El hombre que ríe
El hombre que ríe
Por Carlos Esteban
27 de junio de 2026

Es ese momento de la película en que el ‘malo’ estalla en una carcajada, porque ya no tiene que disimular: ha ganado. Tiene todas las cartas y ya no necesita seguir fingiendo. Normalmente, al menos en las películas de James Bond, coincide con el instante en que empieza a confesar con detalle todo su maquiavélico plan.

Sánchez nos ha ahorrado esa segunda parte, quizá porque podría tener consecuencias judiciales inmediatas, pero nos ha dado su risa. El Congreso de los Diputados ha instado a Pedro Sánchez, en una moción ganada por mayoría, a someterse a una cuestión de confianza y a asumir responsabilidades políticas, incluida su dimisión, por los casos de corrupción que afectan a su entorno. Y él ha respondido a la oposición de una mayoría de representantes de la ciudadanía, en una democracia, con una risita de burla y triunfo.

Para que un sistema funcione no es necesario que se crea en él, pero sí que se pretenda verosímilmente que se cree en él. Y a pesar de que desde hace tiempo hemos ido saludando cada desmán de Sánchez contra las instituciones que mantienen en pie el sistema como el epitafio de nuestra democracia, creo que, al menos visualmente, cinematográficamente, el momento es este.

En esa risa hay mucho más que en cualquiera de sus discursos o declaraciones a la prensa. Sonaba a un abogado que, gracias a un defecto de forma, logra la absolución de su cliente, un capo de la mafia cuyos crímenes han quedado demostrados.

Aunque hay un detalle más en esa risita, algo aún más indignante que su desprecio por la ciudadanía, y es su desprecio por sus enemigos políticos. Porque ese desprecio está totalmente justificado. Con esa risa les está diciendo: «Sois patéticos. Organizáis todo este circo inútil, esta mascarada, para tranquilizar vuestra conciencia o, mejor, para justificaros ante vuestros votantes, para decirles que no queréis veros implicados en mi corrupción. Pero sin pagar el precio, sin perder nada. Por eso no os atrevéis con una moción de censura: os da miedo ganar. Y a muchos otros os gusta lo que os doy».

Pero aún hay un tercer tono en esa risa, algo que la hace más natural, casi irreprimible: alivio. Ahora sabe que con esa caterva de paniaguados no tiene nada que temer. No sólo que apenas sirven para otra cosa que para declamar y gesticular, sino que, aunque él haga mangas y capirotes con las instituciones, ellos no van a sacar los pies del plato.

Estos días ha estallado un debate en redes sobre la ‘genialidad’ de Sánchez, capaz de batir a todos sus enemigos y a salirse siempre con la suya. No comparto esa visión. Creo sinceramente que Sánchez es tan mediocre como parece, aunque en un momento en que la clase política no sobresale precisamente por su brillantez.

Pero no es ese el verdadero secreto de su éxito. La razón por la que ha triunfado sobre todos es porque carece absolutamente de escrúpulos. Hasta ahora no hemos andado escasos de canallitas en el panorama político, pero quien más, quien menos, todos parecían tener un límite, alguna barrera que sentían escrúpulos en traspasar, aunque fuera por vergüenza. Sánchez no tiene de eso. Ese es todo su misterio.

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