Contra la impotencia
Contra la impotencia
Por Enrique García-Máiquez
26 de agosto de 2026

Mi impresión a pie de calle es que la toma de Ceuta está produciendo una devastación moral en los españoles. Hablo con unos y con otros y pienso —por una elemental asociación de ideas— en el estado de ánimo tras el Desastre de Cuba. El sentimiento preponderante es la impotencia, aunque con diversas modulaciones: desde la indignada que sólo puede —se queja— quejarse hasta la más rendida, que se resigna a perder antes o después las dos ciudades.

Mi sospecha es que esa impotencia no es un resultado sobrevenido, sino lo que se busca desde el poder. El otro día compartí la bandera de Ceuta —bellísima, por cierto— en mis redes sociales y un amigo de cuyo patriotismo no tengo la menor duda me afeó el gesto porque «sólo el Gobierno puede hacer algo». Eso quiere el Gobierno: que lo dejemos solo. Convierte hasta su propia impotencia política en motivo para asfixiar toda posibilidad de respuesta civil. Al poder le molesta tanto cualquier competencia que yo creo que lo que más le irrita de Dios es su omnipotencia. Cualquier otra cosa la podrían tolerar.

La democracia es (o era) todo lo contrario de un poder omnívoro. La conciencia de que el pueblo tenía algo que decir en los destinos de la nación. Pero ya ni votar cada cuatro años sirve ni tratar de influir en la opinión pública. Todo lo bloquea la actual política de nichos. A un partido le basta con un minoritario 30 % de los votos y después con una impúdica política de pactos para entonar su «Cartucho, que no te escucho», eslogan implícito de la legislatura de Sánchez.

La primera consecuencia es la desesperanza política; después llega la apatía. Pero la operación no termina en la política. La impotencia se exporta a todos los ámbitos de la sociedad.

El mensaje es siempre el mismo: no puedes. No puedes mantenerte por ti mismo: para eso está el subsidio. Necesario muchas veces y para mucha gente, por supuesto; pero cuando deja de ser una red provisional para convertirse en un modo permanente de vida, desactiva la motivación individual. La sopa boba, como su nombre indica, emboba y diluye la dignidad. Los subsidios tienen un coste moral que nunca se contabiliza y una instrumentación política demasiado evidente. No puedes emprender sin enfrentarte a impuestos, trámites y burocracias. No puedes decir exactamente lo que piensas sin atravesar las aduanas de lo políticamente correcto y de una memoria histórica que pretende dictar también los juicios sobre el pasado. Un profesor casi no puede enseñar entre la maraña legislativa y las últimas corrientes pedagógicas. No puedes amar para siempre, nos explica el activismo antirromántico, y una familia unida debe de ser una cosa de películas franquistas. Y, para cerrar el círculo, si algún joven consigue escapar a todos esos desalientos, tampoco puede comprarse una casa.

No hace falta completar el catálogo. La música de fondo es siempre la misma: no puedes, no puedes, no puedes. La conciencia aplastante de una imposibilidad creciente. Hay que encontrar el antídoto.

La buena noticia es que ya está en nuestras manos por la sencilla razón de que haciendo algo desactivamos ipso facto la trampa de que no podemos hacer nada. Una joven pareja que saca adelante su historia de amor y a sus hijos es una rebelión de La Vendée. Alguien que reza es un cristero. Quien mantiene una tradición de su tierra, un requeté. Quien no se resigna a abandonar Ceuta ya está afrontando el problema de Ceuta, pero también el de la insidiosa desidia. Quien dice la verdad (en lo que sea, en todo) exorciza el espíritu de Pedro Sánchez.

Reaccionar a la impotencia inducida que nos quieren implantar quizá sea la gran labor política de estos tiempos. Para desechar la tentación de considerarnos insignificantes tenemos una escena fundacional de la historia de España. La contó ʿĪsā ibn Aḥmad al-Rāzī, historiador cordobés del siglo X, en un relato que nos ha conservado al-Maqqarī en su Nafḥ al-ṭīb. Pelayo —«un asno salvaje», según la crónica— se había refugiado con trescientos hombres en las montañas. Los ataques, el hambre y las deserciones los redujeron a treinta hombres y diez mujeres. No tenían para comer más que la miel que recogían de las colmenas escondidas en las hendiduras de la roca. Al final los musulmanes se cansaron y los despreciaron: «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?». Si cuarenta de nuestros antecesores —ni uno más— se negaron a declararse impotentes y le dieron la vuelta a la situación, nosotros, que somos más, ¿qué no podemos hacer?

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