Cuestión de supervivencia
Cuestión de supervivencia
Jorge Buxadé.
Por Jorge Buxadé
19 de enero de 2026

Retomemos el punto de anteayer. Decíamos que vulnera las reglas más elementales de una justa competencia impedir mejorar a quien está dispuesto a hacerlo mejor. El Pacto Verde y la normativa climática, la presión fiscal y la persecución burocrática son frenos a la producción europea. 

Les llaman acuerdos de «libre comercio» pero en realidad son meros acuerdos de supresión o reducción significativa de aranceles. Pero eso no tiene nada que ver con la libertad económica en su amplio sentido sino, en su caso, con el precio. De todos modos, si continuamos el análisis con cierto detenimiento veremos que eso de la bajada de los precios tampoco responde a la ortodoxia de los principios que los globalistas dicen defender, y que en realidad, solo quienes aman de verdad la propiedad y la libertad, la nuestra, la de nuestros mayores y la de quienes nos han de suceder, comprenden en su integridad. 

Es universalmente admitido que los acuerdos de «libre comercio» benefician al consumidor nacional pero perjudican al productor. El globalismo ha impulsado, con ello, una transferencia de rentas de los países occidentales consumidores a terceros países, productores. Pero ello es pan para hoy y hambre para mañana; que es la forma refranera de definir la soberanía nacional. Al final del camino, la producción desaparece y el consumidor ve cómo los precios acaban equilibrándose al alza siempre. 

Afirmar que, eliminados los aranceles que Europa aplica a los productos agrícolas extranjeros, se producirá una reducción sustancial de los precios que ha de pagar el consumidor final es sólo una verdad a medias, que es una mentira a medias. Lo que sabemos es que los agricultores y ganaderos españoles —y europeos en general por obra de la armonización legislativa impuesta por los burócratas— se ven sujetos a normas y regulaciones, procedimientos y exigencias burocráticas que no se aplican a sus competidores foráneos; normas, regulaciones, procedimientos y burocracia que repercuten directamente en el valor del producto final. 

Cuando se prohíbe un producto fitosanitario que mejora el crecimiento de la planta o que elimina con rapidez los parásitos, se incrementa el coste de producción; cuando se retrasa el reembolso de ayudas, se aumenta el coste de producción pues el tiempo ha de ser financiado; cuando se obliga al productor a contratar asesores y consultores de todo tipo o se le impone una inspección rutinaria que desemboca invariablemente en sanciones pecuniarias, se aumenta el coste de producción —cuando no se condena al cierre o a la venta desesperada a un competidor más fuerte—. Todo eso ha sido impuesto sistemáticamente por el Partido Único Globalista, el bipartidismo rampante en Bruselas y confirmado en gobiernos nacionales y regionales, cuando no agravado.

Como todos están sujetos a parecidos costes, el valor de venta necesariamente, salvo que se venda a pérdidas, se va a mantener alto pues además en un amplio porcentaje, los productos vendidos son de pura y natural necesidad: pan, leche, cereales, frutas, verduras, carne, huevos, pescado. El ser humano tiene la funesta manía de comer para vivir. Y en Occidente, nuestros mayores nos ganaron comer, y suficiente, dos o tres veces al día, cuando no cuatro si se incorpora un pequeño refrigerio a mitad de tarde. Por eso, nació la PAC.

Es obvio que la entrada masiva de toneladas de producción agrícola y foránea extranjera que no tiene esos costes de producción que afectan sustancialmente al precio, provocará una reducción del mismo, pero eso no será así ni tan rápido ni tan seguro. Parece que los librecambistas se han hecho seguidores de Smith y Ricardo y defienden una teoría objetiva del valor, considerando que, per se, la eliminación del arancel provocará una reducción proporcional del precio de venta, como si la formación del precio final guardase directa proporción con el coste de producción y no con la oferta y la demanda. Un aumento de la oferta, constante la demanda, sí producirá una caída del precio, que expulsará lógicamente a todos aquellos productores que no tienen capacidad de hacerlo mejor; que son los productores europeos, encorsetados por la normativa asfixiante aprobada precisamente por quienes ahora «van de» librecambistas. Por eso, efectivamente, los acuerdos comerciales provocan inicialmente caídas del precio, sobre todo en productos de primera necesidad donde el consumidor medio —agobiado por una inflación que devora cualquier subida salarial formal— atiende al precio fundamentalmente. 

Sin embargo, por mor de la teoría de la utilidad marginal, y siendo que, eliminadas las barreras arancelarias la diferencia de costes entre el productor extranjero y el nacional es extraordinariamente alta, el productor extranjero tiene un amplio margen para incrementar su precio de venta y con ello sus ganancias sin que el productor nacional sea competitivo. 

Si el productor extranjero (A) tiene un coste de producción de 10, un coste de transporte de 4 y unos aranceles protectores equivalentes a 6, y el productor nacional un coste de producción de 18 y otro de transporte de 2, ambos van al mercado en similares posiciones competitivas. Pero si al productor extranjero se le eliminan los aranceles, llegará al mercado con un coste de producción de 14 mientras el productor español sigue en 20. Aun cuando el productor nacional lo haga mejor (y los nuestros son los mejores), ese arancel oculto que es el Pacto Verde y resto de normativa impuesta por el Partido Único Globalista, le va a impedir mejorar, como no sea despidiendo trabajadores, o perdiendo beneficio; consecuencias ambas que nosotros rechazamos pero que a PP y PSOE parece que les da igual – les ha dado igual durante 40 años, claro.

En el camino, no lo duden, muchos pequeños empresarios y autónomos, nuestros agricultores y ganaderos caerán. Cerrarán sus explotaciones, venderán las tierras a fondos energéticos o traspasarán su explotación a cambio de la asunción de la deuda pendiente a otro competidor más grande. Es el efecto real conocido y querido por el globalismo: la concentración y la desaparición de las naciones como comunidades de propietarios libres. 

Pero, como hemos visto, el productor A extranjero puede que inicialmente entre en el mercado por un precio de 15 (para tener un beneficio de 1) pero pronto advertirá que tiene margen para vender por 16 (beneficio de 2) o por 17 (beneficio de 3) o incluso por 18 pues el productor europeo está “condenado” a vender por 20. 

El pez gordo que adquirirá nuevas explotaciones, comprando tierras y explotaciones aquí y en el otro lado del charco puede que resista, ya que puede financiar su «pérdida» durante dos o tres o los años que sea preciso hasta que el precio vuelva a ser 19 o 20, que lo será. También ganará el que financie. Esto es lo que ha sucedido y es lo que previsiblemente sucederá. El comercio global no ha traído en ningún caso —a la larga— una bajada sensible de precios, pues eso es desconocer la tendencia marginal del precio. 

Por ello, hay que defender a nuestro sector primario rechazando acuerdos comerciales multilaterales y omnicomprensivos que le tratan como moneda de cambio, y desregular y eliminar esas normas y regulaciones, prohibiciones y limitaciones que fanáticos y lobbies han impuesto en su plan de criminalizar el campo, para liberar a nuestros productores y permitir que lo hagan mejor; que produzcan más y que ganen más dinero. 

Lo cierto es que no hay informe alguno acerca del impacto que tendrá el Acuerdo de Mercosur-UE en la actividad de los agricultores y ganaderos europeos. Mercosur es documento cerrado por las partes negociadoras con datos del año 2019, sin tener en cuenta la llegada masiva de productos de Marruecos, Egipto, Turquía o Sudáfrica; sin tener en cuenta las consecuencias de la guerra de Ucrania para nuestros agricultores y ganaderos, y los acuerdos cerrados también con Georgia, Moldavia o Nueva Zelanda. Porque les da igual. Porque no han hecho los cálculos. Porque su objetivo es otro. 

Su objetivo a corto plazo es intentar salvar o recuperar algo la menguante producción industrial de Europa; especialmente de Alemania, pero no solo. Pero ni siquiera ese objetivo es seguro se vaya a conseguir. Político, órgano de propaganda del Partido Globalista en Bruselas, filtró que se esperaba un crecimiento del 0,05% anual del PIB de la Unión. Probado que el sector primario va a la ruina parcial en el corto plazo y prácticamente total en el medio, es claro que los burócratas prevén crecimientos superiores en el sector industrial y de servicios. Pero tampoco un proceso racional nos puede llevar a concluir que eso sucederá, en todo caso; y que si sucede, la riqueza que pueda crearse haya de serlo en Europa y en beneficio de empresas, trabajadores y naciones europeas. Ese mismo Pacto Verde se impone ya sin freno sobre nuestra industria, provocando igualmente incrementos del coste de producción que, repercuten, directamente en el precio de venta. ¿Alguno de ustedes ha pedido precio por un coche europeo recientemente? 

La normativa industrial y ambiental es opresiva, el régimen de comercio de derechos de emisión de CO2 y el Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera son dos dispositivos financieros creados por los burócratas que inciden directamente en la productividad y competitividad de la empresa, la creciente presión fiscal sobre empresas (basta ver los impuestos especiales que pesan sobre la producción energética en sus diversas variantes), el alza de cotizaciones para cubrir los déficits sistémicos de los sistemas de seguridad social en España y en toda Europa, la presión urbanística o la burocracia de los datos, la gobernanza, la sostenibilidad y los riesgos, constituyen solo unos pocos ejemplos de una presión brutal que Bruselas y el Partido Globalista ha impuesto durante 40 años, al menos, sobre la empresa, sobre su vitalidad, emprendimiento, sobre el empleo en fin.

Nuestros competidores industriales, ya vengan de América del Norte o de Asia (China, India, Japón, Corea y otros gigantes asiáticos reales o en ciernes), no tienen esas cargas. No parece razonable pensar que nuestra industria va a empezar a crecer en dos dígitos, a mejorar la productividad, doblar cadenas de montaje o contratar mano de obra cualificada en las líneas de producción; máxime porque es muy probable que al empresario europeo le salga más rentable deslocalizar la producción a esos países de Mercosur, con costes más reducidos y reentrar la mercancía sin aranceles. Hay pirómanos al mando y procede echarlos. Es urgente. Es de extrema necesidad. Es cuestión de supervivencia. 

TEMAS
Noticias de España