El progreso de los progresistas
El progreso de los progresistas
Por Rafael Nieto
19 de julio de 2026

Resulta escalofriante comprobar de qué manera ha usado la izquierda la crisis derivada de la pandemia de Covid (hijas de las diversas crisis posteriores a 2007) para seguir empobreciendo a los españoles, convertidos hoy en parias de sí mismos, en trabajadores que nunca consiguen salir del estado de necesidad. Los mismos ciudadanos que antes podían considerarse de clase media, y que veían cómo sus nóminas les daban para “ir tirando”, hoy han caído varios peldaños y son menesterosos de facto; necesitan que les ayuden sus padres pensionistas, o que les presten dinero o renunciar a lo que siempre habían podido permitirse.

Aunque de esto no quiera hablar casi ningún analista de la actualidad, la inflación desbocada en los alimentos y la energía, el estancamiento de los salarios y la incertidumbre normal de tener en el Gobierno una mafia criminal han llevado a miles de españoles al borde del precipicio. No se ve si uno mira las terrazas de los bares, casi siempre llenas porque la cerveza es uno de los pocos paños donde uno puede enjugar sus lágrimas por poco dinero. Pero sí se ve claramente en otros parámetros: ¿sabían ustedes que tres de cada diez coches que ven circulando por las calles tiene más de 20 años de antigüedad? No es casualidad.

Estas generaciones de españoles son las primeras en muchas décadas que han asumido que nunca van a poder tener una vivienda en propiedad, y que los únicos vehículos que van a conducir en su vida son utilitarios de segunda mano. No pueden permitirse más, a pesar de trabajar ocho horas (o incluso algunas más) todos los días, y hacer la compra en los supermercados más «baratos» (¿sigue existiendo esa palabra?). Condenados al alquiler y a la precariedad, a que los aumentos de sueldo (si se producen) jamás compensan la subida de los precios, la mayoría siente que la llegada de la izquierda al poder, en 2017, no ha servido para mejorar la situación de los trabajadores; más bien, todo lo contrario.

El progreso de los progresistas casi siempre se resume en esto: un engaño tras otro para terminar en la pobreza. Promesas de prosperidad que se terminan al segundo siguiente de ser anunciadas. La misma verborrea con la que atizaban la lucha de clases hace un siglo para conseguir mucho menos que entonces: poner en la diana a los empresarios no mejora la vida de los trabajadores. Al revés, son las políticas confiscatorias y ultrarreguladoras de la izquierda las que finalmente perjudican la viabilidad de las empresas, y terminan echando a la calle a los empleados. Parece mentira que después de tantos lustros los políticos de esa ideología criminal logren seguir engañando a tanta gente.

Sánchez y sus socios de la secta progre no van a salir del poder por los numerosos escándalos de corrupción que rodean al PSOE, por graves que sean. El electorado de izquierdas ha demostrado en numerosas ocasiones que no le afecta en absoluto que los suyos se corrompan; quizá porque internamente saben que no hay corrupción mayor que el hecho de ser socialista. A esta banda de inútiles e indocumentados les van a acabar echando los propios trabajadores a los que siempre ha dicho representar. Van a ser ellos, con sus menguantes nóminas, con el impago del colegio de sus hijos, con el casero que les exige las dos mensualidades que deben, con la compra del Mercadona que ya se hace inasumible. Van a ser ellos, sus antiguos votantes, los que les manden a sus respectivas casas.

Porque, ¿qué es la ideología sino algo que sirva para orientar mejor la consecución del bien común de la ciudadanía?, ¿para qué sirven unas siglas o unos postulados si aquellos a quienes se dirige la política no salen del estado de necesidad, y al revés, cada año que pasa viven peor? Siempre he tenido dudas de que el famoso eslogan progre de «no tendréis nada y seréis felices» vaya a ser aceptado por la mayoría social. No al menos por aquellos que han conocido siquiera los estertores del estado de bienestar. El progreso de los progresistas quedará de nuevo expuesto, una vez más, a los ojos de la Historia; ojalá esta vez para que no se vuelva a repetir.

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