El maletilla
El maletilla
Por Carlos Esteban
5 de marzo de 2026

Si una noche, de madrugada, os encontráis en un garito infecto un pobre tipo solo ahogando sus penas en alcohol, no os precipitéis en concluir que estáis ante un amante abandonado por su amada: podría ser perfectamente un periodista de Internacional.

El mundo no tiene consuelo para el redactor de Internacional. Los expertos en Geopolítica, los auténticos y los sobrevenidos, tienen su día en la escena pública, brillan como fuegos fatuos, en un efímero instante de gloria. Pero el jornalero de la información exterior no tiene dónde recostar la cabeza.

Es la sección que, tradicionalmente, todo el mundo se saltaba cuando existían los diarios de papel (me dicen que siguen existiendo, sospecho que es solo un rumor), que todo el mundo aprovechaba para ir al cuarto de baño en los telediarios. «Toda información es local», vengo oyendo desde que pisé por primera vez una redacción, y he tenido ocasión de comprobarlo amargamente. No hay globalización en el interés, desengáñense.

Y a la amargura de ver ignorada la labor del día, de la semana, del mes, se suma ocasionalmente la proliferación, como setas en un otoño húmedo, de expertos que con dos chicuelinas y un pase de pecho despachan la espuma de lo que lleva décadas larvándose y ocupando tus vigilias. ¡Porca miseria!

El imperio ha iniciado otra guerra, y quien más, quien menos, todo hijo de vecino se alista de boquilla en uno de los bandos, guerreros del teclado. Pero el banderín de enganche lo pone la política local, los partidos y sus fobias y filias, sus entramados de alianzas electorales.

Nuestro cacique interno, que ya se ve con el traje de rayas como capo di tutti capi de una banda de facinerosos con coche oficial, tira para adelante y elige bando y postura con el mismo cálculo que le llevó a amnistiar a los perpetradores de un golpe de Estado en Cataluña: salvar el culo atrincherado en la Moncloa.

Y la maniobra no deja de ser astuta, por mucho que traiga males sin cuento sobre la posición española en la escena internacional y ponga en aprietos a sus socios europeos. Por más que toda su carrera política parezca diseñada para acelerar la destrucción perfecta de España, Sánchez conoce a su parroquia; su instinto de supervivencia política huele los tiempos y el sistema límbico carpetovetónico, numantino, del votante patrio.

Sánchez se ha echado al monte, que pocas cosas hay tan españolas. Ha adoptado el papel del héroe solitario, del Guerrero del Antifaz y el Llanero Solitario. No hay lema más cañí que el elegido por Bernardo de Gálvez al concedérsele un escudo de armas tras la victoria en Pensacola: Yo solo.

Porque ante las urnas la emoción gana por goleada a la razón cada vez, y por más que nos pese y nos tiremos de los pelos, lo que ha hecho Sánchez, suicida para unos, desastroso para otros, incomprensible para tantos, funciona. La estampa es estética, para qué negarlo, la del hombre que salta al ruedo y se enfrenta con un trapo rojo a un morlaco de seiscientos kilos.

Sánchez, sin posibilidad realista de alianza con China o Rusia, contra el consenso de los socios europeos que le han amparado hasta ahora, le hace un corte de mangas al hombre más poderoso del planeta. Las bofetadas las recibiremos nosotros, claro, y para él, que se ha asegurado el futuro personal, el riesgo individual es mínimo. Pero el cuadro es poderoso, no nos engañemos.

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