Todas las falacias lógicas tienen sus consecuencias en la vida real cuando pasan desapercibidas, pero si hay una que ha causado millones de muertos a lo largo de la Historia y la continuación de procesos atroces que hubiera sido relativamente sencillo detener en su origen es el sesgo de normalidad: lo que no ha ocurrido nunca en nuestra experiencia vital no va a suceder.
Somos muchos los que nos hemos preguntado alguna vez por qué tantos contrarrevolucionarios acabaron guillotinados en el París de la Revolución: ¿no veían claramente hacia dónde se encaminaba el proceso? ¿Por qué no escaparon antes, cuando aún estaban a tiempo? Lo mismo puede decirse de la Rusia de 1917, o del Madrid de 1936.
La respuesta es que nos cuesta enormemente concebir en la práctica, no en la teoría, lo que no hemos vivido, sobre todo cuanto más alejado esté lo que viene de nuestra experiencia consolidada a lo largo de décadas. Uno puede teorizar hasta el hartazgo sobre una hambruna que se acerca y no acaparar latas, como si toda su propia argumentación fuera un ejercicio literario. En español tenemos incluso una sutil distinción para entender la distancia entre una y otra cosa: la diferencia entre «creerlo» y «creérselo».
En este y otros muchos medios llevamos ya tiempo argumentando que el andamiaje institucional que nos protege de la tiranía ha dejado de funcionar. Pero nadie se atreve a formular el inevitable corolario. Lo que vemos son partidos y políticos que cada vez hablan con mayor contundencia sobre la anarcotiranía que estamos viviendo y siguen actuando en su actividad cotidiana como si nada hubiera cambiado, como si las estructuras fueran razonablemente sólidas. Pero esa disonancia cognitiva puede ser nuestra perdición.
Las palabras tienen que tener consecuencias, o es mejor callarse. Si «tiranía», «golpe», «régimen» o «quiebra del Estado de Derecho» describen realmente lo que está ocurriendo, resulta absurdo comportarse después como si fueran simples hipérboles de mitin. Lo insostenible es mantener simultáneamente que las reglas fundamentales han sido destruidas y que basta con seguir jugando conforme a ellas hasta que llegue nuestro turno.
Entiendo que las acciones a las que puedan empujarnos la conclusión son pavorosas, y a ignorarlas nos ayuda ese fatal sesgo de normalidad. Salimos a la calle y todo parece razonablemente normal, igual que ayer, en cualquier caso. Es como si esperásemos una señal que, evidente, no va a llegar salvo, quizá, cuando ya sea demasiado tarde para reaccionar.
Nos paraliza el miedo a lo desconocido y esa esperanza que tan a menudo triunfa sobre la experiencia. En este caso, no la experiencia personal, sino la histórica. Porque una de las grandes paradojas de esta imposibilidad para adentrarnos por «terra incognita» es que, al mismo tiempo, estamos enormemente orgullosos y satisfechos con instituciones y derechos, libertades y logros que se obtuvieron, precisamente, rompiendo el marco de instituciones anteriores.
Hemos hecho inconcebibles justo todas las salidas que aplicaron nuestros ancestros para obtener algunas de las cosas que más valoramos en nuestras sociedades. Seguimos diciendo pestes del mecanismo político que nos ha llevado a este callejón sin salida, sentenciamos su absoluta inoperancia, pero al mismo tiempo seguimos buscando la solución dentro del mismo mecanismo roto.
Pero la pregunta sigue ahí, cada vez más perentoria: ¿qué ocurre cuando se agota la última solución prevista por el propio sistema?
Nos asusta incluso formularla, como un tabú tribal. Hemos nacido en un mundo en el que cualquier conflicto político imaginable debía resolverse mediante elecciones, tribunales, parlamentos y procedimientos. Hemos convertido una afortunada experiencia de unas pocas décadas en una ley de la Historia. Y no lo es.