Cuando llevas décadas en descomposición y dando la espalda a tus raíces lo normal es que acabes celebrando funerales laicos, esas cáscaras vacías contemporáneas donde caben todos para celebrar la nada. No hay fotografía que retrate mejor el cuerpo en descomposición que es hoy Occidente. Las élites reunidas en un edificio sin alma recuerdan las muertes provocadas, en gran parte, por el seguidismo ciego de la poción mágica del druida de la aldea que nos obligan a beber.
La observación de la ceremonia deja a uno el cuerpo frío. Es como ver una película futurista con interiores de techos altos, espacios diáfanos y luces blancas. Valencia despojada de su identidad, de sus ropajes, de su bandera, del rey Jaime I liberando la ciudad. Ni un Padrenuestro. Valencia como una Bruselas cualquiera, tan gris y sin esperanza. Una extraña homogeneidad flotaba en el ambiente y era imposible no recordar el otro rito laico (ejem) celebrado en la plaza de la armería del Palacio Real por los fallecidos durante el covid. Todos en círculo alrededor de un misterioso pebetero, una pira ardiendo que sustituye al altar. Es mucho más que mero simbolismo, es la negación del sentido trascendente sobre el que Occidente ancló sus cimientos durante dos mil años.
Ya sabemos que la política no admite espacios vacíos. Que la erosión de cualquier identidad conduce inevitablemente a que ese espacio lo ocupe otra más fuerte. Ese diagnóstico ya lo hizo el cardenal Sarah, que denuncia que si Occidente es incapaz de integrar a culturas como la musulmana es porque hoy sus principios son el consumismo, el individualismo y el relativismo. Vamos, que el problema es nuestro. «Europa ofrece a los recién llegados musulmanes irreligión y consumismo salvaje. ¿A quién le puede sorprender que se refugien en el fundamentalismo islámico? Muchos terroristas islámicos, desesperanzados por el nihilismo europeo, se echan en brazos del islamismo radical».
La noticia es que esos espacios vacíos —como el que presidió el monarca el miércoles en Valencia— sustituidos por el islam en toda Europa están teniendo respuesta. La juventud española protagoniza una vuelta a la fe mientras surgen movimientos políticos, casi siempre escisiones, contra el avance islamista. Ambos fenómenos guardan importantes diferencias, pero obedecen a la misma realidad. En Cataluña el suflé separatista cae en picado por su rendición a todas las ideologías modernas y eso explica el auge de Silvia Orriols. Aunque separatista y profundamente hispanófoba, su discurso se centra en la inmigración. Es su caladero y de ahí no saldrá, pues la mitad de sus nuevos votantes rechaza la ruptura con España.
Orriols procede del interior de Cataluña, del mundo rural que tiene mayor apego a las tradiciones y se alza contra la modernidad en cuyos planes no tiene cabida. Este patrón se repite en toda Europa y es lo que sostiene a Alianza Catalana, que ve amenazada su identidad diluida en el magma multicultural que prometía convivencia y trajo una sociedad atomizada, una torre de Babel del todos contra todos en la que siempre pierden los de casa.
Claro que parte del diagnóstico de Orriols es erróneo. O falso. Su acusación de que el Estado español inundó Cataluña de inmigración para borrar la identidad catalana es un disparate. Tal cosa, por cierto, recuerda a las majaderías de Monedero, como aquella de que los servicios secretos españoles repartían heroína entre la combativa juventud vasca en los años 80 para acabar con ella. Orriols debe presentar su queja ante la ventanilla adecuada, la de Jordi Pujol, que además de saquear las arcas públicas atrajo inmigración magrebí para evitar la llegada de hispanoamericanos por su mala costumbre de hablar en español.
En el País Vasco era cuestión de tiempo que ocurriera algo similar. Bildu entró en las instituciones pagando como peaje la aceptación de la ideología de género. El consenso le dio la bienvenida y los antiguos cachorros de la kale borroka mutaron en gudaris LGTBI. El presidente del PNV dijo hace poco que no sabe si el próximo lehendakari se llamará García o Hasán, pero que su única patria será Euskadi. Rendido al wokismo y la inmigración masiva, el separatismo vasco también ha sufrido una escisión. Se llama Ezker Nazionala (Izquierda Nacional) y se define como un proyecto político «nacionalista, de izquierdas, antiglobalización y anticapitalista».
Todo esto no es más que el síntoma que confirma que Occidente ha virado hacia el proteccionismo en lo económico y a lo autóctono en lo cultural desde hace una década. Una vuelta a las raíces frente al desorden posmoderno. A nadie debería sorprender que el debate real en la calle es si prohibimos a nuestros hijos comer cerdo en el comedor escolar o si cambiamos barretinas y chapelas por burkas, que es a lo que conducen siempre —como efecto rebote— las obsesiones de quienes imponen semáforos con falda y talleres de masturbación para menores mientras islamizan las calles. Ningún espacio vacío, en fin, conduce al laicismo como creen los entusiastas de la nada. Este es el mundo que han construido. Vacío new age y minutos de silencio donde antes había altares, cruces y oraciones. Desorden, desarraigo y atomización. Familias rotas y menos nacimientos que durante la guerra civil. Alguien debería responder ante algo más que un tribunal por esta cosa a la que llaman progreso.