Este verano se nos han ido varios mitos: Ozzy Osbourne, Michael Madsen y Thierry Ardisson (presentador televisivo y monárquico branché que la parca, en una cruel ironía del destino, vino a reclamar el 14 de julio pasado), pero ninguno dejará un pequeño vacío tan grande como el de Giorgio Armani. Para los que fuimos niños en los años 80 y vimos pasar con parsimonia la década posterior, Armani, más que el vestido, en primer lugar representa una época y un contacto precoz, tramposo, con esa belleza que en la sociedad de consumo propone la publicidad. Quizá solo haya habido tres o cuatro diseñadores que han logrado colárnosla con sus campañas, y uno de ellos fue el Armani de hace varias décadas.
Para alguien con las hormonas en plena ebullición era difícil no detenerse en las fotos en blanco y negro, que el papel estucado hacía más imponentes, donde Albert Delègue, mixto de Paul Newman y Tom Cruise, se utilizaba como reclamo para vender el olor a cítrico y madera que se embotelló y etiquetó con el nombre del diseñador recientemente fallecido. Antes de que le pusieran una simple camisa blanca, Delègue empezó a ser fotografiado con ese aspecto de galán atemporal con el que tanto jugaba Armani. Engominado, encorbatado y con una chaqueta de cheviot, podía ser un actor de Hollywood, un yuppie de Wall Street o un tipo con el que te cruzarías en algunos barrios de Nápoles o Roma. Esa imagen, junto con la del torso masculino que Dior utilizó para vender su perfume más conocido, Eau Sauvage, marcaron la publicidad ochentera en la que lo monumental se hacía uno con lo ornamental. Lo mistérico o lo sensual se transmitía a pesar del formato valla publicitaria en Times Square o en la marquesina de la parada del autobús. Fuimos una generación a la que acostumbraron, ay, a cuerpos sin rostro cincelados por Policleto y a manos masculinas enredadas en los tirantes de seda de una lencería femenina.
Lo menos que puede decirse de aquella época, que coincide con el comienzo del fin de la Historia (en fase terminal hoy día), es que fuera dada a las medias tintas. Los trajes no eran trajes, sino power suits, los perfumes congestionaban la pituitaria y los hombres de moda solían ser escultóricos héroes de acción, aunque ellas, voluptuosas, tampoco quedaban a la zaga. Todo iba tan a tope de power que necesitamos los años 90 para volver a tocar tierra. Por descontado, Armani fluyó como producto del momento y conquistó, sobre todo, a ese profesional corporativo siempre necesitado de referencias estéticas. Del cuestionable sack suit a lo Mad Men, muchos pasaron a llevar trajes con hombreras pronunciadas que exageraban siluetas en uve, símbolo de masculinidad y poder.
Como Ralph Lauren, el italiano utilizó el cine para darse a conocer. Si éste se ocupó de vestir a Robert Redford para la adaptación de El gran Gatsby a la gran pantalla, Armani haría lo propio con Richard Gere en American gigoló. En ambas, el vestuario está casi al mismo nivel del guión y es divertido ver a un Gere italianizado con andares de macró. La experiencia debió gustar al diseñador, que repitió con Los intocables y Belleza Robada. Para entonces, Suzy Menkes, papisa de la moda, ya le había encumbrado lo suficiente. Puede que Giorgio Armani no inventara la chaqueta desestructurada, algo tan ligado a la cultura italiana, sin embargo siempre interpretó de una manera particular al hombre y la mujer de un momento de la historia.
Historia que él ha acompañado silenciosamente, sin estridencias, siendo parte de nuestra vida a través del cine, de la memoria olfativa o encarnando lo que entonces se consideraba el éxito en una manera de vestir.
En España, la casa italiana alcanzó su cénit en 2003, con un sastre pantalón blanco —plebeyo, trabajador y moderno—, culminación vestimentaria de una reflexión madura.
Giorgio Armani nace como producto en el cénit del capitalismo fukuyamiano y muere cuando periclita una época (y una civilización). Nosotros estábamos allí. Por eso, su desaparición nos obliga a aceptar que pertenecimos a lugares que ya no se parecen a ellos mismos y que vivimos tiempos en los que, a veces, la belleza no era solo un espejismo.