Campeones mundiales de autodenigración
Campeones mundiales de autodenigración
Por Jesús Laínz
6 de abril de 2026

España marcha viento en popa a toda vela. Vivimos en el mejor país posible con el mejor régimen posible y el mejor gobierno posible. Por eso, carentes de problemas y sobrados de aciertos de nuestros Pericles patrios, podemos ocupar nuestro tiempo en dar vueltas y más vueltas en torno al transcendental asunto de unos hinchas futboleros pegando gritos en un estadio. Sorprendente novedad, la de quienes han hecho lo que vienen haciendo desde que se inventaron los espectáculos de masas allá por los heroicos tiempos del Coliseo romano. Hoy no suben o bajan pulgares decidiendo sobre la vida y la muerte de los gladiadores, pero no le quepa la menor duda, ilustrado lector, de que si de ellos dependiera, tanto aquí como en el último rincón del mundo, rebosaría la sangre de tanto árbitro y tanto jugador merecedores de las muertes más horribles.

La novedad ha consistido en que un público pecaminosamente rojigualda —¡y en los Països catalans!— emitió gritos despectivos hacia la fe musulmana. Fea cosa, ciertamente, la de insultar a los demás por creer o dejar de creer en el dios que les dé la gana, pero ¿desde cuándo se le suponen modales versallescos y continencia monástica al público que paga por rugir a veintidós tipos que corretean en pantalón corto tras una pelota?

Pero la clave no ha sido, evidentemente, el insulto, sino el insultado. La indignación ha sido universal. ¡Decir «musulmán el que no bote»! ¡Semejante blasfemia antimulticultural no se puede tolerar! Racismo. Fascismo. Españolismo. Todos los horrores juntos. Otra cosa hubiera sido que se insultara al cristianismo, lo que encajaría en el derecho a la libertad de expresión. No en vano, con el objetivo de dejar abiertas las puertas a la ridiculización del cristianismo, en enero de 2025 el PSOE presentó una proposición de ley para suprimir el delito de ofensa a los sentimientos religiosos previsto en el artículo 525 del Código Penal. Siguiendo al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el argumento consistió en que «la libertad de expresión ampara también las ideas que ofenden, conmocionan o perturban, de modo que las personas que profesan una religión no pueden esperar razonablemente la exención de toda crítica, sino que deben tolerar y aceptar que otros rechacen sus creencias de manera pública». Parece, pues, que para defender la dignidad de la fe de Mahoma se actuará con una dureza nunca vista para la de Cristo.

Y, por supuesto, tampoco habría pasado nada si la destinataria de la ofensa hubiera sido España, o si se hubiera pitado su himno —la Audiencia Nacional lo consideró un derecho en 2009—, o abucheado al rey, o quemado, ahorcado o escupido su efigie, o coreado gora ETA, como se lleva haciendo desde hace medio siglo sin que nadie se haya escandalizado. Eso también es libertad de expresión.

No hay país europeo más odiador de sí mismo, ni más avergonzado de su historia, ni más aficionado a denigrarse ni en el que mayor cantidad de ciudadanos quieran dejar de pertenecer a él. ¡Cuánto daño hicieron los borbones dieciochescos pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva —su último vástago, Felipe VI, sigue erre que erre—, y los liberales decimonónicos declarando erróneos todos los siglos anteriores, y los izquierdistas del siglo XX abominando de España, de su historia, de su presente y hasta de su nombre! ¿Recuerdan a Fernando Trueba declarando, al recibir el Premio Nacional de Cinematografía, que nunca ha tenido ningún sentimiento nacional, que en caso de guerra iría con el enemigo, que lamenta que España hubiera ganado la Guerra de la Independencia, que en los mundiales de fútbol siempre desea la victoria de las selecciones de otros países y que nunca se ha sentido español?

No cabe mejor resumen de la visión que los llamados progresistas tienen de esa España a la que tanto odian y a la que paradójicamente gobiernan con el voto de millones de españoles entusiasmados. ¿Recuerdan el horror de aquel piloto que se suicidó en 2015 estrellando en los Alpes el avión de pasajeros que pilotaba? No hay mejor imagen de la España actual, con el agravante de que las víctimas inocentes de aquella tragedia no le habían elegido para sentarse a los mandos.

Aunque España sea la campeona, los demás países europeos no andan escasos de putrefacción. Estos días ha levantado bastante polémica en el mayoritariamente descreído Reino Unido el que su rey no haya hecho ninguna declaración celebrativa de la Semana Santa mientras que nunca se olvida de felicitar el Ramadán.

Y mientras tanto, Mehmed II nos mira por una rendija de su nube y se muere de risa.

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