Cara al sol
Cara al sol
Por Carlos Esteban
13 de agosto de 2026

Hemos visto todos atacar naves en llamas más allá de Orión y Rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhäuser. En el cine o en la tele, vale, pero lo hemos visto, lo hemos visto todo, el CGI más espectacular y los efectos especiales más impresionantes. ¿Por qué habríamos de tener un especial interés en ver algo tan vulgar como un eclipse?

Debo reconocer lo que nunca confesé en su momento: todos los espectáculos celestes preanunciados me han decepcionado hasta la fecha, ya sea el Eclipse del Siglo, que sucede cada dos o tres años, o las Lágrimas de San Lorenzo. Los eclipses son como esas bandas consagradas que anuncian su concierto de despedida para, al cabo de un mes, volver a anunciarlo, ahora sí que sí.

No soy un cazador paleolítico que vaya a aterrorizarse viendo cómo el dragón del cielo se ha comido el sol, qué le voy a hacer, y en una época dominada por una rabiosa competición de imagen y sonido, una saturación de estímulos visuales, un vulgar eclipse sabe a poco. ¿Esto es todo?, nos decimos. ¿No hay rayos púrpura, ninguna pirotecnia celeste, explosiones cósmicas? Pues vaya.

Pero a la gente le han dicho que hay que ver el eclipse, y hace colas interminables para conseguir unas gafitas ridículas con las que contemplar lo que pueden ver cada vez que les dé la gana de forma mucho más cómoda. El dichoso eclipse se convierte así en una de esas aborrecibles novelas «de obligada lectura» o de esas películas que «hay que ver».

Gente que viaja a los parajes más espectaculares, no para contemplarlos, sino para grabarlos con el móvil y colgarlos en Instagram —¿puede haber algo que estropee más la maravilla que vulgarizarla en un reel?— acepta religiosamente la imperiosa necesidad de ver un fenómeno al que no darían ni dos estrellas en pantalla.

No puedo evitar que me recuerden las colas que hacía el personal para ponerse la vacuna. Leo de continuo a muchos que se preguntan furiosos en redes qué espera el pueblo para levantarse, para actuar, para reaccionar ante un gobierno que va poco a poco destruyendo las instituciones, robando a manos llenas, haciendo, en fin, de su capa un sayo con un desprecio «mariaantonietesco» hacia la plebe. ¿Cómo va a rebelarse jamás un pueblo que hace cola para comprarse unas gafitas de cartón con las que ver algo que apenas les importaría si no se lo hubieran recordado a tiempo y a destiempo?

Y, ya puestos a preguntar, ¿por qué tienen tanto interés en que veamos el bendito eclipse? ¿Cobran comisión? ¿Tienen acciones en una clínica óptica? Suena raro que insistan tanto cuando se trata de un espectáculo gratuito.

Decía Oscar Wilde que nadie valora una puesta de sol porque nadie paga por verla. Los eclipses se parecen a las puestas de sol en que nadie los programa y tampoco se cobra por verlos. Se cobra, eso sí, por protegerse de un posible daño ocular irreparable que también puede evitarse gratis con solo mirar a tierra.

Lo bonito, si acaso, es el día convertido súbitamente en noche durante un minuto y medio; lo interesante, entonces, es mirar alrededor, pero es lo que no hará nadie, porque no es lo que les han dicho en la tele, y las gafas hay que amortizarlas, que no creo que lleguen ilesas al próximo eclipse.

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