Cuba, la cabeza del narcoterrorismo
Cuba, la cabeza del narcoterrorismo
Por Zoé Valdés
11 de agosto de 2025

Cuba, la isla caribeña situada a sólo 145 kilómetros al sur de Florida, ha sido durante décadas foco de discusiones internacionales relacionadas con la seguridad, la política y la economía de la región. Entre los debates contemporáneos más complejos y polémicos se encuentra el tema del narcoterrorismo: un concepto que mezcla las actividades ilícitas del narcotráfico con acciones terroristas para influir poderosa y negativamente en sociedades y gobiernos. ¿Qué papel juega Cuba en este entramado? ¿Existen pruebas reales de una participación sistemática del gobierno cubano en redes de narcotráfico y terrorismo?

El término «narcoterrorismo» surge a finales del siglo XX para describir la convergencia entre el tráfico de drogas y estrategias violentas o terroristas. En Iberoamérica, países como Colombia y México han sido históricamente asociados con este fenómeno, debido a la presencia de organizaciones criminales que utilizan el terror para proteger sus intereses y expandir sus operaciones. Sin embargo, la aplicación de este término a Cuba implica casi siempre, por no decir, siempre, una revisión cuidadosa de los hechos y de la historia política de la isla. Cuba es quien proporcionó una ideología y un modelo para que el caldo de cultivo del narcoterrorismo fuese enteramente eficaz; además, el régimen castrista creó en los años ochenta un sistema modulativo para usar su participación con carácter injerencista en guerras extranjeras e introducir el narcoterrorismo o diamante-terrorismo como moneda de cambio favorable a sus propósitos y enriquecimiento individual de los jerarcas comunistas. Traficar y asesinar fue convertido por los líderes castristas en una especie de arma vengativa contra los sistemas capitalistas.

Tras el triunfo de la revolución castrista en 1959, el nuevo sistema liderado por Fidel Castro se consolidó como uno de los regímenes socialcomunistas más longevos del hemisferio occidental. El aislamiento impuesto por el embargo estadounidense y las relaciones tensas con otros países de la región colocaron a Cuba en una posición compleja, aunque preferencial ideológicamente debido a las causas típicas de la izquierda: justicia social, lucha antiimperialista, etcétera… A pesar de desafíos económicos y políticos, el país ha mantenido una red de relaciones internacionales con países aliados y ha sido protagonista en foros globalistas sobre seguridad y cooperación, además de crear el Foro de Sao Paulo, obra de Fidel castro y Lula da Silva.

Al confiscar los negocios norteamericanos y romper con Estados Unidos, Cuba pasó a manos de la URSS y a depender enteramente del monolito comunista y de su modelo económico y sistema social. A lo largo de los años, el régimen ha enfrentado numerosas acusaciones provenientes de sectores políticos que buscan vincular a la isla con actividades ilícitas, incluido el narcotráfico. En los años ochenta, algunos informes de agencias estadounidenses afirmaron la existencia de rutas de tráfico de drogas que atravesaban el territorio cubano, supuestamente con la tolerancia o complicidad de funcionarios locales. Sin embargo, muchas de estas afirmaciones se han ocultado, por una razón u otra, y han sido refutadas por investigaciones independientes y por el propio gobierno cubano, como no podía ser de otra manera. Inclusive si el propio Fidel Castro declarara en la ONU años antes que Cuba podía proponerse ser muy eficaz como estado terrorista (vídeo en YouTube), y que se creara el departamento MC (Moneda Convertible, que ellos mismos llamaron humorísticamente Mariguana Cocaína en sus círculos de poder), que al ser descubierto por Estados Unidos, Fidel Castro se desentendió en unos de esos actos histriónicos que acostumbraba a organizar. Juzgó a varios generales y secuaces suyos durante sucesivas noches televisadas, en lo que se llamó la Serie del MININT (Ministerio del Interior), y ejecutó mediante fusilamiento a varios generales y personas altamente implicadas y derivadas del régimen, a otros los condenó a cadena perpetua.

El papel de Cuba en el tráfico de drogas tiene que ver con la ubicación estratégica de Cuba en el Caribe, lo que la convierte, inevitablemente, en una región de tránsito potencial y exponencial para el tráfico internacional de drogas. No obstante, desde el punto de vista oficial, el régimen castrista ha mantenido una postura de presumible tolerancia cero frente al narcotráfico, aunque colaborando desde su liderazgo ideológico, relacionado potencialmente con Pablo Escobar, tal como manifestó ‘Popeye’ el jefe de los sicarios de Escobar como se puede comprobar aquí.

En diversas ocasiones, Cuba ha colaborado con agencias internacionales en la intercepción de cargamentos ilegales y la detención de individuos relacionados con el crimen organizado, pero al mismo tiempo es lo que la ha mantenido siendo el cerebro fundacional y funcional del concepto y del método.

La legislación comunista cubana es severa respecto al uso, posesión y tráfico de drogas, sin embargo la droga corre por las calles de La Habana, como la cocaína y la droga sintética llamada El Químico. En los años noventa, y con el mar en calma, los paquetes de cocaína llegaban al litoral habanero sin ningún tipo de problemas, lo que definía el nivel de permisibilidad y de transitabilidad a la vista de todos. Las personas condenadas por estos delitos enfrentan penas elevadas -como he citado-, y los controles fronterizos parecieran ser estrictos. Todo lo que forma parte de una jugada teatral magistral. Cuba ha firmado acuerdos de cooperación con países de la región, incluyendo Estados Unidos, en el intercambio de información y la lucha contra el narcotráfico; también es sabido que ese régimen puede estar firmando lo que sea y hacer absolutamente lo contrario, Estados Unidos lo ha permitido. De hecho, informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito han señalado que «los decomisos realizados por Cuba son consistentes con el compromiso del país en combatir este problema» —vamos, como si a estas alturas la ONU fuera una fuente confiable—.

A pesar de esos supuestos esfuerzos oficiales, han existido episodios que alimentan las sospechas y la narrativa de ser la «cabeza del narcoterrorismo». Uno de los casos más sonados fue el arresto y ejecución de Arnaldo Ochoa en 1989 —como ya he mencionado antes—, un alto oficial del ejército cubano, acusado de estar involucrado en operaciones de tráfico de drogas, diamante y marfil en África y Panamá. Este caso fue ampliamente cubierto por los medios internacionales y resultó en un proceso judicial que muchos calificaron de ejemplarizante, pero sobre todo lavó la imagen de Fidel Castro, el cabecilla mayor. Las autoridades sostuvieron que se trató de una acción para erradicar cualquier vínculo entre elementos internos y redes criminales, mientras que críticos argumentan que fue una maniobra política para limpiar enarbolar la “ejemplaridad” internacional de Cuba. Sólo hay que ver la Serie del MININT y sopesar las diferencias entre las primeras declaraciones de sus protagonistas con todo el show que vino después.

Otros informes de esta época, provenientes principalmente de agencias estadounidenses y medios opositores, han intentado vincular a altos funcionarios cubanos con carteles de Colombia y México. Sin embargo, la evidencia directa y verificable es escasa, o sea, a Estados Unidos no le interesa para nada revelarlos porque el primero que le chivatea (delata) a Estados Unidos del narcotráfico es Cuba, aprovechándose de su posición de manejadora, en un intercambio de «me dejas liderar para yo poder delatarte a ti acerca de los que andan en el negocio», típico. El Gobierno cubano ha exigido pruebas concretas y ha respondido con una política de hipócrita «transparencia! en los casos judiciales relacionados con el narcotráfico, y sospechosamente Estados Unidos jamás ha presionado lo suficiente, ni ha aportado las pruebas que debiera poseer.

En cuanto a Cuba y el terrorismo internacional, bien, la relación de Cuba con organizaciones consideradas terroristas por Estados Unidos ha sido otro punto de fricción. En el pasado, Cuba ofreció asilo político a figuras de movimientos revolucionarios en Iberoamérica, Estados Unidos y África, lo que llevó a que fuera incluida en listas negras de patrocinadores del terrorismo. Sin embargo, desde los años noventa, se cuenta el cuentecito de la Tía Tata de que la isla ha dejado de apoyar abiertamente a grupos armados y ha optado por una diplomacia de diálogo y mediación, especialmente en conflictos como los de Colombia, donde Cuba ha servido como sede de «negociaciones de paz». Sí, la la paz de los sepulcros, que ha conducido a un terrorista connotado a la presidencia de Colombia, y ha contribuido a lavar la cara del narcoterrorismo.

«No existen pruebas de que Cuba utilice el narcotráfico como herramienta de financiamiento o estrategia terrorista», comentan los simpatizantes de esta tiranía de más de 66 años que llegó al poder mediante el terrorismo violento, haciendo estallar bombas en cines y en hoteles, dejando miles de víctimas, lo que hacía el Movimiento 26 de Julio, el movimiento terrorista liderado por Fidel Castro que se apoderó de la isla en 1959. «Las acusaciones de ‘narcoterrorismo’ suelen estar más relacionadas con campañas políticas y diplomáticas que con hechos verificables», que por demás parecieran intencionadamente ocultados. Las organizaciones internacionales y la mayoría de los gobiernos del planeta reconocen —cómplices o ingenuamente— a Cuba como un estado que coopera en la lucha contra el terrorismo y el crimen transnacional. Pero, qué se puede esperar de las organizaciones internacionales que ven a Cuba como un modelo a seguir, así como otra gran cantidad de gobiernos que para granjearse la simpatía de los castrista, doblegados mediante el miedo —el terror— prefieren sostener una convivencia culpable y colaboracionista por su parte.

La persistencia de la narrativa que presenta a Cuba como «la cabeza del narcoterrorismo» responde en primer lugar a la verdad, en gran medida, los intereses geopolíticos y el contexto de confrontación con Estados Unidos, están por mucho. Cuba pretende todavía ser el pequeño David que domine a gigante Goliath. El enfrentamiento con Estados Unidos es otro golpe de teatro del castrismo que a estas alturas utiliza cuando le conviene. Echar mano del término narcoterrorismo para describir la situación cubana implica asumir una postura política y una realidad apoyada por datos concretos que hasta ahora se han escondido con la complicidad de Estados Unidos, porque cómo de otro modo han incluido a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo. O sea, acepto tu galletazo, pero te mantengo ahí, como diversión.

Esta narrativa, basada exclusivamente en la realidad, tiene repercusiones en la imagen internacional de la isla, afecta positivamente sus relaciones diplomáticas y en nada limita el alcance de acuerdos comerciales y de cooperación, al contrario; sólo es limitante hasta cierto punto con Estados Unidos. Lo que no ocurre así con el resto del mundo. La falsedad de que la inclusión de Cuba en listas de patrocinadores del terrorismo dificulta el acceso a servicios financieros internacionales y restringe la ayuda humanitaria, deviene cómplice, y admite la existencia cual pretexto de esa dictadura comunista a noventa millas de Estados Unidos. Además, impacta bastante ligeramente, apenas, en la percepción global sobre las políticas internas de Cuba y su compromiso con la seguridad regional.

Perspectivas contemporáneas y retos futuros; en la actualidad, Cuba enfrenta desafíos económicos derivados exclusivamente de esa tiranía y de su autobloqueo, la crisis energética y el endurecimiento de sanciones por parte de su incompetencia. La lucha contra el narcotráfico continúa siendo una prioridad para Estados Unidos, como se ve con Venezuela actualmente, salvo con relación a Cuba, especialmente ante el aumento de rutas alternativas que buscan eludir controles en otros países de la región. Al régimen castrista no lo toca nadie.

La cooperación internacional, la modernización de sistemas de vigilancia y la formación de fuerzas de seguridad son parte fundamental de la estrategia castrista para fingir que afronta retos. Organizaciones globalistas de la agenda 2030 reconocen presumibles y falsos esfuerzos de Cuba y destacan la importancia de mantener canales de diálogo para lograr una solución integral al problema del tráfico de drogas, lo que no interfiere para nada en que se le adjudiquen ayudas millonarias a Cuba, como desde la Unión Europea, y desde España recientemente, 350 millones de euros, pese a que Cuba se beneficia de manera privilegiada de la explotación de Venezuela, a la que convirtió en una provincia —rica— más de la isla, a México, país al que dejará en los huesos, todavía peor, sin contar que negocia libremente con dos potencias económicas mundiales, China y Rusia, además de Canadá, Francia, pues el Club de París (66 países) le concede anualmente más de 400 millones de euros. Nada de ese dinero va a los intereses de los cubanos de a pie. Mientras más ricos son los comunistas de la isla, más pobres son los cubanos y más reprimidos son.

El debate sobre Cuba y el narcoterrorismo no está marcado por mitos, intereses políticos y realidades complejas solamente, está zanjado por la mentira. El régimen de la isla ha sido acusado en distintos momentos de estar vinculado a redes criminales, la evidencia concreta es limitada porque no se ha deseado siquiera evidenciar y, en la mayoría de los casos, contrarrestada por acciones y políticas que demuestran el mentiroso compromiso cubano con la seguridad y la lucha contra el crimen organizado, mientras son ellos los cabecillas del crimen organizado.

El futuro de Cuba respecto al narcoterrorismo dependerá de su capacidad para adaptarse a los cambios globales, será necesario fortalecer sus instituciones y mantener un equilibrio entre la seguridad interna y la apertura internacional, pero sobre todo dependerá de la libertad todal de la isla del comunismo, que con toda apariencia Estados Unidos no desea, aunque lo exprese de boca para afuera. La que les escribe está curada de espanto, sé a consciencia cuál es el manejo; entiendo perfectamente que Estados Unidos, pese a tener a un Secretario de Estado cubano, y a varios cubanos en este segundo mandato de Donald Trump, prefiera tumbar a Nicolás Maduro, antes que a los Castro, a los que tiene a tiro de dron a noventa millas. Ojo, he dicho «tumbar a Maduro», no al comunismo que ya se ha amparado ampliamente del país.

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