Cuarenta
Cuarenta
Por Javier Torres
16 de enero de 2026

Caen cuarenta, que es como darle la vuelta al jamón. Nada de apelar al ecuador de la vida, ejercicio siempre arriesgado, pues desconocemos el momento exacto en que el sueño de los justos nos alcance. Se notan los años, con veinte jamás habría escrito semejante frenazo en seco.

Hacerse mayor es elegir a tus amigos y dejar en el camino a otros que lo fueron. Esta es una verdad que aprendemos, como casi todo, con los vaivenes del tiempo. A veces también suceden cosas imprevistas y recuperamos viejas amistades que creíamos sepultadas. Hay vida fuera de la manada y es una excelente noticia para quienes no creen que la soledad no deseada sea tan perjudicial como las malas compañías.

Cuando caen los cuarenta los argentinos, siempre tan suyos, le llaman pegar el viejazo. Hoy hay psicólogos y terapeutas especializados en las depresiones que —dicen— provoca el cambio de década. Así que necesitamos un coach, un diván y un personal trainer para estar acorde a las exigencias de los tiempos. Muchos matrimonios se rompen y hay quienes vuelven a vestir como universitarios, les da por jugar al golf para huir de casa, se quedan en el trabajo calentando la silla o abren una cuenta en TikTok. Sospechamos que nada de esto ocurre en Somalia y en esa clase de países donde los misioneros vuelven asombrados por la alegría desbordante que encuentran entre mayores y niños, aunque apenas posean bienes materiales. 

Ya no reímos como antes, es verdad. Europa es un geriátrico, la meca de los antidepresivos y los suicidios. La Europa que entierra su historia, rinde pleitesía al relativismo y proclama la abolición de la familia revestida de ideologías redentoras para la mujer. El paisaje es desolador. En el campo hay gigantescos molinos de viento y en la ciudad patinetes y semáforos con falda.

Hoy hasta el paso de edad es una estafa. A los treintañeros les siguen llamando jóvenes para que no reparen en que continúan viviendo en casa de papá y tienen trabajos precarios que les impiden emanciparse. Es el engaño que todo un sistema ha infligido a varias generaciones.  

Muy diferente, claro, eran los cuarenta en la época de nuestros padres, señores con bigote que se metían paquete y medio de Chester entre pecho y espalda a diario. Quién sabe si por la tranquilidad que otorga tener un piso pagado en apenas diez o quince años. El caso es que fumar no estaba más perseguido que un homicidio, era el ritual de paso hacia el mundo adulto de todo adolescente nacido en la posguerra. Ni dietas intermitentes ni gimnasio. Lucían sus barrigas sin complejos. Tampoco les regalaban unas deportivas por su cumpleaños ni a nadie se le ocurría decir esa mamarrachada de que «los cuarenta son los nuevos treinta».

Si no vivimos aquella época ni mucho menos la de nuestros abuelos, alguien debería explicar por qué nos suscitan nostalgia esos vídeos que inundan las redes y muestran ciudades como París o Londres a mitad del siglo XX. Se respira felicidad, orden, armonía… es un retorno a la civilización. Más sorprendente es que veamos otro de Madrid en 2001 y parezca un viaje a otro planeta. Apreciamos otras caras, rostros reconocibles que evocan nuestra niñez, un país que ya no existe. Que todo se haya desmoronado tan deprisa demuestra que destruir siempre es más fácil que construir. 

A la misma velocidad que cambian nuestras ciudades lo hacen las ideas. Las cosas que muy pocos decían en 2016 ya no son blasfemia. Inmigración, ideología de género, ecologismo, Unión Europea, wokismo… los dogmas de ayer caen ante la fuerza de los hechos, aunque refutarlos entonces no era lo mismo que hacerlo ahora (¿verdad, Soto Ivars?). El campo de juego se ha ensanchado y por él avanzan divisiones blindadas que antes vivían agazapadas en las mieles del centrismo. Algunos historiadores podrán explicar estos años como la transición de los treinta a los cuarenta. 

En fin, caen los cuarenta y aumenta la esperanza de vida mientras los números dicen que no tocaremos una pensión. Más vale no hacer planes tan a largo plazo, si cada año que pasa conspiro para no volver a Sevilla y ya van más primaveras en la Villa y Corte que a orillas del Guadalquivir. Cuidado.

TEMAS
Noticias de España