El mercado de la invivienda
El mercado de la invivienda
Por Hughes
2 de octubre de 2026

Mientras se perpetran estas líneas, se ignora el destino de los decretos aprobados por el gobierno o mejor, del decreto pensado para ser aprobado.

El fracaso parlamentario no sería tan grave para el PSOE, que ha encontrado algo a lo que agarrarse electoralmente.

El intervencionismo socialista empeorará el mercado, pero es un acierto político porque explota una realidad. El paripé de Sol está orquestado, es cine español, pero la vivienda es un infierno en España, un problema real, y grave, que pudo haber contado la derecha, sin hacerlo. Lo hizo Vox, claro, pero sin el altavoz del Sistema.

Llevamos años oyendo que la izquierda olvida lo material. Que se centró en asuntos de identidad y olvidó lo serio. Pues eso se acaba con la vivienda. La vivienda es una realidad material candente y uno de los asuntos fundamentales para la izquierda occidental.

La izquierda actual es la teología de Gaza, y la materialidad de la vivienda, una de esas situaciones autogeneradas en las que la izquierda puede fabricar su propia clientela. Porque la situación de la vivienda es similar en las urbes de la globalización, o sea, cosmopolitas. Y hay problemas estructurales aun más propiamente europeos: burocratismo excesivo en cascada de Niágara bruselense, escasez energética autoinfligida y la concurrencia de flujos migratorios y financieros… Todo lo que el PSOE ha apoyado le depara ahora una base social hambrienta de medidas que a la larga no mejorarán a nadie pero que se sentirán como actos de justicia. Que limiten el aumento del alquiler, por ejemplo, será malo para la oferta futura, quizás, pero se vive como un alivio; un alivio económico y de otro tipo en el innegable antagonismo inquilino-propietario. Con la congelación de los salarios y el infierno fiscal, lo que queda en el bolsillo lo rasca el alquiler y el mes se convierte en un monstruo de varias cabezas: Hacienda, la inflación y el implacable casero, que aspiraba a que se le garantizara una determinada rentabilidad… Una casa no es siempre un hogar, como la canción o el lema de la alfombra, pero a menudo un activo con rentabilidad y riesgo. En este sentido, el desastre de estos años ha hecho recuperar este sentido de inversión pura: si garantizo seguridad, me cobras menos… ¡pero hay gente que lo quiere todo!

Ni PSOE ni PP quisieron cambiar nada. Aquí no hay tontos ni inocentes. Si los pisos subían y subían y subían, muchas personas aumentaban su patrimonio. Se han seguido políticas que ponían a unas personas sobre otras. Se ha llegado a hacer vivienda pública que al cabo de unos años devenía privada, con la plusvalía para el comprador. Muchos votantes pueden estar eternamente agradecidos a sus partidos; defenderlos con amor, con lágrimas, como realmente hacen. Nunca abandonarán a ninguno de los dos.

La realidad es palmaria y ahora el PSOE, con su gran cinismo, la aprovecha y sin dejar de estar con sus votantes propietarios (evito en lo posible la palabra boomer), se acerca al ejército de reserva de los inquilinos.

Lo del PP y el PSOE ha sido un poema porque han sido los partidos que gestionaban los intereses de la España que Franco hizo propietaria, y para colmo con antifranquismo oficial.

¡Qué malo Franco con el que nos compramos estos pisos que ahora suben y suben y suben! El franquismo hizo propietarios, y el PSOE y PP rentistas. Maricarmen ha sido sólo una forma de exprimir esa continuidad.

En fuera de juego total queda el discurso de Ayuso, que sobre esta situación dramática vendía hasta hace diez minutos como prosperidad y libertad la llegada en alfombra roja de capitales e inmigración, ese mataleón inmobiliario del abrazo Riders de McDonalds-tenores del Toni2.  

Pero el PSOE de Sánchez se hace paladín mundial de una globalización que hace inaccesible la vivienda en las grandes urbes, donde se acumulan sus masas crecientes de votantes, que llegan como en una revolución industrial de repartidores y mensajería… Una situación típicamente socialista: contribuir a generar su clientela. Fabricarla, de hecho. La izquierda protege siempre de un mercado que contribuyó a arruinar.

Politizados ya el trans, la mujer y el gay (que ahí siguen), los nuevos obreros son el inquilino y el inmigrante.

Frente a esto hay un discurso alternativo. Que no solo reconoce la complejidad de la vivienda, su naturaleza de mercado, sino su carácter esencial: porque es vital, socialmente vital, y porque viene afectada por asuntos estructurales susceptibles de un nuevo paradigma: desregulación, energía, y fronteras.

O sea, en la vivienda se juega de nuevo la oposición cada vez más evidente entre dos formas o destinos occidentales (lo intermedio sigue siendo un sí es no es, confusión, indecisión, obstáculo).

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