Caridades lejanas
Caridades lejanas
Por Jesús Laínz
14 de septiembre de 2026

Lo de Ceuta ha sido la excusa perfecta para desatar la habitual tromba biempensante sobre la caridad infinita a la que los europeos estamos obligados con todo aquel que llegue a nuestro suelo en cualquier circunstancia y con cualquier objetivo. ¡Qué fácil es llenarse la boca con la caridad sobre todo cuando se hace con dinero ajeno y sin que los que la proclaman estén dispuestos a arrimar el hombro! ¡Y qué cómodo es exigirla para los lejanos sin haber movido jamás un dedo por los cercanos! Seguro que usted también conoce, maledicente lector, a alguno de esos amantes de la Humanidad abstracta incapaces de amar a hombres concretos, a los minusválidos y menesterosos de su propia ciudad, a sus vecinos necesitados e incluso a sus propios padres y abuelos.

La progresía de izquierda y derecha y la clerecía oenegeísta se dan la mano en esta materia con la especial satisfacción que procura saberse encarnadores de la bondad frente a los malvados que osen poner pegas. Y sus declaraciones, escritos e ilustraciones están dirigidas a tocar la fibra sentimental para impedir el debate racional.

Bien está la caridad, una de las virtudes teologales, sobre todo cuando viene a corregir las limitaciones de la justicia humana. Pero quizá no estuviese de más recordar que otros hay en el mundo a los que, por cercanía y consanguinidad, les corresponde mayor responsabilidad en un asunto que, por alguna razón nunca explicada, parece exclusivo de los europeos.

Podríamos empezar, ya que estamos con Ceuta, con Mohammed VI de Marruecos, el monarca más rico de África, con una fortuna personal valorada en torno a los 5.000 millones de dólares, en la que se incluyen palacios en su país y en Europa, varios jets y unos cuantos centenares de coches de lujo. Por otro lado, si Marruecos está tan subdesarrollado como para que millones de sus jóvenes deseen saltar a Europa en busca de prosperidad por cuenta ajena, ¿cómo es que se ha lanzado a organizar un campeonato mundial de fútbol?

Al vecino Mohammed podrían sumarse, entre otros, las testas coronadas de Brunéi, Arabia Saudita y Abu Dabi, que añaden entre todos varios ceros a esa cifra. ¿Por qué nuestros campeones europeos de la caridad lejana no se la exigen a ellos antes que a nadie? ¿No son todos ellos miembros de la comunidad islámica? ¿No son sus súbditos y hermanos en Alá? ¿Y por qué la riada inmigratoria desemboca siempre en Europa y no en aquellos países más cercanos geográfica y culturalmente y rebosantes de petrodólares?

Nuestros caritativos de lejanías se distinguen por que su preocupación por el bienestar de los extranjeros es inversamente proporcional a su preocupación por el de los españoles. Lo contrario sería facha y racista.  Modelo de todos ellos es, naturalmente, el presidente del Gobierno, capaz de todo para justificar a los invasores y condenar a los invadidos que llevan dos meses protestando por el caos en el que ha caído su ciudad. «No son invasores, buscan una vida mejor» ha explicado el caritativo Sánchez. Cierto: lo mismo que sus compatriotas, aunque eso le traiga sin cuidado. Y es precisamente la inmigración masiva, además del desgobierno socialista, la que está provocando que la vida de los españoles sea cada día peor.

Los apóstoles de la caridad infinita y los papeles para todos quizá debieran dedicar unos instantes a pensar sobre las consecuencias de tan hermosos eslóganes. Porque si, como ha hecho el Gobierno socialista, invitamos a España a todos los que vivan en países menos desarrollados que el nuestro, es decir, a la inmensa mayoría de Asia, África y Suramérica, habrá que preparar viviendas, puestos de trabajo, hospitales y cirujanos para 7.000 millones de personas. Y creciendo. Manos a la obra.

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