país seguro que encuentren, que además contará con la ventaja de la cercanía geográfica, cultural y religiosa, no que crucen medio mundo para elegir el país de su preferencia. Además, los medios no prestan atención al hecho escandaloso de que un porcentaje mayoritario de esos refugiados suelen ir a pasar las vacaciones a esos países de los que supuestamente huyeron para salvar sus vidas.

La natalidad insuficiente, la integración fallida, la violencia creciente y la impunidad de los inmigrantes han convertido la antaño próspera Gran Bretaña en un país caótico cuyos habitantes indígenas abandonan sus hogares en busca de una tranquilidad cada día más difícil de encontrar. Uno de los recursos más fáciles es abandonar las ciudades para instalarse en pequeñas localidades que les permitan vivir en paz y rodeados de lo que ha sido su patria desde hace milenios. Sin embargo, ya ni esto es posible porque, tras constatar que la concentración provoca conflictos, los gobiernos de Londres promueven la dispersión de los inmigrantes por todo el país hasta la más apartada aldea. Lo mismo que está haciendo el Gobierno español. Pero también esto es causa de problemas, ya que el campo, como es lógico, es el lugar más apropiado para que los perros puedan corretear, lo que al parecer molesta a unos musulmanes que, salvo para la caza o el pastoreo, abominan de la raza canina por su impureza ritual y por ahuyentar del hogar a los ángeles de la misericordia. Y por eso les molesta encontrárselos cuando pasean por el campo igual que cuando lo hacen por las ciudades, en cuyos barrios de mayoría musulmana se pretende prohibir la presencia de los canes.

A pesar de todo esto —al fin y al cabo una simple anécdota— y de mucho más, la mordaza ideológica no ha perdido intensidad. Dos de las más interesantes plumas del conservadurismo británico, Peter Hitchens y Roger Scruton, publicaron hace ya un cuarto de siglo sendos ensayos (The Abolition of Britain y England: An Elegy) dedicados a reflexionar sobre las causas y consecuencias de la disolución de su patria. Por sus páginas desfilan todo tipo de datos y argumentos, pero llama la atención la ausencia del más evidente: la inmigración. Hitchens sólo la menciona una vez, y de pasada, para mencionar que la llegada de gran cantidad de foráneos explica en buena medida la extirpación de la enseñanza de la historia y la literatura nacionales, por ajenas e incluso hostiles a los recién llegados. Y Scruton concentra sus acusaciones desnacionalizadoras en una burocracia bruselense ajena a las tradiciones culturales y jurídicas del Reino Unido. Pero sobre el enorme elefante que ocupa la habitación, ni una sílaba.

Pero a la fuerza ahorcan, como ha demostrado Suella Braverman, secretaria británica de Interior, de origen indio, a la que no le quedó más remedio que confesar hace un par de años que «el multiculturalismo ha fracasado» y que la inmigración incontrolada es un «riesgo existencial» para Occidente. Menos mal que lo dijo ella, porque si se le hubiera ocurrido a un inglesito de piel blanca, le habrían crucificado.

TEMAS
Noticias de España