El manifiesto de la vieja (muy vieja) guardia
El manifiesto de la vieja (muy vieja) guardia
Por José Javier Esparza
29 de julio de 2025

Miguel Ríos, Ana Belén, Serrat, Almodóvar, Víctor Manuel… Todos apoyan a Pedro. No hemos prestado suficiente atención al extravagante manifiesto firmado por esta gente (y otra del mismo ramo) y presentado hace poco en medio de una indiferencia prácticamente universal. Hace diez, quince, veinte años, ¡qué ríos de tinta no habrían corrido por el valiente alegato de los habituales intelectuales-y-artistas del régimen! Hoy, sin embargo, apenas unos minutos en las cadenas públicas, las controladas por el poder, y alguna de las innumerables concertadas. En el resto, silencio. Todo lo más, un suave eco, casi un rumor, como el que nace de la fría piedra de los mausoleos de otro tiempo.

De otro tiempo, en efecto: ha sido la estampa de otro tiempo, y esto es lo más relevante de todo, lo más patético, como un dolor de nostalgia que cada vez menos gente está en condiciones de compartir. Se acordaba uno de aquellos espectáculos crepusculares de los últimos años del régimen soviético, aquellas tribunas cuando los desfiles en la Plaza Roja, abarrotadas de provectos ancianos profusamente condecorados y regularmente alcoholizados, imagen viva de un orden político en acelerada descomposición. Esas poses como de estatua perdida en un museo, esas miradas oblicuas al camarada de al lado —sí, ese mismo camarada al que un día quisiste matar por miedo a que él te matara a ti—, esas mentes ancladas en un tiempo muerto sin remedio, todos ahí, en la tribuna de autoridades, fingiendo que la Unión Soviética era la patria mundial del proletariado mientras, dos calles más abajo, los ratones corrían por los estantes vacíos de cualquier economato estatal.

Miguel Belén, Ana Manuel, Víctor Ríos, Serrodóvar y Almorrat, da todo igual ya, todo se confunde en la misma memoria perdida, en la misma añoranza zombi de un mundo que se fue: sonrisas de marchita supremacía moral en el desfile de las últimas legiones rojas, unas legiones hechas de fantasmas como ellos, hijos (hoy, ya, abuelos) de aquella España que les reía las gracias y los elevaba a la condición de faro moral de la Ciudad. Los intelectuales-y-artistas de un mundo donde nadie podía ser intelectual o artista si no lo decían ellos, si no te expedían el preceptivo carné de progre. Un manifiesto, Dios de mi vida, ¡un manifiesto! ¿Pero quién carajo lee hoy un manifiesto? Me parece que fue Torrente Ballester el que ventiló una crítica teatral con el siguiente texto, casi una greguería: “Fulanito de Tal estrenó ayer su última obra. ¿Por qué?”. Esto es un poco lo mismo: ¿por qué? ¿Por qué os empeñáis en mostraros, abajofirmantes de la progredumbre nacional, como las esfinges soviéticas de la Plaza Roja, cuando todo el mundo —todo— sabe que esto ha acabado ya?

En el mismo momento en que nuestros héroes perpetraban su tal vez último —ojalá— ejercicio de superioridad moral, cualquier ciudadano medianamente informado conocía las andanzas de los ratones en el economato vacío: las sabias instrucciones de Koldo a las tías para que entreabrieran la camisa mostrando busto, las intrépidas volteretas financieras del universo prostibulario que impulsó a Sánchez, el desahogo de los compañeros del partido para repartirse los dineros públicos, el servilismo reptil con el que los trepas profesionales buscaban la aprobación del amo, la desfachatez de una banda de truhanes que osó presentarse (bien por la prensa española, ¿eh?) como adalid de la moral… Y bien, sí, la vieja guardia sabe todo esto, claro que lo sabe, pero en el último rincón de su cartuchera, justo al lado de la petaca de vodka, guarda un argumento definitivo: “O nosotros o el fascismo”. Es lo que decían los viejos jerarcas del geriátrico soviético y es lo que dicen los casi tan viejos —más vistosos, eso sí— jerarcas de la superioridad moral de la izquierda: “O nosotros o el fascismo”. Nunca pensaron que la gente, un día, pudiera contestar: “¡El fascismo, por favor, que venga el fascismo!”.

De las viejas esfinges etílicas de la Plaza Roja ya nadie se acuerda. Llegó el viento de la historia y las borró como a un montón de hojarasca. Poca gente es capaz de repetir ya sus nombres: Chernenko, Tijonov, Ustinov, Andropov. Corre ahora por ahí, en la plaza vacía, un niño que pregunta: “Papá, ¿quién es Miguel Ríos?”. ¡Y el padre ya no lo sabe! Fiera venganza la del tiempo, canta el tango.

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