El regreso de don Julián
El regreso de don Julián
Por Jesús Laínz
3 de agosto de 2026

Lo de Ceuta era inevitable. Y lo que llegará… No se puede llamar a todo el mundo para que venga, proclamar que sin millones de afroasiáticos España no puede seguir funcionando, anunciar la subsanación de la presencia ilegal de millones de personas, maniatar a las instituciones y demostrar la pasividad ante la violación de las fronteras sin que el mundo entero acabe tomando nota. De ahí sus gritos jubilosos de «¡Viva Pedro Sánchez!».


Pero esto es solamente el grano que nos ha tocado rascar en estos días, ya que la enfermedad de fondo se ha incubado durante décadas: «No hay más patria que la Humanidad», «Un patriota, un idiota», «Una sola raza, la raza humana», «Los seres humanos no tenemos raíces sino piernas», «Ningún ser humano es ilegal», «Papeles para todos», «Welcome, refugees!», etc. Pero no echemos la culpa sólo a la izquierda. Jaime Mayor Oreja declaró en 2001, recién abiertas por Aznar las compuertas de la inmigración masiva, que «no habrá caza y captura de inmigrantes ilegales». ¿Para que ejercía, entonces, de ministro del Interior, si no era para hacer cumplir la ley y defender el orden público? Y su correligionario Mariano Rajoy declaró en 2017 estar en contra de las fronteras. ¿A quién puede sorprender, entonces, lo de Ceuta, preludio de la gran avalancha que no tardará en inundar Europa entera?


La campechana complicidad con los sátrapas marroquíes arrancó con Juan Carlos I, el «hermano» de Hassan, y continúa con Felipe VI, es de suponer que primo de Mohamed. Si aquél se tragó sin pestañear la Marcha verde mientras Franco agonizaba, su hijo tendrá que tragarse cosas peores. Por no hablar de Pedro Sánchez, reo de complicidad y sumisión hasta límites nunca vistos desde el padre de los traidores españoles, aquel nefasto don Julián, gobernador de Ceuta que posibilitó la pérdida de España en 711.


Que violen la frontera decenas de miles de personas en un día no es un episodio de saturación emigratoria, sino un ensayo de acción militar para comprobar la voluntad y capacidad de resistencia del país agredido. En el caso de España, se ha demostrado que ninguna. Y sin el menor apoyo de la Unión Europea, la OTAN y los Estados Unidos. Los interesados han tomado buena nota, sin duda.


Las mentiras del gobierno socialista están siendo antológicas. Que si son mujeres y niños necesitados. Mentira: han sido mayoritariamente varones jóvenes, sanos y fuertes. Que si ha sido inesperado. Mentira: el CNI advirtió hace meses que se estaba gestando una nueva crisis fronteriza en Ceuta. Que si lo han organizado las mafias. Mentira: la policía marroquí ha ayudado y facilitado el acceso a la frontera, y muchos de los asaltantes, cuando se encontraron con la imposibilidad de encontrar comida y techo, declararon a los periodistas que las autoridades de su país les engañaron asegurándoles que en España les darían comida, trabajo y dinero, además de que ellos no han pagado a ninguna mafia sino que han entrado directa y libremente. Que si vienen por necesidad. Mentira: en Marruecos no hay ninguna guerra, ni es un país en el que la gente se muera de hambre, ni han llegado los más vulnerables, sino jóvenes en edad militar, muchos de ellos delincuentes recién indultados por Mohamed para celebrar su aniversario.


Pero lo peor ha sido la reacción gubernamental y el subsiguiente comportamiento del Ejército y la policía. Su parálisis ha sido total: muchos asaltantes se han hecho fotos burlándose de los vehículos de policía aparcados y los agentes inmóviles. Curioso contraste con todo lo que se movieron para impedir que los españoles sacaran la nariz de sus casas durante el confinamiento. A los invasores les han permitido todo, y sólo han empleado sus porras contra los españoles que protestaban. Y hasta se ha grabado a varios militares animando a los recién llegados: «¡Vamos amigo, ven, sé libre!». Fieles discípulos de José Bono, que declaró en 2005 que «yo prefiero que me maten a matar, soy un ministro de Defensa», palabras que podría pronunciar cualquiera que tenga tan extraña convicción, pero nunca un ministro de Defensa. Tras la astracanada, sin embargo, llegará la tragedia, ya que lo que no hagan hoy las Fuerzas Armadas en la frontera lo tendrán que hacer mañana los ciudadanos en las calles. Y desarmados.


Además, de la avalancha de Ceuta habrán sacado enseñanzas muy útiles unos separatistas que han vuelto a comprobar la parálisis de España. En 2017 contemplaron la escasez de medios y personal, la inexistencia del Estado en Cataluña hasta el punto de tener que alojar a los agentes en un barco porque no hay ni cuarteles, la autocastración jurídica y la risible capacidad de respuesta en el caso de que algún día vuelvan a hacer una apuesta fuerte.


Algunos que hasta el 30 de julio vivían felices relamiéndose todavía por la victoria futbolística, han comenzado a preguntarse para qué está el Gobierno, para qué existen las fronteras, para qué tenemos policías, para qué está la Legión aparte de para pasear el Cristo en Semana Santa, para qué sirve una Constitución cuyo artículo octavo establece que «las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», por qué esas Fuerzas Armadas no están hoy desplegadas en Ceuta y Melilla sino en Líbano, Eslovaquia y Letonia, y qué efectos tiene eso de que el rey ejerce su mando supremo.


Demasiadas preguntas, y demasiado graves, sobre una España de 2026 que cada día se va pareciendo más a la de 711.

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