Antes de que un país se caiga a pedazos, ha habido una labor previa. Un arduo trabajo de demolición, intenso, concienzudo. Un proceso de inversión jerárquica que ha permitido a los peores hacerse con los mandos del sistema. La consolidación de un clima adecuado para el fermento de los ególatras, los narcisistas, los psicópatas, los degenerados. La apoteosis de un régimen tan sumamente cuarteado en sus pilares que ha permitido que por entre sus grietas se cuele a diario un frío calamitoso de impunidad, una letal gelidez asesina.
Así se gesta el derrumbe de una nación. Poco a poco, sin grandes convulsiones, sin alterar apenas el pulso cotidiano. Con perseverancia, desde luego, insistiendo en una misma dirección, día tras día, año tras año, un trabajo de pico y pala, hasta que el despropósito y la negligencia se vuelven sustancia vital, alimento del que se nutre la mentalidad colectiva.
Funcionan los sistemas de sedación en masa: un poco de pan, ingentes cantidades de circo. Niños que van al colegio y no aprenden ni lo básico, durante décadas. Una generación condenada a cumplir la treintena bajo el techo de sus padres. Arrasamiento del tejido industrial y abandono del sector primario. Colapso de los servicios públicos. Un proyecto delirante de ingeniería demográfica encaminado a disolver el principio de identidad y fragmentar la sociedad hasta extremos aún inimaginables. En lugar de empleos estables y salarios dignos, una red de subsidios que, bajo la falacia nominativa de «Escudo social», desincentiva la búsqueda de trabajo y genera una masa de desclasados cautivos del poder al que le deben su supervivencia.
Pero no sucede nada. La vida sigue. Un poco más precaria cada día, eso sí. El horizonte de nuestras expectativas se encoge. Se aprende a vivir con menos. «Qué se le va a hacer. Los políticos, ya se sabe. Todo está podrido», es la reacción más común mientras los síntomas del deterioro se suceden. En los rostros se insinúa un leve rictus de desaprobación, desde luego. Pero, a la vez, la conciencia individual aprende a sepultarse bajo un caparazón de conformismo. Hay que apañarse con lo que hay.
Entretanto, el objetivo del gobierno no es exactamente de naturaleza política. Trasciende cualquier fenómeno que hayamos conocido hasta la fecha. En pocas palabas, aspira a distorsionar la percepción que tiene de la realidad una porción significativa del electorado. Se pretende que lo excepcional se convierta en norma, que la iniquidad y el horror, la ineptitud y el nepotismo sean una costumbre que incorporemos a nuestras vidas con la naturalidad del que se habitúa a respirar un aire viciado.
Alrededor de ese propósito estratégico orbita la acción del gobierno. Parasitar las instituciones, asfixiar impositivamente a la clase media (no hay tiranía sin extracción de recursos), intoxicar las mentes mediante una maquinaria propagandística manejada por una caterva de estómagos bien cebados, todo eso apunta a un doble fin: por una parte, trazar una línea de férrea demarcación emocional entre buenos y malos, adeptos y disidentes, que destruye la convivencia; por otra, sumergirnos en la pura simulación, degradarnos a súbditos y partícipes de su imperio de la mentira y, de ese modo, envilecernos hasta un punto en que ya no nos sintamos revestidos de la suficiente fuerza moral como para denunciar la ignominia.
Esta corrosión de los principios de decencia básica sobre los que se sostiene una sociedad rinde sus frutos, no hay duda. La oligarquía corrupta que nos gobierna, a la vez que somete a la nación a un desguace implacable, a un obsceno expolio de malversaciones, exhibe un vistoso trampantojo tras el que se oculta un panorama de ruinas. Pero llega un momento en que los velos caen. Aflora la inmensa perversión del régimen, las entrañas hediondas de quienes manejan sus resortes. Desde el engaño de la tesis plagiada hasta el paisaje de hierros retorcidos y vidas segadas en Urda, pasando por la criminal ausencia de respuesta inmediata en las inundaciones de Valencia, el gran apagón, Adamuz o Ceuta, hay una línea de puntos que, al unirlos, componen un esbozo que, nos guste o no, es lo que hay, y porque es lo que hay, en algún momento habrá que empezar a reconstruirlo. Es, en definitiva, el dibujo estremecedor, apenas creíble hace no tantos años, de una nación derruida.