Bon voyage!
Bon voyage!
Por Carlos Esteban
19 de octubre de 2026

Detened todos los relojes, desconectad el teléfono, impedid que ladre el perro dándole un hueso jugoso: Francia está al borde del desastre. Según una encuesta de Ifop publicada por Marianne, el 46% de los musulmanes en Francia asegura que dejara el país si Marine Le Pen llega a la presidencia del país.

Alguno pensará que es un modo un poco cruel de ponerle la miel en los labios a los soberanistas franceses, porque la probabilidad de que los encuestados cumplan su amenaza —¿promesa?— es cercana a cero. Sería millonario si me dieran un euro por cada celebridad que ha asegurado dejar el país si no ganan los suyos, solo para seguir como si nada a pesar de cumplirse sus peores augurios.

Le Pen, en una reciente comparecencia, se lo ha tomado lo bastante en serio como para tranquilizar a los temerosos mahometanos en suelo francés, asegurándoles que su administración no va a perjudicarles. No estoy muy seguro de que semejante afirmación le haya dado muchos votos, pero qué sabré yo.

Personalmente, no creo que la marcha de la mitad de los lectores del Corán tenga que suponer una catástrofe para el país vecino. Francia ha sobrevivido con cierta dignidad con una población musulmana insignificante desde que Carlos el Martillo les parara los pies en Poitiers en el 732 hasta la segunda mitad del siglo pasado. Creo que podría superarlo.

Incluso haría innecesaria o, al menos, más barata, la solución que cada vez más ciudadanos pronuncian en voz baja, como si se tratara del amor que no se atreve a decir su nombre: deportación. Reconózcanme que sería un alivio para cualquier gobierno que se plantee la medida y sus dificultades logísticas ver cómo los destinados a un vuelo solo de ida se marchaban por su cuenta y riesgo, a coste cero para las arcas públicas.

Tampoco creo que a los franceses de origen norteafricano y mediooriental les hayan sosegado las palabras de la dirigente soberanista. Dudo mucho que haya uno solo de ellos convencido de que con la victoria de Le Pen se vaya a desatar un pogromo islamófobo por toda la nación, pero, a juzgar por la actitud que despliegan regularmente, no les interesa una Francia orgullosa de sí misma y de su historia y tradiciones.

Lo hemos visto en los recientes disturbios estudiantiles, que los medios, si alguna vez los tratan, quieren convertir en una mera protesta contra la falta de medios en la educación pública francesa. Quemar institutos es un modo un poco extraño de demandar más medios, y atacar a los profesores una manera muy peculiar de estimular la calidad del cuerpo docente.

En Francia hemos asistido a una batalla más en la guerra racial de baja intensidad que estalló hace tiempo sin que nadie tuviera que declararla. Para darse cuenta solo haría falta que los medios pasaran sin censura vídeos de los disturbios, pero eso se opone tan frontalmente a la narrativa sobre la feliz convivencia y exitosa integración que no pueden hacerlo.

Afortunadamente, la cantidad de ciudadanos que se informan por los medios tradicionales se reduce continuamente, funeral a funeral, y el cuento de hadas que nos cuentan cada noche antes de mandarnos a dormir tiene cada día menos oyentes.

Uno puede negar la sustitución demográfica, claro que sí; todo se puede negar, si uno se pone a ello, pero un simple paseo, no digamos un trayecto de metro, desengaña al más ingenuo. Quizá sea por eso por lo que quienes insisten en negarla suelan ser lo que nunca viajan en metro y cuyos barrios adolecen de una deplorable falta de diversidad.

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