Gracias a las redes sociales, impulsado por democráticos ‘me gusta’, ha llegado hasta mí el anuncio de un restaurante único situado en una villa de Milán.
Consiste en un dinner show, uno de esos sitios donde la cena es solo una parte del espectáculo y al comensal le rodean bailarines, acróbatas, enanos, tragasables, saxofonistas y cualquier cosa que pueda amenizar un risotto de setas y trufa.
Cuando creíamos que el concepto andaba ya cerca de la saturación, el genio italiano vuelve a brillar y asombra a Europa llevando el dinner show a lo acuático.
El dinner siempre ha querido ser la ópera de la restauración, el espectáculo total, la experiencia definitiva y ¿qué le podía faltar ya, y más en verano? La agradable y privilegiada sensación de poner los pies en remojo, como el que instala su silla en primera línea de playa.
Las mesas están dentro de la piscina, y los clientes se sientan con el agua por encima de los tobillos. El resto es igual. Los camareros van y vienen, como voluntarios en una riada, y solo hay dos aparentes diferencias; una es que todos van de blanco, se exige blancura impoluta, quizás para forzar una credulidad propia de la fiesta temática; otra es que, pese a la poca profundidad del agua, entre las mesas van y vienen unas bellas señoritas acuáticas que hacen de sirenas; sus siluetas no del todo humanas se deslizan y seguramente uno se siente como Ulises, tentado por su canto.
¿Qué más se puede pedir? Imaginen esto importado a Madrid. En Móstoles o en Pozuelo, que al final no distan tanto… Como en Milán, pero con guayabera, como si viniéramos de arreglar las cosas en el cafetal.
Durante un instante, el efecto general sería como cuando se te rompe una cañería en casa, experiencia inolvidable, pero la música, la blancura general y el alcohol le darían pronto un toque onírico, de película de Sorrentino. Imaginen al cuarto vino, la luz reflejada en el agua, la ninfa que sonríe (empezamos a valorar su mitad pisciforme), el murmullo unido al chapoteo, la oscilación sensorial, una distensión ibicenca…
Parece una gran audacia, pero apenas exigiría nada de nosotros (más del restaurante: licencia de actividad y de piscina, con socorrista, que podría ser el DJ para ahorrar costes). La mayoría de hombres ya van con chanclas y pantalones cortos (no leen a Carlos Morales). O sea, sería entrar y sentarse. Vamos preparados para insertarnos, sin problema, en la mayor horterada imaginable.
Madrid, que reúne la gran oferta de ocio del sur de Europa (con el grupo Larrumba, el Grupo Paraguas, el Grupo…), no puede quedar al margen, no puede perder este tren. Ni qué decir las ciudades costeras.