El espectáculo de la fe: lo que va de Madrid a París
El espectáculo de la fe: lo que va de Madrid a París
Por José Javier Esparza
29 de septiembre de 2026

Los actos centrales de la visita del papa León XIV han sido un portentoso espectáculo de fe colectiva. Es inevitable compararlos con los actos que rodearon su visita a Madrid. Todo lo que en Madrid fue un espectáculo ramplón y campechano, con locutores futboleros y demás, en el Stade de France de Saint-Denis, París, ha sido una puesta en escena prodigiosa y un estimulante ejercicio de proyección histórica de la cristiandad. Es llamativo, porque, puestos a comparar historias, la de la Iglesia española es incomparable. Pero el peso esencial de los actos de París lo han llevado unos seglares comprometidos, De Villiers y su círculo (los del Puy du Fou), mientras que los de Madrid descansaron en un prelado funcionarial y progresista (el mismo que entregó el Valle de los Caídos). Los resultados son elocuentes: que levante la mano quien no haya sentido una sanísima envidia de la ceremonia parisina (y ese que levante la mano, que se lo haga mirar).

El secreto de la ceremonia de París está en la fuerza del ritual. Toda religión tiene una dimensión ritual que es absolutamente decisiva: además de la dogmática y la moral, y junto a ellas, es el ritual lo que permite a los fieles reconocerse como comunidad, como fraternidad, como miembros de algo que va más allá de sí mismos. Lo ritual no es sólo la liturgia (que también); es todo lo que pone en escena las propias convicciones y la identidad colectiva. En el último medio siglo, la Iglesia católica, en general, ha cometido el inmenso error de infravalorar lo ritual —allanándolo, empobreciéndolo, desnudándolo, debilitándolo— en la errónea creencia de que es algo superficial, secundario, que estorba para la genuina expresión de la fe. La Iglesia francesa no está libre de ese pecado, y basta recordar la discutibilísima ceremonia de reapertura de Notre Dame. Pero no, es al revés: el ritual expresa estéticamente la fe. Por consiguiente, unos rituales crecientemente pauperizados sólo pueden invitar a la erosión de la fe colectiva. Lo mismo ocurre con la rememoración de la propia historia, que no es un ejercicio de «pasadismo» (¿pensar así no es un ejercicio de «progresismo»?), sino que es una herramienta fundamental para que las personas sepan quiénes son y dónde están, y por qué es importante el lugar que ocupan en el mundo.

De ahí el acierto de París al hacer desfilar a todos los santos ante el papa, recordando qué ha sido comunitariamente la cristiandad francesa, incluso —y sobre todo— con la aparición estelar de Juana de Arco a caballo. Porque Juana de Arco no es sólo una santa, sino que una santa nacional, una figura absolutamente incardinada en la comunidad histórica. Hay que suponer que aquí también el mérito ha sido de De Villiers, porque Juana de Arco provoca en el episcopado francés de los tiempos recientes casi tanto sarpullido como Santiago Matamoros en el episcopado español actual. Y esta es otra dimensión que hay que subrayar: lo nacional. Por supuesto que la Iglesia católica es universal (lo es por definición), pero se expresa a través de personas concretas en contextos históricos y espaciales concretos, en espacios nacionales, espacios donde la religión ha sido, precisamente, uno de los principales elementos de cohesión, de comunión. En nuestro caso, lo católico es objetivamente inseparable de la historia de España, del mismo modo que la historia del catolicismo no puede entenderse sin la historia de España. Pero aquí, recordemos, tuvo que venir un papa norteamericano para recordarnos a todos en las Cortes lo importante que fue la Escuela de Salamanca, por ejemplo.

«La República es laica, Francia es católica», coincidían varios comentaristas después de la multitudinaria afluencia popular a todos los actos con León XIV. Es verdad. Lo mismo podría decirse de España. Y en ambos casos, con una nota común: todo el sistema de poder se ha propuesto desde hace mucho tiempo que la religión desaparezca de la vida colectiva, junto a los demás rasgos de nuestras identidades históricas. Hoy la gran batalla que se nos plantea a los europeos es precisamente esa de la identidad: seguir siendo lo que somos frente a la fuerza homogeneizadora del globalismo y la ola desintegradora de la inmigración masiva, que son dos formas de nihilismo. No es seguro que la Iglesia, institucionalmente hablando, lo haya entendido. Pero los católicos, por lo que se ha visto en Francia, sí lo han hecho. Y eso es una magnífica noticia. 

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