Cena de empresa
Cena de empresa
Por Esperanza Ruiz
9 de diciembre de 2025

Entre call y call, ni lechugas ni chistorras koldianas: team building y la no menos insoportable comida o cena de empresa. Hablo del sacrificado colectivo de los oficinistas y de ese terrible momento en que el Director General se disfraza de algo y arenga a un personal que aúlla, ya cocidito, sobre un fondo blanco donde se proyectan los hitos anuales o las próximas aperturas de la compañía. En función de su tamaño, es posible que asome el presidente, antiguamente llamado «don Roberto», pero al que hoy dicen CEO. Éste, en vez de subir la moral de la tropa, prefiere exhibir su lado humano. Se pasea por el lugar de los fastos navideños como un moderno capataz del algodón: estrecha manos y te pregunta por el nombre y el departamento en el que echas más horas que un reloj. Siempre está la que no se entera y le pregunta dónde trabaja él, para regocijo del resto de compañeros, que se lo recordarán los próximos 2,5 años (media de supervivencia —antes de eso que llaman burn out— en la organización).

Si algo también define estos entrañables días es la reserva masiva en restaurantes para confraternizar con los compañeros que ya ves a diario y que comentan la última hoguera de «La Isla» a las 8h43 mientras sorben un café de máquina. En ese ecosistema, no puedo sino solidarizarme con quienes se sienten completamente ajenos a toda «cultura corporativa»: los renegados del open space. Mis héroes son los que tienen alma de directivo y se piran justo después del postre, antes de que empiece la carnicería emocional. O aquellos que sufren estoicamente en una escape room, durante la cata de vinos, montando un lego en equipo o haciendo el cimbel en una dinámica que les obliga a cocinar una merluza al horno en pareja. Aunque también guardo cierto cariño por los que se lían la manta a la cabeza y, tras tres copas, van a machete con la de Servicios Generales de la delegación de Tomelloso. Eso puede acabar bien —en un tres estrellas funcional de cualquier cadena hotelera—, o mal: denunciado por motivos que aquí no detallaremos para no arruinar el espíritu navideño.

Y si las cenas de empresa son la caricatura festiva del año, el día a día no es mucho mejor. Hubo una época en que te podías ir tres semanas de vacaciones y no ver 300 correos en la bandeja de entrada a la vuelta (FYI: sí, eso existió). En esos tiempos, el correo electrónico tampoco servía para jugar a la patata caliente: «Buenos días, no tengo ni idea del informe del que me hablas, pero pongo en copia a @fulano y @mengano, a ver si ellos te pueden ayudar con este asunto», y ni «un saludo» ni leches. Fue el momento glorioso en el que tu ordenador no era vigilado y tu n+1, si sospechaba que ibas a reclamarle algo, te espetaba eso de: «¡Ojo, que perro no come perro!».

Hoy, sin embargo, todo el mundo come perro.

Y sonríe mientras mastica.

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