Quien haya cogido el metro en Madrid últimamente habrá notado lo primario de los mensajes en las paredes: cede el asiento, usa cascos para escuchar música, deja salir antes de entrar… Esto es la urbanidad básica, que a veces cuesta. En Milán estudiaron la reacción de la gente en el metro cuando entraba un señor disfrazado de Batman. Entraba una mujer embarazada, y con él un superhéroe y el resultado fue que los usuarios cedían mucho más el asiento. Lo curioso es que algunos ni siquiera se habían percatado, pero reaccionaban. El efecto Batman consistía en romper el ensimismamiento.
¿Dónde acaba el ensimismamiento y empieza la mala o nula educación?
A veces, no es un problema de concentración. La concentración puede ser, en sí misma, el problema. En el metro digamos que hay tres minorías con derechos: las embarazadas, los ancianos y los minusválidos. A estas personas hay que cederles el sitio, por supuesto. Pero una dificultad surge cuando hemos de identificar alguna de esas situaciones: la invalidez parece clara, se usan instrumentos de ayuda u ortopedia, las embarazadas suelen tener voluminosos vientres inequívocos, y la ancianidad, que se suele representar como una figura con bastón, ya deja la cosa más abierta a la interpretación. Sobre todo porque la categoría de anciano o viejo es bastante flexible. Cuando uno tiene quince años, todo el mundo es viejo, cuando se acerca a los cincuenta, aumenta la tendencia a identificar la ancianidad con la total decrepitud.
La cosa se complica cuando la persona cuya edad y condición hemos de evaluar es mujer. Aquí la educación se mezcla con cierta galanura demodé. O quizás es sólo la gentileza en toda su complejidad, porque ¿verdad que la gentileza tiene un plus con la mujer?
Es un momento delicado. Entra una mujer en el vagón (y no hace falta que vaya acompañada de Batman), una mujer mayor pero no necesariamente decrépita, desde luego no encorvadita con el bastón, y la persona consciente de su obligación de ceder el asiento, la evalúa: es mayor, me tengo que levantar… pero sobre la educación se eleva la otra voz de la galanura: hombre, está mayor pero… igual no le gusta que se lo digan. ¿Lo correcto no sería hacer como que aparenta menos?
Y colisionan entonces dos impulsos: reconocer su edad y darle el sitio, o respetar su posible coquetería porque hacerlo sería como llamarla vieja.
Sucede también que a medida que uno también cumple años, las mujeres mayores van siendo menos mayores.
Entonces, en segundos, en milésimas, en el vagón se produce una tensión terrible en el pasajero consciente de las reglas de urbanidad. ¿Cedo el asiento y me arriesgo a que esta señora, aun de buen ver, se piense que la estoy llamando anciana o hago el bárbaro, miro a otro lado y me hago el ensimismado mientras ella queda de pie?
El problema es más hondo porque colisionan la educación compartimentada y municipal del metro con la cortesía más amplia… pero claro, ¿hasta qué punto se puede ser caballeroso en el metro?
Una solución (probada) es levantarse abruptamente, como si de repente rechazáramos indignados el asiento, o fingir que era nuestra parada, dejar el sitio libre, sin el acto expreso de cederlo, y salir del vagón sin mirar atrás, abochornado por el peso de nuestras deliberaciones.