A los que salen bailando sobre los cadáveres de tantos españoles después de hacer un chiste sobre las averías de Renfe. Sí, a Óscar Puente y a Marc Giró, y el resto que aparece con ellos riéndose de la tragedia, mientras se contonean al son de la música, incluido el que está disfrazado de gato. A los guionistas, directores y productores de ese programa enfocado a un público que ha perdido para siempre la brújula moral. La sensación de agravio bombea la sangre del corazón directamente a las sienes, y hay un velo que nubla la mirada, cegado por una rabia sorda que convoca hasta el último nervio de nuestro cuerpo.
A los que rápidamente filtraron cortado el audio del maquinista de Urda para que el último recuerdo que la familia tuviera de él fuera el creerle culpable del fallo humano de lo que en realidad fue un asesinato. A los que han permitido la degradación de infraestructuras claves mientras desviaban dinero, se llenaban los bolsillos y respondían con chulería a las críticas. A los que no tienen límites a la hora de salvar su propio trasero.
A las correas de transmisión del sanchismo y su banda, esforzadas furcias mediáticas, día tras día, que cobran dinero público por hacer propaganda de una organización criminal. A Silvia Intxaurrondo, por ser la más cara de todas. A Gonzalo Miró, por hacer de la ignorancia un oficio. A todo el coro de papagayos sincronizados demostrando, para mi lamento, que el periodismo es una de las más bajas tareas que pueden emprender un ser humano, cuando se enfoca desde todas las perspectivas incorrectas.
A los que justifican cualquier barbaridad y cualquier espanto si es de su signo político, y cuyo fanatismo cuesta vidas. Demasiadas vidas. A los que prefieren ver el país arder antes que contemplar una alternancia política, porque la democracia empieza y termina al dictado de unas siglas. A los bobos que dicen que hay que «frenar a la ultraderecha» mientras nos están destrozando España. A los que nos están haciendo esto. A las que van a los mítines de la PSOE a llamar guapo a Pedro Sánchez. A los que usaron sin pudor a una anciana como si fuera una marioneta, para sus engendros de agenda y relato, hasta que la dejaron ya lista de papeles y entonces montaron un número mayor.
A los socialistas que, por mantener un sillón, apoyaron el pacto con los asesinos de sus compañeros. A los que se dan la mano con Bildu. A los que creen que los etarras deberían ir saliendo de las cárceles, da igual el número de homicidios. A los que romantizan el nacionalismo supremacista y excluyente. A Iñaki López, por decir que no existen las fiestas de bienvenida a los terroristas, y ser un espécimen aborrecible y sectario, mientras te sermonea. A los ceporros que pegan a chicas por querer ver en la calle la final del Mundial.
Al vomitivo Edu Galán, que es igual que el adiposo de Seven, escribiendo que la Guardia Civil no puede confirmar nada sobre las violaciones en Ceuta, lanzando así la sombra de la duda sobre la autoría de las mismas. A las profesionales de la hipocresía que callan ante agresiones sexuales de las que no pueden rascar nada. A los que son feministas porque son socialistas. A los analfabetos del lenguaje inclusivo, y a las secuestradoras de Infancia Libre.
A los que decían que «no se podía saber» la llegada del coronavirus, cuando se conocía de sobra el peligro pero prefirieron seguir el guion gubernamental. Miles de muertos son un precio asumible por la perruna obediencia a un partido. A Fernando Simón y a los que se hicieron camisetas con su cara. A los enfermeros de las coreografías en TikTok. A los que se fueron de putas durante el confinamiento, y a los que hicieron negocio con mascarillas falsas. A los que trafican con seres humanos para el vil mercadeo de la carne, y los que cobran sumas inasumibles a inmigrantes en su último pasaje hacia una tumba de mar.
A los que dicen que no hay relación entre inmigración ilegal y aumento de las violaciones pero se cuidan bien para mandar a sus hijos a un colegio privado y que tengan el mínimo contacto posible con el lumpen. A los que dicen que no hay relación entre inmigración ilegal e inseguridad pero viven en urbanizaciones con perímetro vallado y alarma conectada 24 horas. A los que callan aunque vean partes de las ciudades convertidas en basureros humanos.
A los que saquean comercios de currantes en nombre de luchas ficticias y revientan el mobiliario urbano de una ciudad, o aprovechan para delinquir en un país que no es el suyo. Los que devuelven la acogida con vandalismo y terrorismo callejero.
A la chabacana inmunda de Irene Montero y su coño, que no han hallado comensal propicio para tan refinada dama. A los torturadores de la inocencia, los que usan niños para sus neuras de género y no tienen piedad a la hora de hormonar sus cuerpos y trastocar de por vida sus existencias.
A los autores intelectuales del 11-M. A los que se enamoraron de Zapatero e insultaban a los que contábamos de sus tropelías por Venezuela, porque eran incapaces de encajar la verdad. A los de la ceja y ese submundo de la cultura que sólo levanta la voz a la carta. A los de «y tú más», ante cualquier investigación y corruptela del socialismo ladrón, hacedor de narcoterrorismo. A los que creen que Maduro es una víctima y defienden cualquier dictadura si piensan que es la dictadura buena, aunque sea siempre la equivocada.
A todos ellos les deseo algo que, sólo el hecho de verbalizarlo, sería delito. A todos ellos les haría cosas que no puedo plasmar aquí. Intuyan de qué va eso que escandalizaría a propios y extraños. Les dejo a ustedes el libre uso de la imaginación.