Desde que la vi, estoy fascinado por la fotografía que ISSEP ha escogido para el cartel de su curso de verano. El título de las jornadas también es extraordinario: «Ser es defenderse», y de rabiosa actualidad. Ese lema es de Ramiro de Maeztu. Más concisión imposible; pero la idea era de Pemán, y está justamente en Cartas a un escéptico ante la monarquía, el libro en cuya reseña Maeztu cinceló su frase. Escribía Pemán: «Como el mar una cala o una ría, las revoluciones ocupan el sitio que les ofrece mansamente un “ser” —un régimen o institución— que deja de defenderse, que pierde la fe en sí mismo». El origen gaditano es bonito y pedagógico, aunque el restallido seco del vasco Maeztu es más memorable.
Si el título es un valor seguro, la foto es el acierto arriesgado y fascinante. Lo fácil habría sido una imagen directamente patriótica: una enseña nacional, el mapa de España, una manifestación, un toro bravo, un lince blanco, un paisaje bellísimo… Todas esas cosas me entusiasman, naturalmente.
Pero la foto es contraintuitiva. ¿La han visto ya? Tres chicos, casi niños, muy serios, montados en una moto, en una calle tranquila, estrecha y luminosa. Llevan ropas humildes, pero dignas. Miran a la cámara. Todo encaja.
Lo principal son los niños. Para empezar son tres, así que, visto desde la ausencia de infancia de hoy, resultan una muchedumbre. Primer mensaje, pues, de ISSEP: defenderse empieza por ser; es decir, por revertir el descalabro demográfico.
El fondo, siendo el de un pueblo, nos trae a otro tema capital de nuestro tiempo: la España vaciada. Hace unos decenios había niños de sobra para las motos en los pueblos de nuestro país. Y la moto, probablemente una Guzzi Hispania 65 o una Montesa Brío, también tiene su misión en el cartel. Evoca la época en que España fue una potencia industrial. Nada es ingenuo en la foto. Sin industria propia, la defensa nacional es una palabrería inútil.
Los chicos están serios, nunca tristes. Miran a la cámara, a la realidad y al futuro con una confianza viril. No tienen que «enamorar» a la cámara. Van a lo suyo. El mayor, al manillar por derecho de primogenitura, tendrá doce años; el segundo, quizá diez; el tercero, ocho o nueve. Están orgullosos de montar en la moto. Aun antes de que ISSEP escogiese esta foto, ellos ya vivían su fuerza simbólica.
Hoy lo primero que advertimos es que van sin casco. Y carnet no tienen. Otro mensajito subliminal. Hemos permitido que la inflación legislativa nos trabe los pies. Mi maestro, don Álvaro d’Ors, advertía que se podía ser mucho más libre en una dictadura africana desordenada que en una impecable socialdemocracia nórdica, con una policía implacable y un derecho positivo insaciable. Si queremos libertad —libertad para ser y para defendernos— hay que empezar a desregular a marchas forzadas. Vivimos en un país donde lo que no está prohibido es obligatorio. Los niños de la moto, sin carnet y sin casco, no.
Late otro orgullo en la foto. La mirada de quien la hizo. Si fue su madre, su padre o un tío, se palpa la confianza en el futuro, la fe. Si fue un fotógrafo, igual: sabía que estaba haciendo una gran foto.
Un lema como «ser es defenderse», tan concreto, no podía ilustrarse con una abstracción consabida. Necesitaba toda la realidad (casi perdida, pero posible, en parte aún defendible, en parte recuperable). Quien crea que la foto es un souvenir nostálgico de una España perdida no sabe nada de los mitos ni de su intemporalidad. Ese faro de la moto y esos ojos de los niños no miran sólo a la cámara. Miran a nuestro presente, serios, sí, pero desafiantes. ¿Seremos capaces de estar a su altura?