El final del verano trae consigo el final del gazpacho, lo que significa comprar menos tomates.
En el supermercado es habitual encontrar un tipo característico: la persona muy concentrada en su palpación, en seleccionarlos con mucho cuidado, como si se estuviera comprando un coche.
Los palpa todos, observa y sopesa (sucede también con los aguacates, pero su exotismo lo justifica más).
¿Qué explica el comportamiento del palpador de tomates? Como el precio será el mismo, porque es al peso, todo lo que se saque de más es, en cierto modo, gratis, una calidad gratis, y, sobre todo, una calidad que no disfrutará el vecino.
La figura del palpador de tomates irrita porque se toma su tiempo, pero sobre todo porque nos hace comprender que los tomates que escojamos habrán sido rechazados por otros previamente. Nuestros tomates, podemos darlo por seguro, serán manoseados descartes de otros compradores, tristes tomates trillados que otras manos tocaron y finalmente dejaron con un gesto de desprecio.
Por definición, nuestras ensaladas y gazpachos son un sobrante, lo remanente.
La única manera de darle al tomate un sentido de primicia, una frescura total, sería ir a primera hora, ser el primero en el supermercado. Convertirse en el equivalente de los que madrugan para ocupar en la playa la primera fila junto al mar.
En cada barrio, sólo un señor o señora está haciendo el gazpacho o la ensalada que en realidad desea. La única ensalada óptima. El resto es conformismo.
Por eso, si alguna vez decimos «estos tomates están buenos» (cosa también rara), en realidad estamos diciendo «estos tomates están buenos dentro de lo que cabe«. ¡Son tomates toquiteados y rechazados!
Durante un tiempo desprecié a los palpadores de tomates. Más que desprecio era tirria. En su falta ya total de disimulo veía yo la pura avaricia. «Míralos, como si les fuera la vida en ello…». Y cuando llegaba mi turno, como en un desquite, escogía los tomates alegremente, casi a ciegas. Respondía a tanta minuciosidad con indiferencia.
Mi compra de tomates rozaba lo performativo, metía la mano girando la cabeza (no del todo, mantenía un reojillo), como si fueran las bolas del sorteo de la UEFA.
Quise dar a mis tomates la elegancia de lo estocástico. Responder al deseo general de maximización tomatil dejando todo en manos del Azar (o Dios).
Luego, en casa, sin público, me enfrentaba a las consecuencias, a la realidad de tomates con cicatrices, marcas de todo tipo, picaduras, daños, magulladuras y sentía rabia hacia mí. ¿Qué me unía a ellos, además del asco? Los otros compradores estarían sacando sus tomates de la bolsa con el orgullo de un ganadero al presentar sus toros en la plaza.
Comprendí que mi actitud debía cambiar porque, en el fondo, se trataba también de recobrar la confianza en lo sensorial.
Yo estaba, como mucho, mirando el tomate, y ahora empezaría a tocarlo, a buscar tomates intensamente rojos pero no tan blandos que resultaran demasiado maduros. El color me llevaba al tacto y el tacto me llevaría a las puertas del sabor, algo que solo podía conocer ya en el hogar (la compra de tomates fue desde ese momento averiguación, apuesta conmigo mismo).
Muchas veces solo quedan tomates verdes y tomates feos, como niños que nadie ha querido adoptar. Debería sentir pena por ellos, pero… la siento por mí.
Porque luego, una vez hecho el gazpacho, su color se resiente. Al no haber podido escoger tomates lo suficientemente rojos, el gazpacho me ha estado saliendo pálido, lo que quitó brillo a mi verano.
Decidí empezar a palpar. Superar mi escrúpulo. Ser uno de ellos. Aunque me sienta observado, los examino. A veces, cuando ya tengo los tomates en la bolsa, vuelvo sobre mis pasos, escojo uno del estante, y de modo ostensible. como dándole otra oportunidad, lo palpo de nuevo, lo presiono con los dedos suavemente como si el tomate fuera un pequeño muñeco y yo me despidiera.
Se parece al TOC de cerrar con llave la casa varias veces. Pero me gusta dejar esa caprichosa frustración en ellos (los tomates); y sobre todo, dejar con las menores opciones posibles al cliente que venga después.