A José María Figaredo se le ocurrió el otro día emplear la palabra «cazar» para proponer la detención de los marroquíes que forzaron la frontera ceutí hace tres semanas y que desde entonces siguen jugando al gato y al ratón con una policía impotente, desmoralizada y desautorizada. Que la improvisación literaria le haya jugado una mala pasada a quien, por su condición de diputado del partido bajo vigilancia intensiva, debería medir cada sílaba que pronuncia no elimina la evidencia de que no se trató de una apología del escopetazo como si los afectados fueran jabalíes, sino de la expresión de su deseo de que se cumpla la ley. ¿Tan pronto se ha olvidado el caos que han llevado a Ceuta? ¿Tan eficazmente se están ocultando los robos, los destrozos, las peleas y hasta las agresiones sexuales que siguen cometiendo mientras los gobernantes socialistas silban con disimulo como si la cosa no fuera con ellos? ¿Tan extraño es que un representante parlamentario exija la aplicación de la ley y la persecución de los delincuentes? Lo grave, por lo visto, no es la violación de las fronteras, ni los delitos de sus violadores, ni el sufrimiento de los ceutíes, ni la propagación de enfermedades traídas de África. Lo grave, lo condenable, lo perseguible es que un parlamentario del fascismo que no cesa haya empleado un verbo polisémico.
El soviet de Igualdad ha instado a la Fiscalía a que investigue si el diputado de Vox puede ser procesado por la aberración orwelliana del delito de odio, sólo existente para un tipo muy concreto de odiadores, aunque se trate simplemente de la pronunciación de palabras molestas para los oídos de los modernos inquisidores. Los de la orilla política opuesta nunca odian, ni aun cuando amenazan, insultan, escupen, golpean e incluso asesinan. La izquierda siempre hace eso con buenas intenciones y debido a estar inevitablemente en el lado bueno de la historia. Y, por supuesto, la prensa hiprogresista se ha apresurado a hacer sangre con nauseabundos argumentos ad hominem y la habitual doble vara de medir.
Pero, metidos en cacerías, merece la pena recordar su abundancia en los no tan lejanos tiempos covidianos. Los políticos y sus siervos mediáticos clamaron por la caza y captura de quienes, acertadamente o no, eligieron no vacunarse, a lo que tuvieron perfecto derecho amparados en la integridad física garantizada por el artículo 15º de la Constitución. Sin embargo, políticos de variado pelaje reclamaron totalitariamente la vacunación de todo el mundo por las buenas o por las malas, voluntariamente o a la fuerza, que la Seguridad Social no atendiese a los no vacunados y que se les hiciese la vida imposible impidiéndoles su presencia en lugares públicos. Y se llegó a acusarles de asesinos en potencia.
“España, a la caza de los no vacunados”, “A la caza de los 358.124 andaluces sin vacuna”, “A la caza de los 700.000 madrileños que todavía no se han vacunado”, “Salud cambia de estrategia y sale a la caza de los riojanos que aún no están vacunados”, fueron titulares cinegéticos de periódicos tan variados como As, El Mundo o ABC.
Saliéndonos de auntos víricos, son dignas de felice recordación aquellas hermosas palabras de Pablo Iglesias en 2013: “Fachas no faltan, así que cuando acabemos esta charla, en lugar de mariconadas de teatro, nos vamos de cacería a Segovia a aplicar la justicia proletaria”. A tan eximio prócer de la democracia nadie pretendió procesarle por delito de odio y hasta llegó a vicepresidente del Gobierno.
Pero claro, aquellas ansias de caza fueron legítimas, humanitarias, democráticas, provocadas por la indiscutible bondad de sus proclamadores. A Figaredo, por el contrario, le mueve la maldad y el odio, como a todos los de su partido. ¡Arderéis como en el 36!