La invasión de Ceuta -sí, invasión- ha sido presentada por los voceros progubernamentales como una «crisis humanitaria». No les falta razón si atendemos a la evidencia de que quienes han violado la frontera española son personas. El término «migrantes», de hecho, desdibuja otras condiciones. Concretamente la de ciudadanos. Quienes han entrado en territorio nacional, la práctica totalidad hombres, son personas, pero personas que aunque se hayan deshecho de su documentación tienen una nacionalidad. Esa que se quiere disolver bajo el rótulo «migrante». «Crisis humanitaria» y no welcome refugees es la nueva consigna, pues aquellas pancartas ya están ajadas.
La crisis es humanitaria y deja escenas duras y efectos no menos duros. Deja miles de menores que vagan por las calles ceutíes a la espera de que España, no la Humanidad, los acoja mientras Marruecos, no la Humanidad, destina miles de millones de dólares a construir un mastodóntico estadio cuyo presupuesto da de sobra para atender a esos súbditos que ahora reclama el Comendador de los Creyentes, propietario de la llave de paso migratoria.
La crisis humanitaria deja otra crisis sobre la que la ministra vocinglera no se ha pronunciado ni en voz baja ni berreando: 15 violaciones en dos semanas según la Guardia Civil. Quince violaciones cometidas por individuos humanos que no han sido educados por las instituciones españolas. Por hombres, en definitiva, que engrosarían el hipotético ejército masculino que combate al femenino. Tal, la de una guerra de sexos, es la interpretación que vocea el feminismo administrado ante las agresiones sexuales. Sin embargo, tan burda interpretación, envuelta en una maraña de prejuicios y complejos, evita afinar en los números y, por lo tanto, en las soluciones.
En el terreno estadístico, ese ámbito tan maleable, cabe preguntarse si esas quince violaciones deben incluirse en la contabilidad española, en la de la Humanidad o en la inexistente de Marruecos, ese «socio absolutamente fiable». Las violaciones cometidas en Ceuta y su tratamiento deberían servir, al menos, para afinar los números que maneja el Ministerio de Igualdad. Para ofrecer, por ejemplo, un dato que se omite pero que resultaría ser revelador: ¿cuántos violadores son nacionalizados?
Ante las violaciones de mujeres marroquíes en suelo español, antesala de la violación de españolas, un atronador silencio ha sido toda la respuesta de las carteras ministeriales de Igualdad y de Infancia. Mutis por parte de Irene Montero y Ione Belarra. No sabemos dónde estarán poniendo el cuerpo. Desde luego, no en Ceuta. Ni siquiera un marlaskiano «cosas que pasan» ha salido de las filas del progresismo. Sin embargo, la realidad, por mucho silencio que se le arroje, sigue ahí. Quince violaciones denunciadas y la sospecha de que se han producido otras que desconocemos por el principal efecto de la invasión: el terror.
La violación de la frontera española es un episodio más de la guerra híbrida que impulsa Marruecos en su propósito de arrebatar a España dos de sus ciudades. El «socio absolutamente fiable» juega a conveniencia con material humano. Maneja esos flujos que dejan tan indeseadas consecuencias. Marroquinización y degradación de unas ciudades que pierden atractivo para el común de los españoles, poco dispuestos a tender su toalla al lado de chabolas cuyos inquilinos, como bien ha denunciado Ahmed Biyuzan, no han venido a enriquecernos culturalmente.