El dedito
El dedito
Por David Cerdá
28 de mayo de 2026

«El moralista es, con frecuencia, alguien que se ocupa más de los pecados de los demás que de los suyos propios», escribía Henri-Frédéric Amiel. Esta es una de las paradojas de nuestro tiempo, la de creer que la moral —que es un proyecto personal e intransferible que tiene por fin autoperfeccionarse— sirve, en cambio, para señalar a los otros. Lo que debería servir para afinar la propia conciencia lo emplean demasiados para avergonzar la ajena y por tanto para poder sentirse, con esta maniobra, superior al otro.

Si alguien ha explicado esto bien, es nuestro Javier Gomá en Ejemplaridad pública; con la mala suerte de que debe haber unas mil personas que utilizan esa expresión, «ejemplaridad pública», mal y para atizar a los demás, por cada una que, por haberle leído, la utiliza adecuadamente. Explica Gomá que la ejemplaridad no es algo que se exige a los demás, sino, justo al revés, lo que uno ha de exigirse al ser expuesto a la ejemplaridad ajena. Si quieren saber quiénes lo entienden peor en el arco ideológico de nuestro país comprueben quienes les niegan una y otra vez una calle o una estatua a Ignacio Echeverría; a fin de cuentas, un héroe es una afrenta para los mediocres.

Decía Oscar Wilde que la moral es simplemente la actitud que adoptamos hacia las personas que no nos gustan. Bien, no es así, pero me sirve para explicar unas derivas más actuales y tontas de la historia, lo de «estar en el lado correcto de la historia». Tanto se ha sobado la expresión —tanto ha querido apropiársela la izquierda— que ha terminado por ser un detector casi infalible de idiotas. No quiere esto decir que no haya veces en las que, efectivamente, hay dos lados nítidamente escindibles, el bueno y el malo, como ocurrió, por ejemplo, en la lucha contra el nazismo. Pero en el momento en el que adoradores de la extinta URSS se quieren poner en ese primoroso lado, quien sabe algo de historia no puede evitar una risa, puesto que el gran muñidor de aquella, Iosif Stalin, estuvo dando saltitos entre ambos lados según le convino, y básicamente hasta que Adolf decidió hacer lo que ya había anunciado en Mein Kampf.

Usar la moral para considerarte de los buenos es no entender qué es la moral, y además usar esa ignorancia como un ariete de la propia arrogancia. La moral es la respuesta a la pregunta por qué es lo que hace que la vida humana sea justa y buena, que merezca la pena vivirse. Como investigación, no es de nadie, pertenece a la humanidad entera; como aspiración es igualmente universal y por lo tanto ajena a cualquier polo político. Si quieren detectar al moralista, el procedimiento es fácil: aquel que, al abordar lo justo, habla mucho más de los demás que de sus propias faltas.

«Los moralistas son personas que rascan donde a otros les pica», decía Samuel Beckett; en nuestro tiempo, además de rascar, lo retransmiten en directo. El moralismo contemporáneo tiene mucho de espectáculo, de plaza pública digital en la que el dedo acusador ya no solo señala: busca cámara, aplauso y eco. En la era del narcisismo ya no basta con acusar; hay que hacerlo visible, repetido, amplificado. Las redes sociales han convertido el gesto íntimo del dedito en una coreografía colectiva donde cada cual ensaya su papel de fiscal improvisado. Algo de esto anticipó Black Mirror en “Nosedive”, ese episodio en el que cada gesto cotidiano se convierte en un plebiscito moral y social retransmitido en tiempo real. Cada sonrisa, cada frase y cada indignación se subordinan a la puntuación pública. Hacia ahí deriva buena parte del moralismo contemporáneo: hacia la exhibición permanente de una supuesta superioridad ética. 

Entretanto, ni rastro del proceso esencial de la moral que es el examen de conciencia: ya no se examina uno a sí mismo en silencio, sino que se escenifica el examen del otro en voz alta. No obstante, cuanto más ruido produce ese juicio, menos contenido moral tiene, puesto que la moral, cuando es auténtica, tiende al recogimiento, a la duda, incluso a la incomodidad consigo mismo. Por el contrario, el moralismo es autoindulgente, y locuaz como lo son los amantes sarnosos que cuentan a cuantos pueden sus conquistas.

Hay en todo esto una inversión que tenemos que analizar sin falta: lo difícil —gobernarse, corregirse, exigirse— ha quedado relegado, mientras que lo fácil —señalar, simplificar, condenar— lo han elevado algunos a virtud cívica. Todavía recuerdo a esa caterva que persiguió a una mujer hasta intentar que la despidieran porque la tele la grabó, achispada, diciendo que votaría a Vox en las próximas elecciones. Estamos ante una especie de inflación moral: hay demasiada gente hablando de justicia, de dignidad y de valores en proporción a la que se está ocupando de hacer todas esas cosas. Y eso porque el hipócrita jamás contempla lo moral en primera persona. 

Juzgar mucho cuesta poco. No requiere sacrificio, ni coherencia, ni el incómodo —pero adulto— ejercicio de mirarse al espejo sin coartadas. Por eso prolifera y seduce, cosecha likes, etcétera. Permite sentirse estupendamente superior a los demás sin levantarse del sofá y con apenas unos hashtags o lacitos prendidos de la solapa. Y quizá por eso mismo irrita tanto la verdadera ejemplaridad, que no acusa, no grita y no exhibe; simplemente está ahí, obligándonos —si queremos ser honestos— a compararnos con algo que solo podemos caricaturizar denigrándonos.

Cuenta la tradición que Diógenes caminaba a plena luz del día con una lámpara encendida buscando «un hombre honesto». Hoy seguramente avanzaría despacio entre legiones de acusadores públicos y encontraría muy pocos candidatos. Lo peor del moralismo no es que juzgue —juzgar es inevitable y hasta necesario—, sino que lo haga siempre hacia fuera. El dedito apunta con precisión quirúrgica al vecino, al adversario, al personaje público, pero rara vez gira sobre sí mismo. Esa sería la revolución más simple y difícil al mismo tiempo; como decía Confucio, al señalar a alguien, deberíamos recordar que al menos tres dedos nos apuntan. No hay que eliminar el juicio, sino aplicarse, ante todo, el cuento. Sobra gente dispuesta a señalar el camino y falta gente interesada en recorrerlo.

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