La bisoñez que acampa en Sol fantasea con la revolución, cree estar bajando de Sierra Maestra, frenando al fascismo como sus abuelos cantaban que hicieron en el 36 o Ismael Serrano con su guitarra (Papá cuéntame otra vez), y los pobres no caen en que son la protesta que le interesa al mundo del dinero. Que a sus fantasías de colorines pintadas en pancartas sólo les falta el patrocinio del Banco Santander.
Ya sabemos que alabar a la juventud es olvidar nuestra pretérita bobería, como recuerda Nicolás Gómez Dávila. Y los pocos jóvenes que siguen en la Puerta del Sol no reparan en algo tan sencillo como que si sus tiendas permanecen en pie es porque al poder le interesa que sigan allí. O sea, a don PSOE, el partido financiado por la CIA y la socialdemocracia alemana durante la transición para liquidar al Partido Comunista y ser la izquierda oficial del sistema.
Esto es lo que explica que el PSOE renuncie al marxismo en los setenta y después acepte el ingreso en la UE y la OTAN. Era cuestión de tiempo que dejara de representar a los trabajadores, palanca revolucionaria inservible para los nuevos tiempos. Así, hoy abraza entusiasta el Pacto Verde —disparate que sólo puede aplaudir el joven urbanita que no ha cotizado o cree que sin ganadería podría comerse una hamburguesa—, se inventa impuestos para salvar el plantea, arruina a los agricultores y vende el campo a las renovables.
Con esta hoja de servicios, ¿alguien pensaba que nuestra izquierda vendeobreros sería incapaz de arrebatarle la vivienda a la clase media autóctona? Hablamos del partido que desindustrializó España, el que pasó de los descamisados a diseñar joyas, el que cambió los carteles electorales con fábricas y obreros por puntos violeta y bancos arcoíris. El del Foro de Davos, el Banco Mundial y la Fundación Soros. El que viaja a Nueva York en 2021 para pedir a los grandes fondos buitres que inviertan en España y luego hace pucheritos con Maricarmen. El que levanta el puño en Rodiezmo y luego va de la mano de la patronal para abrir las fronteras y abaratar el salario de los trabajadores autóctonos.
Hay un dato demoledor que debería levantar barricadas de verdad. Más de la mitad de los extranjeros que viven en España llegaron después de 2020, hablamos de casi seis millones de inmigrantes en cinco años. Cifras que refutan cualquier mercancía ideológica averiada que todavía hace chistes con la teoría del gran reemplazo o imputaciones de racismo en big 2026. Estos números son el colapso de la sanidad, los vagones llenos y la imposibilidad de acceder a una vivienda, el detonante -dicen- de una acampada cuyos cabecillas van sobrados de pisos. Hay algo sencillo que su ideología les impide admitir: si aumentas la población y maltratas a los profesionales de la Sanidad el resultado son listas de espera interminables, si no construyes casas y no dejas de meter extranjeros el resultado son familias y jóvenes sin casa en propiedad.
A estas alturas casi nadie duda de que la acampada y las huelgas que proliferan de repente son el escenario de una gran opereta. El reparto habitual de papeles que interpretan hasta esos jubilados que llegan a Sol y la propaganda gubernamental los llama «yayoflautas», cuando es muy probable que sean caseros de alguno de esos jóvenes que luchan contra el fascismo. Es la izquierda multipropietaria, la izquierda Wyoming, que guioniza la precariedad y envía a sus cámaras a la performance para denunciar a los grandes tenedores, que es lo que hace Montse Mínguez sin rubor alguno.
Nada explica mejor el modelo de país del PSOE. España bate récords en paro juvenil, exporta talento nacional e importa mano de obra de escasa cualificación de forma masiva. Cada vez hay menos propietarios y casas en alquiler mientras llega un millón de inmigrantes al año. Es fácil detectar a quienes no les interesa resolver el problema, son aquellos que al hablar de vivienda jamás mencionan la inmigración. Y al hacerlo engordan al poder.