Hace unos años fui a ayudar a un amigo a vaciar la casa donde habían vivido toda la vida sus padres, recientemente fallecidos en rápida sucesión. Y en el curso de la misión di con su polvorienta discoteca de vinilos: ahí estaban El Dúo Dinámico, los Beatles, Fórmula Quinta… Se hacen una idea. Y me asaltó un arrechucho de ubi sunt, del «¿Qué se fizo el rey Don Juan? / Los Infantes de Aragón, / ¿qué se ficieron?/ ¿qué fue de tanto galán, / qué fue de tanta invención/ como trujeron?».
El sentimiento era distinto de la mera nostalgia, de la manida reflexión de la fugacidad de las cosas mundanas. Esa reflexión la puede suscitar cualquier objeto del pasado, como un miriñaque o unas alabardas. Todo ha sido moderno en su momento, las modas estuvieron de moda antes de pasar, ése es su destino.
Lo que tenía de distinto el caso que describo es que esos abanderados de la juventud sesentera no pretendían ser modernos entonces, en su momento: aspiraban a ser la modernidad, una especie de juventud preservada en formol. Otros movimientos que han venido y se han ido tenían de su lado la novedad, pero no era esa su base, su fundamento. No pretendían tanto aportar algo nuevo como algo bueno, su gancho de venta era representar un modelo mejor.
Cada generación debe ceder el cetro cultural a la siguiente, y así ha sido durante siglos, pero en los sesenta y setenta, de repente, llegó una generación —conocidas popularmente como boomers— que no sólo arrebataron el poder cultural a sus padres mucho antes de tiempo, sino que se han negado a renunciar a él en favor de sus hijos e incluso nietos. Es el concierto de una Madonna sesentona, de un Mike Jagger octogenario saltando aún en los escenarios. Los viejos roqueros nunca mueren, vaya por Dios.
Ayunos del poder oficial, en parte porque ya no contaban con la fuerza del número como antaño (los boomers inventaron la píldora), las generaciones siguientes se han dividido en dos contingentes: los boomerizados a la fuerza, para poder pisar las moquetas del poder, y quienes han votado con los pies, los que han retirado en silencio su lealtad de las instituciones contaminadas por la boomerada.
Como la Iglesia. La Iglesia Católica, cuya fe confieso, tuvo su Woodstock en el Concilio Vaticano II, su prolongado verano de las flores. La retórica, a más de insoportablemente cursi, era triunfal, y siguió siéndolo a la manera del Ingsoc orwelliano, cuando ya los datos arrojaban unas cifras desoladoras. La consigna era aggiornamento, ponerse al día, con el fin expreso de crecer, de disparar las conversiones. Recordaba el padre Charles Murr que los prelados se preguntaban, preocupados, cómo hacer para ampliar los templos y que cupieran las masas de nuevos conversos.
Pero el resultado fue la catástrofe. Los católicos abandonaron la Iglesia en bandadas. Y los que quedaron perdieron la fe en este punto o en aquel, como si la fe fuera un producto de consumo que se puediera costumizar. Se hundían las vocaciones, se despeñaba la práctica sacramental.
Al mismo tiempo, muchos de los jóvenes que acudían a la Iglesia lo hacían en sus segmentos más reprobados por la oficialidad. En la Misa posconciliar de guitarritas un puñado de boomers resistía a duras penas. Pero las Misas tridentinas se abarrotaban de familias jóvenes.
No había ahí ni sombra de nostalgia. Nadie menor de 70 años puede sentir nostalgia de la Misa de siempre, que no han conocido. Pero tampoco es la novedad. Es la sed de lo permanente, de lo que no cambia. Es el refugio de certezas que ofrece la Iglesia (que se ha negado a ofrecer la Iglesia) a una humanidad exasperada con el pensamiento líquido. Una cruz que permanece mientras el mundo da vueltas.
Muchos comentaristas han saludado el paso de Francisco por el pontificado como la apertura a una nueva época en la Historia de la Iglesia. ¿En serio? ¿Vamos a abrir las ventanas OTRA VEZ? Hablar de primavera eclesial en el año en que se ordenó Jorge Mario Bergoglio, 1969, podía calificarse de atolondrada ingenuidad. Hoy ya es puro cinismo.
No, no creo que Francisco vaya a conseguir que se repita la historia como farsa. Creo que fue hijo de su tiempo y no se dio cuenta de que todo ha cambiado, y no en la dirección que él preferiría. Creo, en fin, que el Papa Francisco ha sido el último cartucho en la recámara de los renovadores eclesiales.