El norcoreano que llevamos dentro
El norcoreano que llevamos dentro
Por Hughes
4 de noviembre de 2025

Compareció el Fiscal General del Estado ante un juez, por vez primera, y de premio se encontró un aplauso tan espontáneo que parecía organizado con una tarjetita que añadiera: «habrá discurso del aplaudido y un vino español».

Al pinchar en la noticia (el nivel de las noticias es tal que hay que pincharlas) impresionaba la calidad auditiva, la sonoridad del aplauso. Era un vítor operístico que llegaba cargado de matices y entusiasmos, de fervores plateados y metálicos.

El aplauso era tan orgánico que amenazaba con tomar vida propia, como ese aplauso cortazariano que se convierte en cosa monstruosa e imparable; tanto era que el homenajeado se vio obligado a devolverlo, con no mucha convicción, dándose ese momento cómico de sostenibilidad en el que uno aplaude al otro y el otro aplaude al uno.

Personas del gremio fiscal me contaron que entre los aplaudidores había, sobre todo, personas de la secretaría técnica, miembros todos de la UPF (Unión Progresista) que le deben el cargo, y también alguno llegado de provincias que se cogió el día para aplaudir puntualmente al benefactor. Agradecidos y correligionarios disfrazaban así su homenaje de lealtad e ideología.

Estos aplausos se beneficiaban de una acústica propicia, y le daban una ascensión artística, de gran teatro que no tenía Génova 13, donde vimos también aplausos algo distintos, más apagados, para Feijoo (¿se le puede aplaudir de otra manera?) cuando compareció para explicar la jugada maestra de Mazón, otra genialidad táctica del partido (cuando alguien parece tan tonto es que a lo mejor se lo hace). Los presentes daban aplausos cansinos, monocordes, burocráticos, nada que ver con los fiscales, que parecían pedirle un bis a García Ortiz

La salva de aplausos es la música de la subordinación, pero cuando tanta gente aplaude es que algo tiene el aplauso. A veces, nos vemos inmersos en uno por cortesía, y una vez dentro, ya no podemos salir; otras, el aplauso es de un entusiasmo estaliniano, como si hubiera miedo a ser el primero en parar; es aplauso de persona en régimen tiránico, como si fuera la vida en aplaudir, aunque… ¿no es un poco así? ¿No va la vida en ello?

No necesitamos dictaduras orientales ni regímenes muy terribles para ser palmeros. Hace falta poco, que se den las condiciones precisas; por ejemplo, una capacidad para la libre designación y un sector avanzado de entusiastas que arrastren a los demás… porque entre los aplaudidores del Fiscal General, seguro que ha habido elementos activos, como esos taurinos que se echan el ídolo a los hombros, y otros, con el escrúpulo colgando, que se han visto arrastrados por la corriente.

Llevamos un norcoreano dentro y lo que deberíamos hacer es minimizar las condiciones estructurales para tener que sacarlo a batir las palmas. Pactar las condiciones para que el aplauso sea mínimo porque hay una ley no escrita que enuncia una relación inversa entre aplausos y democracia. El régimen ideal (si existe tal cosa) sería uno en el que para escuchar aplausos así haya que ir al teatro o al fútbol.

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