El burro y el elefante
El burro y el elefante
Por Jesús Laínz
19 de octubre de 2026

El 7 de octubre Marco Rubio, el cubano del gobierno Trump, pronunció en Atenas un discurso que, junto al de su compañero James D. Vance en enero de 2025 en Munich, pasará a los anales como una de las últimas defensas pacíficas de la civilización occidental. No tardará en llegar el momento del pelotón de Spengler.

En él recordó el papel de Grecia como piedra fundacional de eso que seguimos llamando a duras penas Europa y Occidente: la filosofía, la razón, el afán de conocimiento, las matemáticas, la ciencia, el arte, la democracia… Su blasfemia llegó hasta la mención a Platón, Aristóteles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Tomás Moro, Magallanes, Colón, Julio César, Carlomagno y Hernan Cortés como figuras constructoras de nuestra civilización.

Pero lo más importante fueron sus reflexiones sobre las causas que han provocado las hermosas consecuencias que podemos contemplar cada día en el televisor: la vergüenza que los occidentales tienen de sí mismos, de sus patrias, sus ancestros y su actual bienestar; el derribo de nuestros monumentos, la condena de nuestra historia, la conversión del concepto de nación en algo peyorativo y, por consiguiente, la entrega permanente de soberanía a burocracias globales inelegidas e incontrolables.

Y para terminar —¡pecado mortal!— declaró su deseo de que llegue el momento en el que poder colaborar con gobiernos europeos afines «en la protección de las fronteras de Europa ante la amenaza de la inmigración masiva».

El vicepresidente Vance había subrayado también que, de no corregir su rumbo, Europa va a desaparecer en breve a causa de la sustitución de su población por millones de personas provenientes de otros continentes y ajenas cuando no hostiles a sus valores milenarios. Y poco después su gobierno publicó el informe sobre estrategia de seguridad nacional en el que proclamó su interés en que «Europa siga siendo europea y recupere la confianza en su civilización».

El propio Trump, con motivo del vandalismo de izquierdistas e inmigrantes en Francia estos mismos días, ha escrito que «la inmigración de gente de un mundo completamente distinto, gente con odio en sus corazones, ha sacudido ese país antaño grande. ¡Cierren sus fronteras y recuperen el control antes de que sea demasiado tarde!»

Esta nueva orientación del partido del elefante ha supuesto una revolución en la política de unos Estados Unidos que han sido los principales creadores, impulsores y beneficiarios del nuevo orden surgido en 1945, basado precisamente en el remordimiento occidental, la disolución de las naciones, la inmigración afroasiática y el avance hacia el gobierno mundial.

Éstas siguen siendo, por el contrario, las bases ideológicas del partido del burro, compañero de los izquierdistas europeos en las nuevas causas de enfrentamiento que vinieron a sustituir la lucha de clases cuando éstas dejaron de existir: ideología de género, dogma calentológico, feminismo superfluo, igualitarismo enfermizo y, sobre todo, racismo antiblanco, eso que ahora se camufla bajo el neologismo woke. En los años sesenta destacó el eterno aspirante demócrata Jesse Jackson en su apoyo a las campañas deseuropeizadoras de los contenidos educativos; y en 1998 Bill Clinton anunció con satisfacción, en un discurso ante universitarios, que en cincuenta años los blancos habrían dejado de ser mayoría, palabras que sus blancos oyentes, amargados por ser blancos, aplaudieron alborozados.

A pesar de todas las similitudes entre ambos partidos, que son muchas sobre todo en política exterior —ésa que Trump dijo que iba a cambiar pero que, trágicamente, no ha hecho puesto que ha continuado obedientemente por el camino trazado hace cuarenta años por esos neocons a los que tanto denostó mientras estuvo en campaña—, ésta es la gran diferencia entre ambos partidos, y no es precisamente superficial. Los del partido del burro son los enemigos internos de Occidente, y los del elefante, recientes rectificadores de una trayectoria suicida que ha durado ochenta años.

Sólo Dios sabe si los autores de este radical golpe de timón podrán continuar en los años venideros o si los errores de Trump acabarán provocando una resaca imparable hacia la situación anterior, con un Partido Demócrata fortalecido y un Partido Republicano regresando arrepentido a la inutilidad.

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