Si hace dos décadas nos hubiesen dicho que íbamos a ver a un terrorista de Al Queda dando un discurso en la sede de Naciones Unidas, obviamente no lo habríamos creído. Tampoco esperábamos asistir a la inaudita escena de que, en ese mismo lugar, unas escaleras mecánicas se fuesen a estropear justo cuando iban a utilizarlas el presidente de Estados Unidos y su esposa, y que minutos después ocurriría lo mismo con el teleprompter donde el mandatario leería su discurso.
Tampoco estábamos preparados para ver, como vimos hace unos meses, un apagón eléctrico paralizando España durante un larguísimo día, ni a decenas de personas perdiendo la vida tras una riada en Valencia sin que apareciese ni un soldado, ni un camión del Ejército, ni un helicóptero durante días. No estábamos preparados. No pensábamos que íbamos a ver los antaño puntualísimos trenes del AVE no llegando tarde, sino quedándose tirados en el trayecto, una y otra vez, hasta convertir la alta velocidad española en un transporte tercermundista.
Si nos hubiesen dicho que veríamos manifestaciones de cientos de miles de musulmanes desfilando por las principales capitales europeas, habríamos llamado «loco» a quien lo dijera. O que se iba a priorizar su imposible integración en Occidente sobre nuestra seguridad. O que veríamos burkas y velos en los supermercados y en las piscinas. Nadie en su sano juicio habría creído en los años noventa que veríamos en el Reino Unido cómo la policía entra en domicilios particulares para detener a tuiteros políticamente incorrectos mientras se tapa la violación sistemática de cientos de niñas a manos de paquistaníes durante varios lustros, en unos de los mayores escándalos ocurridos en suelo británico en el último siglo.
Son cosas que nunca pensábamos ver. ¿Qué habrían dicho nuestros padres y abuelos si les hubiésemos anticipado que un día se iba a adorar la Pachamama en la mismísima Basílica de San Pedro, en Roma? Dudo mucho que mi abuela Aniana se hubiese recuperado del susto, sólo de imaginarlo. O que en la muy democrática y civilizada Europa se iban a anular resultados electorales porque al statu quo sistémico, con sede en Bruselas, no le gustaba mucho el ganador, como ha ocurrido en Rumanía con el patriota Simion. Nuestros ojos y oídos no estaban preparados para esto.
Tampoco creímos ver nunca que un presidente del Gobierno español iba a tener a su esposa, a su hermano y a su fiscal general en el banquillo de los acusados, y a él mismo en trance de estarlo a poco que la Justicia pueda actuar libremente. No pensábamos que el Estado español estaría tan indefenso, tan esclerótico, tan impotente ante una mafia criminal sin escrúpulos instalada en el Ejecutivo y con mando en plaza en el Legislativo y el Judicial. No vimos venir esta absoluta indefensión del pueblo español ante una banda de rufianes de medio pelo, en la tierra donde un día se echó a patadas a Boabdil, a Francisco I o a Napoleón.
Nunca pensamos ver la dantesca imagen de miles de familias sin poder enterrar a sus muertos por culpa de un virus que «se transmitía por el aire», y cuyas «vacunas» hoy sabemos (y entonces, intuíamos) que no eran realmente vacunas sino «tratamientos experimentales». No pensábamos ver que nos secuestrarían en nuestras propias casas, sin poder bajar a la calle salvo para comprar el pan o para que el perro hiciese pipí. No pensábamos ver que se cerraría el Parlamento, y que se cerrarían las Iglesias con el visto bueno de Roma. Nuestra imaginación no era tan poderosa como para imaginar la realidad.