Defensa de la democracia
Defensa de la democracia
Por Carlos Esteban
6 de abril de 2026

Es curioso que, de todos los argumentos que pueden esgrimirse contra la democracia, sus detractores elijan habitualmente el más estúpido. No creo que sea porque ellos mismos sean estúpidos, pero sospecho que muchos no acaban de entender el sentido del sistema.

La crítica más habitual es que la media de los votantes es, por definición, mediocre, por lo que de su elección solo puede salir un gobierno mediocre. ¿Tiene sentido —se preguntan— que valga lo mismo el voto de un catedrático de Astrofísica que el de un analfabeto? En definitiva: la democracia no es «eficiente».

Pero es que la razón de ser de la democracia no es ser eficiente. La eficiencia no tiene nada que ver, porque, en su forma ideal, el pueblo no decide tanto sobre los medios como sobre los fines.

La idea es que nuestra nación es una extensión de nuestra casa, y en nuestra casa lo más importante no es decidir necesariamente «lo mejor», sino lo que nos gusta, lo que preferimos, sin dar más explicaciones, igual que ningún hombre libre debería tener que dar explicaciones sobre su elección de corbata.

Dejemos momentáneamente de lado, por lo demás, que mucha de esa gente sobradamente preparada que, en opinión de los críticos, debería tener en exclusiva el derecho a voto, coincide con inquietante frecuencia con los creadores de esquemas políticamente disparatados. Marx no era exactamente un bracero iletrado, como no lo era, digamos, Robespierre; Pol Pot podía soñar con una bucólica Camboya sin intelectuales por el sencillo procedimiento de fusilar a cualquiera que hubiera estudiado, pero él mismo venía de la Sorbona de París. Cuando el autor conservador norteamericano William Buckley dijo aquello de que «preferiría vivir en una sociedad gobernada por los primeros 2.000 nombres de la guía telefónica de Boston que en una sociedad gobernada por los 2.000 profesores de la Universidad de Harvard», contaba con mi voto.

Porque, como decía mi Chesterton, la política «es algo más parecido a enamorarse que a resolver un problema de matemáticas». Cualquiera elegiría al mejor matemático disponible para resolver un problema de matemáticas, pero sólo un hombre con alma de esclavo dejaría totalmente en manos de un experto la elección de su mujer.

Hay cosas que conviene que la gente haga por sí misma, aunque lo haga regular. Ni el mejor decorador del mundo debería tener poder para decidir qué muebles tienes que tener en tu casa. No porque no fuera a lograr un resultado más estético, sino porque tu casa es tuya, es un reflejo de tu gusto personal, tus preferencias e incluso tus caprichos.

En las decisiones políticas hay mucho de esto. «Esta es la política que produce el mejor resultado posible» es, a menudo, una frase carente de sentido. Imaginemos que, ante ese tajante aserto, nuestro experto responde, digamos, que es el mejor modo de incrementar el PIB. Pero quizá nosotros podríamos preferir un PIB algo más modesto pero más nivelado, mejor distribuido, no sé. Y eso ya es una cuestión de preferencia personal, la piedra de toque de la libertad humana. El sabio —lleno de títulos universitarios— puede convencernos de que el color verde es el óptimo para inspirar un estado de ánimo equilibrado. Pero si un pueblo quiere pintar de rojo su país, el sabio deberá callarse y limitarse

Es decir, la democracia —no entro en mecanismos, no hablo necesariamente de parlamentos o gabinetes ministeriales, solo en la idea— parte de la idea, bastante sensata, de que la nación es nuestra, de que somos sus propietarios colectivos.

En ese sentido, es un pecado de lesa democracia reprochar a un pueblo sus preferencias, como es una grosería criticar el mobiliario de nuestro vecino cuando nos ha invitado a cenar.

El cínico periodista norteamericano decía que si el voto pudiera cambiar algo importante, estaría prohibido. Pero si no puede cambiar nada importante, añado yo, entonces no sirve para gran cosa y es una mera estafa. Si significa solo que al pueblo se le hace una pregunta, por lo demás muy estrecha, cada cuatro años, llamar a eso democracia son ganas de divertirse barato.

El pueblo no debería decidir las respuestas, ni siquiera en cuestiones de peso, sino también las preguntas.

Pero en esas estamos. La medida aislada más consistentemente mayoritaria en España y en todo Occidente es la de poner fin a la inmigración masiva. Y es una por la que nunca nos van a preguntar. Y si algunos se atreven a exponerla en pública, la respuesta de los medios del sistema es siempre atronadora, aunque no consiste tanto en razonamientos como en descalificaciones, normalmente, «racista» y «xenófobo». A lo que sólo cabe responder que si «racista» es preferir lo propio a lo ajeno, tenemos un serio problema con la naturaleza humana universal.

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