El deber moral
El deber moral
Por Rafael Nieto
4 de octubre de 2026

Corremos el riesgo de pensar, en esta abrumadora decadencia de la Humanidad en que nos encontramos, que no hay nada medianamente rescatable en el mundo actual. Sería un error parecido al de pensar que todos los niños que van a nacer hoy, o mañana, serán inevitablemente víctimas del desfondamiento moral de nuestra civilización, cosa que por supuesto no es cierta, ya que dentro de cada alma humana está impreso el sello del bien desde incluso antes de nacer. Es un sello indeleble, impreso por las manos de Dios y que dura eternamente.

Smit Machchhar y Yaniv Hayoun probablemente no tenían ninguna vocación de héroes. Y sin embargo, la vida les ha puesto a prueba para que lo sean, atendiendo exclusivamente al criterio moral que debe dirigir los actos de las personas. Uno es piloto de aviones, el otro es fontanero, pero sin que nadie les avisara ni siquiera un día antes, sin poder imaginar el destino que les esperaba, se vieron dentro de un aparato, a 12.000 pies de altura, con un terrorista que deseaba acabar con las vidas de todos los pasajeros y la tripulación.

Smit y Yaniv, declarados héroes nacionales por el Gobierno de Israel, salvaron a 182 personas que, durante unos segundos que, seguro, se les hicieron eternos, vieron caer en picado el avión de Flydubai en el que viajaban desde Emiratos Árabes hasta Tel Aviv. El copiloto, quien presuntamente habría recibido formación yihadista, estaba decidido a asesinar al capitán del vuelo y después estrellar el aparato, en lo que hubiera sido una nueva masacre terrorista. No lo consiguió porque hubo dos hombres que pusieron el deber moral por delante de todo.

Porque el deber moral no consiste solamente en demostrar valentía o audacia, aunque estas virtudes sean imprescindibles en circunstancias como las de este caso. Por encima de ellas, priman el instinto natural de supervivencia, el amor al prójimo y la sed de justicia. Smit, el capitán acuchillado varias veces por quien había sido su compañero de cabina, se arrastró por el suelo, ensangrentado y tembloroso, pero firme y decidido a la vez, porque sabía que abriendo la puerta de seguridad, evitar la tragedia era todavía posible. Y así fue.

Después, Yaniv, acompañado por otros pasajeros, redujo al terrorista hasta dejarlo sin posibilidad de seguir su ataque, y como si lo hubiera hecho durante toda su vida, tomó los mandos del avión «según lo que había visto en programas de supervivencia por TV», tirando fuertemente de los mandos hacia arriba para enderezar el curso del vuelo. Se podía haber quedado en su asiento gritando, como los demás. Nadie le hubiese reprochado nada en ese caso porque «el miedo es libre«. Pero él decidió acudir a la llamada de su deber y de su conciencia.

En Smit, en Yaniv y en todas las almas nobles, el peso de la bondad y del deseo de justicia es muy superior al de la influencia lamentable de la decadencia moral que nos rodea a todos. Hay, sin duda, una influencia de la educación recibida, tanto en la familia como en las instituciones educativas. Pero, sobre todo, hay un sustrato espiritual que no se conforma con aceptar el triunfo del mal cuando el bien es todavía posible. Que no duda en dar ese primer paso, ¡tan difícil de dar para la mayoría!, que convierte en héroes a personas normales.

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