La cosa mejora. Al parecer, el que dicen es origen de la polémica sobre la hispanchidad (perdón por la lata, ya acabo) sería el tuit de un chico sudamericano que vive en Cataluña y que ‘amenazaba’ a los separatistas: «no nos toquéis el coño a los panchos en Cataluña con el catalán porque en breve seremos mayoría frente a los ‘catalanes'».
Luego, en otro tuit, comentaba que los independentistas no son muy dados a reproducirse. Él tampoco, creo, pues al parecer es gay, lo que quitaba bastante hierro a la amenaza.
Luego pidió perdón y proclamó su amor y respeto a España.
Pero el tuit tenía un contexto, ese arrebato llegaba en plena campaña catalanista contra la heladería argentina que atiende en español en desacato del régimen lingüístico. Izquierda y derecha, Orriols y Baños, el inolvidable Baños, se ponen en común allí para acogotar al último tendero y la tomaron con la heladería que no pone «maduixa». La cosa se puso obsesiva. Un diario catalán llegó a dedicar una noticia a una heladería que no sólo servía el helado en catalán sino con todos sus ingredientes catalanes.
Cuando un régimen reglamenta hasta el lugar donde tomar el helado se está interviniendo en la última alegría del verano.
Pensé: ¿y si a un señor catalanista le gusta especialmente el helado argentino? Qué dilema…
Hubo esos días (aunque pude ver muy poco) algún conato de discusión en Twitter entre argentinos y catalanes. Algunos rehusaban porque hacerlo, discutir en español, bien lo saben ellos, era ya hispanidad, un acto de hispanidad. La cosa era prometedora y alguien, al menos alguien, pudo ver fuera de España la auténtica cara de los separatistas catalanes.
Por entonces, en un agosto en lo personal alejado de las noticias, me volvió a llamar la atención que fueran algunos inmigrantes en Cataluña los últimos reductos de protesta por la inmersión lingüística. Protestan con un desparpajo nuevo, como con ingenuidad, como si no estuvieran avisados. No hace demasiado, unas chicas también sudamericanas hicieron una obrita de teatro sobre la exigencia del catalán en su vida diaria. Era cómico, estaba muy bien y casi por descuido les dieron un premio (eran una intersección woke: mujeres inmigrantes), lo que levantó una gran polémica nacionalista: ¡cómo premian ese insulto a la llengua!
La obra no era muy beligerante, se notaba que no había mucha intención política detrás pero ridiculizaban con tanta gracia la situación que el retrato era inadmisible o inadmisipla.
Catalán, amado vaso de agua clara, pero con un vaso de agua se puede incluso hacer waterboarding. Se escuchan, como últimos coletazos, protestas de argentinos, mexicanos, gente americana que al vivir allí se asombra del estado de marginación oficial de una lengua. En Cataluña, por un motivo muy concreto, se optó por una inmigración en lugar de otra.
Que ese tuit provocara la reacción que provocó (más de un millón de visualizaciones) le da al asunto un punto cómico y ya muy esclarecedor. La forma en que se propaga un fuego sabemos que dice muchas cosas. La coincidencia en esos días de teóricos hiperventilados españolísimos con los nacionalistas catalanes que odian profundamente a España es un momento de gran justicia poética. «Adáptate a nuestras costumbres», le decían españoles españolistas al autor del tuit. Y las costumbres son prohibirle el español. ¡Acostúmbrate a la inmersión!
Convertir a ese señor autor del tuit en representante de un partido, primero, y luego en símbolo de la hispanidad, nada menos, fue algo intencionado. Estúpido y malintencionado (y siento insistir, el espacio escabroso pero valioso que es Twitter es algo a observar).
En este punto, y voy dejando el tema, tengo que admirar a los centristas. Son imbatibles e inatacables. La inmigración por millones se ha justificado en España por cuestiones morales (Open Arms) o cuestiones económicas («pagarnos las pensiones»). Uno más el PSOE, otro más el PP. En realidad, todo los dos. Y hemos ido aprendiendo estos años que no tiene por qué ser del todo así. Igual que se pone un arancel se puede cerrar una frontera o hacerla más difícil de cruzar.
Los mismos centristas que consideraban un dogma la inmigración en el periodo alcista del globalismo, ahora, llegado al paroxismo, se ponen en contra y lo hacen también con motivos económicos. Citan estudios (pues existen) que explican que no siempre un inmigrante aporta al erario en términos netos. Hay inmigrantes que cuestan dinero. Esta es una manera «limpia» de entrar y salir del tema sin complicaciones. Sin mancharse la mano con esencialismos, razas, ni siquiera con discursos cívicos.
Al verlo todo como flujo, como inputs, como factores económicos, el pulgar sube y baja sin más. Fernández-Villaverde, por ejemplo, no necesita nada más, sólo decir que un inmigrante poco cualificado no es buen negocio.
Medir la aportación económica neta de una persona es complicado pero posible. La cosa es aun más interesante cuando se descomponen los efectos. Puede que un inmigrante beneficie a un sector de la población y perjudique a otros. George Borjas explicó bien estas cosas. Y lo vemos en nuestras vidas, mirando arriba y abajo. Hay gente que gracias a la inmigración consigue una niñera en casa y gente que ve encarecer su alquiler por la presión demográfica en un barrio popular. ¿No deberían compensarse esos efectos? Cada inmigrante es como una decisión económica con efectos múltiples y desiguales, como un pequeñísimo impuesto andante que recae sobre unos y no sobre otros. Que beneficie a algunos hace que sea más difícil de cambiar. Revestirán su decisión de altruismo o indiferencia.
Madrid es un mapa perfecto de todo esto. En ese metro que es el vía crucis de tantos (está Rotherham y está la línea 6) van los sudamericanos del sur al norte de la ciudad a trabajar. Así tenemos «el Madrid de todos los acentos» de Ayuso: en uno se presiona al alza el precio del alquiler, en otro, el lujoso, el de los inmuebles. Hay barrios que se hacen sudamericanos y sobre eso recae la narrativa oficial de la Comunidad de Madrid. El Miami mesetario liberal de Ayuso es el responsable del estado de la ciudad. Atacar a quienes lo han criticado, los únicos, revela las intenciones de fondo. Una curiosa maniobra: porque el PP ha hecho lo que ha hecho, se convierte en tabú la hispanidad o el simple reconocimiento de que la inmigración hispanoamericana no es como la musulmana.
Los argumentos estrictamente económicos y liberales delatan que la inmigración ha tenido un origen económico. Hay gente que vino a trabajar (lo que en sí mismo ya es una distinción). «Interesa al capital», dirían. Mano de obra barata. ¿Quién ha venido decidiendo entonces el nivel de inmigración? Es una decisión importante de la que hasta hace poco no se podía ni hablar, de ahí que abrir el debate de la inmigración sea un logro digamos democrático. Plantarle cara a la jerarquía eclesial que lo bloqueaba «moralmente» es un hito en la derecha. Es la noticia del verano.
En el argumento económico-democrático de la inmigración incide el populismo de Trump: el poder debe reorientar la cuestión para dar peso al votante-trabajador nacional. Reequilibrar un poco (sin revoluciones) la relación capital-trabajo, en estos términos habló Scott Bessent: Wall St. ya ha ganado bastante, ahora tenemos que darles algo a los otros. Una curva, un suave descanso o una desaceleración en el ritmo de la globalización. Aquí, sin embargo, aprietan el acelerador.
Hay otra dimensión que olvidan los argumentos liberales al uso. Es temerario llenar un país con millones de extranjeros en muy pocos años. El efecto ya no es solo económico. Afecta a la cohesión fundamental. Altera aspectos del país, como si el tiempo actuara dos veces, y puede modificar el censo electoral y con ello su destino. Lo de estos años es un aluvión desconocido, nunca visto, que no responde a guerras o vecindad. No es un proceso migratorio normal, armónico. Es una distorsión alucinante sin debate democrático previo que marca un momento límite en Europa y que a veces parece un boomerang de retóricas imperiales (pero ¿no habíamos quedado que España en esto es diferente, que la española no tiene nada que ver con la inglesa o la francesa?). La inmigración y el efecto en las gentes europeas es el producto final o penúltimo (el último sería la guerra) de la democracia a la europea. La democracia a la europea se caracteriza porque los no-representantes hacen al final lo contrario de lo que desea la gente. Pero… ¿y si la gente además cambiara?
La cuestión migratoria es la repera final. No es que el demos esté desligado del cratos. Es que el cratos ¡cambia al demos! Lo sustituye, Se va aguando el vino nacional.
El fenómeno migratorio actual es injusto. Unos pagan más las consecuencias; empeora, por ejemplo, su acceso a los servicios públicos. De modo que habría que ordenar la inmigración, discriminar el origen, detenerla donde sea preciso, ponerla al servicio de las necesidades (justamente ponderadas) de España y los españoles, y equilibrar también sus efectos en la gente. Pero puedo decir esto y comprender en todo su sentido el motivo por el cual Pujol llevó a Cataluña a marroquíes y no hispanoamericanos. Porque se parecían menos a los españoles.