El 11-S y Charlie Kirk
El 11-S y Charlie Kirk
Por Rafael Nieto
13 de septiembre de 2026

La casualidad (o, más bien, la Providencia, que no deja casi nada al azar) ha querido que coincidan en el tiempo el 25º aniversario de los atentados yihadistas del 11-S en Nueva York y Washington y el primer aniversario del asesinato de Charlie Kirk, el joven politólogo e influencer que fue tiroteado por un extremista de izquierdas cuando daba una conferencia en el campus de la Universidad del Valle, en Utah. Y aunque ambos hechos son muy distintos en su naturaleza, los dos suponen una herida en el alma nacional estadounidense y, también por extensión, en la conciencia colectiva de Occidente.

La barbarie islamista que organizó y ejecutó la matanza terrorista del 11-S quiso hacer, en 2001 y siguientes, lo que en el fondo trata de hacer también la extrema izquierda de nuestros días (enmascarada en etiquetas ridículas, como «antifa», «black lives matter», etc.): romper el orden moral e institucional sobre el que hemos levantado la civilización occidental, y cuya raíz, obviamente, es el cristianismo. De hecho, verán que la izquierda, allí donde gobierna o donde controla el erario público, trata siempre de defender el islam,  favorecer su expansión y buscar la normalización de sus disparatados planteamientos religiosos y políticos. Ambas ideologías son enemigas declaradas del edificio moral e institucional de Europa y del resto del mundo desarrollado.

Los atentados yihadistas de los que ahora se cumple un cuarto de siglo, y que algunos vivimos con una inexplicable sensación de irrealidad, cambiaron de una manera atroz el modo en que las naciones del mundo se relacionan e interactúan. La expresión de violencia terrorista más salvaje y cruel de cuantas ha conocido la Humanidad instauró en el planeta el «estado de miedo», del que no solamente no hemos podido salir todavía, sino que, en cierto modo, va en aumento. Aquel 11 de septiembre todos vimos cómo al «policía del mundo», prácticamente inexpugnable hasta entonces, le hacían caer de un modo parecido a como lo hizo Gaethje con Topuria el pasado junio, si me permiten el símil pugilístico: de forma inesperada y brutal. Dejándonos a todos sin palabras.

Desde que cayeron las Torres Gemelas como un castillo de naipes quemados, los islamistas saben que van a tener siempre un as bajo la manga que nadie les podrá arrebatar: la posibilidad de perpetrar un atentado que acabe con la paz de nuestras naciones. Los lobos solitarios que aúllan su odio por los barrios de Europa nos han demostrado que es prácticamente imposible impedir que un «soldado de Alá» apuñale hasta la muerte a un inocente, como por desgracia le ocurrió al héroe español Ignacio Echeverría, en Londres. Nosotros tenemos el orden y la ley; ellos tienen las reglas universales de la barbarie contra las que siempre vamos a tener una capacidad defensiva insuficiente, incluso cuando seamos capaces de desbaratar sus enloquecidos planes, o al menos aplazarlos.

El asesinato de Kirk, ocurrido el 10 de septiembre de 2025, quiso ser el sangriento aviso de la extrema izquierda antisistema a aquellos que defendemos los únicos valores que han demostrado ser válidos para garantizar el bien común, que son los valores cristianos. En la sangre derramada del joven patriota americano estaba representada la dignidad de un pueblo, el americano, cansado de muchos años de aberraciones morales ejecutadas por los demócratas Clinton, Obama y Biden. Era él, ese joven esposo y padre que estaba a punto de convertirse al catolicismo, quien tenía la voz de los americanos, quien llegaba a millones de personas en todo el mundo que portaban la misma bandera que él: la bandera de la libertad frente al odio.

Hoy, en 2026, el mundo es peor que hace un cuarto de siglo. Europa está moralmente devastada, Estados Unidos tiene enemigos cada vez más sedientos de venganza, y China se viste de nuevo amo del planeta con su modelo de comunismo capitalista. Estamos peor, y sin embargo tenemos la semilla que han plantado Charlie Kirk y todos los que, como él, no se resignan a darse por vencidos. La semilla del bien, que es indestructible porque lleva el signo de Dios. No podemos ser pesimistas porque, a pesar de que es mucha la tierra quemada, tenemos el inmenso deber de seguir sembrando para nuestros hijos.

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