El problema no es el velo. El problema es que refleja un elevado porcentaje de población musulmana. Cataluña —siempre vamos por delante en estas cosas— tiene casi 700.000. Andalucía, 400.000. Madrid, 320.000. Comunidad Valenciana, 250.000. Murcia, 140.000. Me ahorro otras comunidades autónomas para no aburrirles. Nadie lo sabe con certeza. Entre otras razones, porque los sin papeles no salen en las estadísticas por razones obvias. Y los nacionalizados supongo que dejan de salir.
Hace años fui a renovar el DNI. No sé cómo entablé conversación con la funcionaria que me atendió. Me explicó que había mujeres magrebíes, de edad avanzada, que iban a buscar el documento nacional de identidad tras nacionalizarse con la nieta porque ni siquiera hablaban español. Lo entiendo porque a su edad seguramente yo tendría los mismos problemas que ellas para aprender una lengua tan distinta a la mía. En su caso agravado, porque difícilmente se relacionan con personas fuera de su círculo familiar, social y religioso. ¿Pero entonces cómo se integrarán? Hay, por otra parte, una regla universal: cuantos más inmigrantes, menos se integran. Todo el mundo quiere estar con los de su raza, religión o clase social.
Hace años una estrella de TV3, Albert Om, entrevistó a una escritora catalana-magrebí, Laila Karrouch. El padre se había instalado en Vic a mediados de los 70. La ciudad era, en los inicios de la Transición, un feudo de CiU. La Cataluña catalana, decían. En el programa, el hombre iba ataviado con chilaba. En cambio, enseñó una foto de cuando llegó e iba vestido a la manera occidental: con americana y corbata. ¡Claro, era el único marroquí de la localidad! Ahora Vic tiene cerca de un 30% de población extranjera. Y debe ser más.
Yo, que tengo un alma liberal, estoy en contra de las prohibiciones. Sin embargo, ceder tampoco es la solución. No soy experto en psicología, pero tiene que haber alguna ley según la cual cuanto más complicado es integrarse, más quieres integrarte. Voy a poner un ejemplo muy bestia, y espero no herir sensibilidades: algunos de los etarras más sanguinarios eran hijos de lo que llamaban despectivamente en el País Vasco «maketos». Por eso, el velo tendría que haberse prohibido al principio de todo. Francia lo prohibió en las escuelas públicas en 2014. Y la abaya, la vestimenta integral, el 27 de agosto de 2023. La decisión catapultó al entonces titular de Educación, Gabriel Attal, a primer ministro. Aunque por poco tiempo, entre enero y septiembre del 2024.
Aquí, en cambio, ya hubo una polémica en julio de 2009 en un instituto de Mollerussa (Lérida). Alumnos del centro dijeron que si ellas iban con velo a clase, ellos podían ir con gorras a clase. Al final, profesores buenrollistas les hicieron desistir de la protesta. Pero tenían más razón que un santo. Como el burkini en las piscinas públicas aprobado por un Gobierno de ERC que se proclamaba «feminista». ¿Ustedes creen que ayuda a la integración? No, al contrario.
Hay que tener en cuenta que el Islam es complicado. Dicho con todo respeto para los creyentes musulmanes. Es más que una religión, es un sistema político, económico y social. Aquí hemos separado Iglesia y Estado. Aquella frase de que «al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Hemos pasado por la Inquisición, las guerras de religión, la Ilustración o el Siglo de las Luces para llegar a esto. Los franceses aprobaron la laicidad en un lejano 1905.
Lo digo porque se atribuye al general De Gaulle, conocedor de África del Norte, aquella frase de que si hubiera muchos musulmanes en Francia «¡mi pueblo ya no se llamaría Colombey-les-Deux-Eglises, sino Colombey-les-Deux-Mosques!». La frase, por cierto, es de 1959. No sé qué diría el general vista la evolución del país vecino. Quizá hasta votaría a Marine Le Pen.