Caer y levantarse
Caer y levantarse
Por Rafael Nieto
17 de junio de 2026

Es tan triste y decadente nuestra amada España hoy (por culpa del bipartidismo y sus barraganas) que enseguida nos ilusionamos con los seres humanos especiales. Nos ha pasado con León XIV que, además de ser Papa, nos ha parecido un hombre cariñoso y cercano, en notorio contraste con su antecesor y, desde luego, con el paisaje habitual de capullos que nos rodean. A Prevost le dejaríamos las llaves de nuestro coche. Porque la buena gente, que siempre ha conquistado los corazones, hoy nos parece un verdadero regalo divino. 

Uno de los tipos que se ha ganado en tiempo récord la admiración y el cariño de los españoles es Ilia Topuria. Uno de esos duros que te cae bien porque sabes que a ti no te va a pegar. Y porque en esto de las artes marciales, donde antaño ganaban siempre los chinos, ahora España es capaz de campeonar, que diría un argentino. El español de origen georgiano se ha ido ganando nuestro respeto a medida que se nos iba haciendo cada día más celtíbero y más invicto. Y un deporte que hace años no seguía nadie por estos lares, Topuria ha logrado que ahora le entusiasme a una legión de jóvenes y maduros. La victoria siempre tiene muy fácil venta. 

Pero en el deporte, como en la vida, nunca hay pasos hacia adelante sin algún paso atrás, o al menos sin un buen resbalón. Y a nuestro campeón mundial de la UFC, un americano con pinta de hacer morcillas caseras en Villablino le dejó la cara este pasado lunes como la de un Ecce Homo, y no precisamente el de Borja. Ensangrentado y dolorido, con los ojos hinchados por los golpes recibidos, El Matador (como era conocido hasta ahora) tuvo que abandonar el ring en el cuarto asalto, cabizbajo y derrotado. Sintiendo la humillación de quien, sólo unas horas antes, había prometido una aplastante victoria sobre su rival yankie. 

A los que ya peinamos canas, este fracaso de Topuria nos trajo a la memoria aquel otro de Poli Díaz contra el americano Whitaker el verano de 1991, madrugada en España. Éste en lucha libre, aquel en boxeo. Éste en Washington, aquel en Virginia. Éste a mediados de junio, aquel a finales de julio, paralizando España por unas horas con un deporte televisado que no era fútbol, ni baloncesto, ni tenis. Pero ni entonces ni ahora los nuestros vivieron su mejor noche. Y nos dejaron a todos ese ¡ay! colectivo, en parte por la derrota, en parte por las «guantás» que recibían de los americanos, que casi las podíamos sentir nosotros en casa.

Pero Topuria (a quien la organización del show obliga, como a todos, a hacer el memo varios días antes, simulando ser un enemigo mortal de quien únicamente es su próximo rival) tiene un tesoro mucho mayor que su fuerza física o que su gigantesca capacidad de concentración. El tesoro más grande y poderoso que un hombre pueda tener: su Fe. Cristiano ortodoxo, Ilia Topuria no esconde nunca su amor a Dios, a quien se dirige constantemente, bien para ofrecerle un éxito, bien para pedirle ayuda y protección antes de un combate.

Ninguno de nosotros sabe por qué a veces, cuando pedimos a Cristo que nos socorra, parece que no nos oye. Eso forma parte del misterio de nuestra Fé. Lo que sí sabemos es que Ilia Topuria, nuestro gran campeón, volverá más fuerte de cómo se marchó de Washington, en una silla de ruedas, camino del hospital. Y que el simple hecho de querer levantarse, corregir sus errores y seguir adelante, es ya una victoria en sí misma. El Matador volverá por donde solía, dándonos de nuevo motivos de orgullo por su talento como luchador, y también por su calidad humana. 

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