«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

‘Dulce et decorum’

24 de septiembre de 2026

Jacob Rees-Mogg, un político conservador británico que parece un personaje de Wodehouse maleado por la política moderna, ha aparecido en redes por medio de un vídeo desde su residencia familiar en la idílica aldea de West Harptree, en la campiña de Somerset, para dirigirse a la plebe y recordarle su deber de ir a morir al Donbas en la guerra que viene, que viene, que ya está aquí.

«No es imposible que en los próximos años nos enfrentemos a una guerra», advierte Moggs en su delicioso acento de Oxford. «Si eso ocurre, necesitaremos personas que quieran alistarse en las Fuerzas Armadas y salir al campo de batalla a cumplir con su deber. Puede que incluso haya circunstancias en las que algunas personas tengan que morir para salvar a su país, como ya se ha visto en guerras anteriores».

El mensaje de Rees-Mogg revela una incapacidad para «leer la habitación» realmente alarmante, el pináculo del bumerismo en su versión posh: después de décadas desmontando las razones por las que alguien podía sentir que su país era algo propio, las élites británicas descubren con estupor que los jóvenes no parecen demasiado dispuestos a morir por él.

Moggs insiste: «Si la gente no está dispuesta a cumplir con su deber, otro país se apoderará de este. En parte, esta es la razón por la que cayó la Antigua Roma. El deber es algo noble y no siempre es fácil, pero es lo correcto».

Estamos acostumbrados a que nuestros líderes nos pidan sacrificios «nobles y correctos» que ellos no están dispuestos a sufrir, como en la célebre escena de Shrek en la que el príncipe, arengando a las masas, asegura que irá a la guerra y que, aunque muchos morirán en ella, «ese es un sacrificio que estoy dispuesto a arrostrar».

Pero no quiero ser injusto con Sir Jacob, un personaje cuyo anacrónico lenguaje siempre me lo ha hecho simpático: estoy seguro de que aceptará con la debida flema el sacrificio de cualquiera de sus cuatro hijos varones, o de todos ellos, en el altar de la patria, si la anunciada guerra se alarga lo bastante.

Desde Suecia a Alemania, desde Gran Bretaña a Francia, los líderes europeos llevan ya meses preparándonos psicológicamente para la guerra con una potencia nuclear, pero estos últimos días se está haciendo ensordecedora. La OTAN ha lanzado una campaña de reclutamiento

Es todo tan siglo XX que da ternura. Veinte años, tenía razón el viejo Gardel, no es nada para esta gente, ni cincuenta. Viven, como su retórica política, en un perpetuo periodo de entreguerras, entre la Conferencia de Múnich (¡buuu!) y el desembarco de Normandía (¡hurra!), en bucle.

Gente mucho más lista y que sabe mucho más que yo me asegura que la propaganda triunfará al final sobre una masa adocenada, que siempre ha acabado funcionando, que irán al frente cantando. Yo tengo serias dudas, precisamente porque, por más que se empeñen, los jóvenes europeos no son los de los años Treinta.

Es cierto que entonces había un verdadero fervor guerrero en buena medida inducido por las propaganda. Pero también muchas otras cosas, como poblaciones homogéneas en los países beligerantes. Los gobernantes podrían tratarles en la práctica con condescendencia, pero no eran tan estúpidos como para hacer expreso su desprecio, como sucede ahora tan a menudo. No pedían a sus varones que se «deconstruyeran» y escaparan de una «masculinidad tóxica» que en el campo de batalla van a necesitar como el comer. Sobre todo, no les hicieron tragar una invasión por parte de poblaciones alejadísimas cultural y geográficamente a la autóctona con absoluto desdén por su opinión.

No sé, Rick: parece falso.

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