Voy a exponer lo que sigue en el convencimiento de que muchos no llegarán a leerlo: recortarán el titular, evacuarán en alguna red social «nada que añadir sobre un tipo que escribe esto», se harán otro selfi con su ignorancia y no se entretendrán en comprender ni en argumentar, actividades sumamente cansadas para quienes han venido al mundo no ha pensar y debatir en buena lid, sino a clasificar a los demás mientras se cuecen en el zulo ideológico que han escogido. La neciosfera, usted ya me entiende.
Pero nada más cabal que afirmar lo que el título de este artículo propone. Ni la justicia ni el bien pueden entenderse sin su aspecto social, comunal, de ahí que los adjetivos «social» y «común» sobren. La base de la justicia y el bien es el deber, es decir, la responsabilidad, esto es, la capacidad de dar respuesta a un otro. Y como explica el neurocientífico Michael Gazzaniga (El cerebro ético), si usted o yo fuésemos la única persona de la tierra, no sería pertinente el concepto de responsabilidad. «La responsabilidad es un concepto que cada cual se forma en torno a las acciones propias y ajenas» —escribe— «Los cerebros están determinados; la gente […] se rige por un sistema de reglas cuando vive con otras personas; y de esta interacción surge el concepto de libertad de acción». La conciencia, en definitiva, es social, el bien es inherentemente común y no hay ética que valga sin considerar al otro.
Piense el lector en la posibilidad de un bien privativo y una justicia individual. ¿Acaso existe tal cosa? Para nada. Tanto es así que desafío a quien insista en las dichosas expresiones contra las que aquí escribo en exponer algún comportamiento virtuoso o acción meritoria que contribuya al bien, pero no al bien común, o a la justicia, pero no de modo alguno que pueda entenderse social. ¿De dónde viene entonces la insistencia de hablar de justicia «social» y de bien «común»? Creo que hay tres razones principales, todas ellas incitadas por la ponzoñosa ideología posmoderna.
La primera es que hablar del bien o la justicia a secas nos aboca a la objetividad de la moral, y los tiempos son intensa e interesadamente relativistas. Dicho de manera brusca y vulgar: mentar «el bien» es facha, y referirse a la justicia sin más podría dar a entender que se puede luchar por lo que es justo y no ser de izquierdas. Como ya nos han explicado hasta la saciedad, lo que es justo solo es defendido por uno de los polos ideológicos, hasta el punto de que, para saber si algo es justo, basta con saber si quien lo defiende es precisamente de izquierdas. Solo es feminismo si quien propone una medida vota PSOE, Sumar o Podemos, toda propuesta para mejorar la vida de la clase trabajadora que no proviene de allí es rojiparda y por lo tanto impostada, etcétera. Por no hablar de que no conviene pensar, en esta política encanallada por el señor Sánchez, que hay alguna pelea que todos los españoles podríamos luchar juntos, sin muros que patrimonializar ni trincheras con las que lucrarse.
La segunda tiene que ver con la confusión entre lo privado y lo político. Cuando uno va por el mundo sin criterios universales de bien, necesita de una tutela política. De ahí que quien te dice que cada cultura tiene su moral y es igual de buena que la del resto necesite de un clavo ardiendo objetivo («justicia social», «bien común)» para, sin dejar de sostener el anterior disparate, convencerte de la superioridad moral de su agenda. Lo cierto es que el bien y la justicia se hacen en última instancia individualmente, por más que convenga juntarse con otros cuando es grande la empresa.
Hay, en tercer lugar, un motivo más ñoño que tiene que ver con lo mucho que impresiona a los pusilánimes que exista un bien universal que a todos nos obliga. Esta esquina está anegada de cinismo: a muchos de quienes se le llena la boca con el «bien común» les gustaría, por ejemplo, que nunca hubiera existido un Ignacio Echeverría. Créame que esta es la razón última, más allá de oscuras financiaciones y sucias asociaciones, por la que los mismos que dicen desvivirse por la igualdad de la mujer le niegan el pan y la sal a las mujeres afganas o iranias. Este relativismo es escondidamente racista: cada vez que uno de estos se encoje de hombros —«son sus costumbres y hay que respetarlas»— ante aquellas está diciendo que hay mujeres y mujeres, y que no existe la universal dignidad de todo ser humano.
Decía Leibniz que la justicia, en el fondo, no es más que una caridad conforme a la sabiduría. Si «bien común» es una expresión tramposa es porque el bien es un saber accesible a todos, antropológico, humano. Sirva esto para recordar que cuando se habla de integración e inmigrantes no se hace por razones culturales, sino morales. En España, uno de los países más tolerantes con la diversidad del mundo, hay no más de un 2% de desaprensivos que crean que «integración» sea obligar a los inmigrantes a que tengan nuestras costumbres. Lo que se les exige a quienes llegan a nuestro país tiene que ver exclusivamente con el bien y su universalidad, y no es cuestión de su color de piel o la latitud de su procedencia, sino de los comportamientos que muchos de ellos aprendieron en sus respectivas culturas, algunos de los cuales son notablemente antiéticos.
Las verdades anteriores son incómodas, y es seguro que quien las diga habrá de enfrentarse a algunas incomprensiones y rechazos. No importa. Hay que seguir siempre el consejo de Santiago Ramón y Cajal, uno de nuestros grandes sabios: «¿No tienes enemigos? ¿Cómo que no? ¿Es que jamás dijiste la verdad, ni jamás amaste la justicia?».