Discursos navideños comparados
Discursos navideños comparados
Por Hughes
28 de diciembre de 2025

Lo mejor del discurso del Rey fue la presencia del Belén. Era una manchita, un pegotito en un lugar del amplio salón. Era lo suficientemente pequeño y marginal para no molestar, pero un escudo contra los críticos.

¿Era el Belén más visible o menos que un pin 2030?

El discurso del Rey parte de la Nochebuena, pero aprovecha la oportunidad del espíritu navideño para dirigirlo al espíritu del consenso, de la Transición, que es lo que reformula maniáticamente cada año, como abuelo que reúne a los hijos no del todo bien avenidos. Podríamos decir que lo hacen en la expectativa de una herencia, pero aquí la herencia ya se repartió e incluso se gastó.

Cada año es lo mismo, con frases parecidas: el Espíritu del  Consenso ha de ser renovado en «estas fechas» recurriendo al modelo y ejemplo de la Transición.

Esto es lo que constituye un poco la sobrepolítica (por decirlo de alguna manera, perdónenme) española que aparece en el discurso real.

En el Reino Unido, Carlos de Inglaterra, Carlos III, dio el discurso en la Capilla de la Virgen de la Abadía de Westminster. Un lugar religioso. En España, el salón elegido del palacio rememoraba la firma del tratado de adhesión a las Comunidades Europeas (nuestro non plus ultra). Al rey inglés le precedía un coro cantando el himno de Inglaterra y le siguió otro de voces ucranianas. Entre medias, un discurso en el que pedía unión, cohesión a las «comunidades» siguiendo el ejemplo de los combatientes en la Segunda Guerra Mundial. El espíritu de la 2GM, su belicismo moralizante, se utiliza allí para hacer de pegamento de lo muy distinto, de lo diverso. «Con la gran diversidad de nuestras comunidades podemos encontrar la fuerza para garantizar que el bien triunfe sobre el mal». Sobre la base y la acogida cristiana, que Carlos III no oculta, habla de un país integrado por comunidades religiosas distintas que han de unirse siguiendo ¿qué asabiya? ¿qué factor de cohesión? El ejemplo de unión frente al nazi de la Segunda Guerra Mundial, que tendría la misma función que en España el Espíritu de la Transición. El espíritu de la guerra de los años 40 se dirige a una fuerza nacional muy distinta: la diversidad, sobre el optimista presupuesto de que entre las comunidades existe un consenso acerca del bien y el mal.

Carlos III habla para una sociedad multicultural en la que el cristianismo es anfitrión  liberal, carpa tolerante. Esta forma social multicultural deriva quizás del liberalismo tradicional anglosajón. Una gran tolerancia con cada comunidad y su diversidad, admitidas como se admitió siempre al individuo y su excentricidad, aunque eso pueda acabar, y acaba, en la constitución de guetos étnicos y en el repliegue de las comunidades. Como espíritu unificador se pretende la vieja música belicista y churchilliana contra el enemigo común de la humanidad.

Vemos que sobre la Navidad, aquí y allí, se cuelgan espumillones dudosos como el espíritu de la Segunda Guerra Mundial o el de la Transición. En el neolenguaje se diría que son marcos boomer para una realidad completamente transformada. En realidad, la Navidad o lo espiritual no importan en absoluto. Son el árbol para colocar, todos con la guardia baja, esos relatos nacionales, como guirnaldas entrelazadas al relato sagrado.

Un eco sorprendente de lo británico sonó aquí cuando el Ministerio de la Presidencia de Bolaños (el hombre capaz de muñir los tres poderes pero incapaz de peinarse del todo) felicitó la Navidad por Twitter a la «comunidad cristiana».

El Gobierno español ha seguido la vía inglesa y lidera la inmigración europea a un ritmo tal que parece impaciente por ver en qué consiste ser una conseguida sociedad abierta; que llegue el día en que la Navidad no se omita, porque ya no importe, y se felicite de un modo condescendiente, como lo propio de una minoría más.

También podría ser que Bolaños estuviera celebrando los datos estadísticos que su propio ministerio produce. Según el primer barómetro sobre Religión y Creencias de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de Presidencia, el 49% de personas en España declara tener creencias religiosas, mientras un 51% no las tiene. Efectivamente: una comunidad en minoría.

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