Donde se abren los poros
Donde se abren los poros
Por Hughes
11 de julio de 2025

Aunque tienen más años que las de Caracalla, se ha despertado una repentina polémica sobre las saunas del suegro del presidente (o saunócrata) Las voces de la moderación pretenden alejar todo halo de ilicitud de tan respetables establecimientos. Allí se iba a sudar, a abrir, si acaso, el poro.

Poco sabemos de esos sitios legendarios los que solo conocemos el sudatorium del ordenador cuando perpetramos el textillo y llevamos una vida de triste y hebdomadaria heterosexualidad.

Sabemos de las saunas de los romanos por las películas y de las turcas sabremos cuando vayamos a ponernos el injerto capilar.

Hay una novela, Mansos (Alfaguara, 2010), en parte convertida luego en serie de televisión de innegables tintes autobiográficos, en la que el novelista y más cosas Bop Pop, hombre de indudable progreso y libre de toda sospecha de homofobia, ambienta su historia no solo en una sauna sino concretamente en la Sauna Adán. No es descabellado pensar que para la redacción pudo haber un cierto trabajo de documentación. El lugar es a la vez locus amoenus y locus terribilis (anillo dantesco y centro wellness). Pero nunca podría imaginarse, o quizás sí, que fuera también sauna de Estado.

A continuación, transcritos, unos breves pasajes del libro:

«Porque elijo marcharme siempre a la mala hora cuando por ley municipal cierran los bares, cuando todos se retiran a casa, pero yo hoy no. Yo no esta noche, no. Esta noche yo voy a entrar a la sauna a sacar 300 euros del cajero porque no hay taxis Taxi. Taxi. Taxi. NO. Sauna. Cajero. ¿Taxi? No. Trescientos euros al monedero. Sauna. ¿TAXI? No. Sauna»

«Sauna Adán: donde los chaperos te follan por cuarenta euros. Sauna Adán, con nombre del primer hombre, que los clientes no pronuncian, dicen Adan, como Adam; átona, laica y extranjera Ádam, y no bíblico Adán. La Ádam. En femenino. Sauna Adán: ENTRADA SAUNA una flecha en el portal, izquierda, antes de tocar el timbre zumba la puerta, chasquea la cerradura: TIRAR. Hacia mí. Tiro. Abrir y entrar. —Once euros —me dicen. «11 €»

«Algunos chaperos duermen en otros sofás alrededor y uno de los empleados de la sauna pasa la fregona por el suelo e impregna el lugar de peste a morgue, o a lo que podría haber sido mi propia orina, y ni me mira. Vuelvo a ceñirme la toalla antes de incorporarme, zafarme del sillón. Me pongo de pie, esquivo la variedad de piernas estiradas —velludas y robustas o huesudas, lampiñas y fibrosas—, bajo a mear y de ahí a las duchas, con el agua fría, debajo, me quedo quieto pensando «qué mal»

 «Imaginar ser uno de los actores y ganar por una hora de trabajo lo mismo que en un día entero en esta sauna, follando —además— con hombres guapos, con hombres con tetas, con algunos hombres con más tetas que su novia»

«Subo, vuelvo al bar, lo cruzo, cojo las escaleras para ascender al primer piso, hasta la zona de cabinas privadas; recorro los pasillos casi a oscuras, solamente iluminados por la luz del interior de las cabinas encendidas, donde se ven las colchonetas vacías y raídas. Las pantallas proyectan más películas pornográficas, más veces la misma, distinta a la de abajo. No me tientan las propuestas de los pocos muchachos que ejercen, apoyados en los quicios de la mancebía; me muevo entre ellos y me rozan al pasar para que los atienda, los miro amablemente y sonrío porque quiero ser un buen cliente. Pero ninguno me gusta tanto como para gastarme el dinero en él. Si fueran gratis, me habría encerrado en una cabina con el primero que me hubiera acariciado el brazo. Pero no lo son. Hay otras saunas sin profesionales y también hay bares para ligar, pero no voy nunca a esos lugares; se pierde demasiado tiempo y se arriesga demasiado el ego»

«¿En qué momento empecé a ser un cliente? Llego hasta el final de uno de los pasillos, doy la vuelta, niego un par de veces más con la cabeza y una sonrisa (Risueño), vuelvo a bajar las escaleras hasta la planta baja, donde algunos putos ya se han despertado y ven la televisión, algunos tirados en los sofás, otros apoyados en la barra. Cruzo entre ellos sin mirarlos, porque supongo que están descansando y no tengo derecho a molestar; llego hasta las escaleras que llevan al sótano y nada más llegar abajo me siento enfrente de las duchas, con los huevos al aire —la toalla apenas da para cubrirme, aún menos cuando me siento—, en un banco de plástico. Las saunas adelgazan, pero no por efecto del sudor, sino por la cantidad de metros que se recorren, escaleras arriba y abajo; de las duchas a la sauna, de la sauna al baño turco, del baño turco a la sala porno, de la sala porno al bar, del bar a la zona de cabinas».

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